TAPEN

TAPEN

Al mal gobierno lo espanta el debate. Por eso se insiste ahora en que es dañino politizar el modelo bogotano. La nueva ola dirigente copia a la precedente, para la cual discutir asuntos como el portentoso modelo bogotano era perjudicial, con lo que la impunidad política ahí está y ahí se queda. La carrera pública exige complicidad, aunque el tapen, tapen se complica porque el efecto del mal gobierno es inocultable aquí y afuera y porque, por ejemplo en Bogotá, hay más información e independencia. Además está a la vista una autopista recién estrenada de nuevo en obra, de lo que se deduce que alguien ganó con el daño y de pronto va a ganar también con la reparación.

10 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Al mal gobierno lo espanta el debate. Por eso se insiste ahora en que es dañino politizar el modelo bogotano. La nueva ola dirigente copia a la precedente, para la cual discutir asuntos como el portentoso modelo bogotano era perjudicial, con lo que la impunidad política ahí está y ahí se queda. La carrera pública exige complicidad, aunque el tapen, tapen se complica porque el efecto del mal gobierno es inocultable aquí y afuera y porque, por ejemplo en Bogotá, hay más información e independencia. Además está a la vista una autopista recién estrenada de nuevo en obra, de lo que se deduce que alguien ganó con el daño y de pronto va a ganar también con la reparación.

Política es la responsabilidad del Estado y no como aquí el vedetismo electorero que pretende seguir embobando con que un superman volvió paradisíaca a la capital y que otro va a hacer otro tanto con el país. Político es denunciar farsas como esas, o como la que el país se está tragando, según la cual su atraso es culpa de la violencia y no al revés, exculpando a los responsables del atraso y encima convirtiéndolos en salvadores. La política aquí empieza por oponerse a lo que hay porque su resultado es malo. Aunque se salpique el milagro que transformó en pasmo mundial la muestra sobresaliente de urbanismo subdesarrollado de Bogotá.

El colombiano está tan mal enseñado que lo asombra que se haga algo, como el primer intento en la historia capitalina por transporte decente, en una actividad decisiva en su calidad de vida y productividad. Cifras e incidencia de TransMilenio exigen aterrizar lo que se presenta como taumaturgia. Que al país lo dejaran sin tren y a su capital sin metro es culpa de gobernantes que se han rendido a empresarios que por dinero y poder electoral han podido mantener la aberración que ahora, luego de TransMilenio, aumenta el salvajismo de la guerra del centavo en la séptima, la once o la trece. Cualquier alivio en eso es lo menos que el bogotano puede reclamarle a su autoridad.

TransMilenio y la ciudad pueden mejorar en la medida en que la ciudadanía averigue, castigue y disponga de oposición y alternativas. Es aún demasiado el abuso sin sanción política y así será si sigue macartizada la denuncia de la irresponsabilidad pública. Estas sociedades empiezan apenas a desocultar los efectos del asalto al Estado por la picardía y a entender que no puede confundírsela con inteligencia. Malo o bueno, el asomo de oposición en Bogotá va a poner a prueba la ficción de un modelo perfecto e intocable y de que el cuestionamiento a sus autores, hoy en campaña, es nocivo. Entre lo más dañino del atraso nacional está haber llegado a imponer que impugnar el unanimismo no es patriótico. Volver política la fiscalización de TransMilenio y librarlo del monopolio o el negocio le conviene a una ciudad donde ha aliviado y debe aliviar bastante más a mucha gente maltratada.

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