REFLEXIÓN AMBIGUA

REFLEXIÓN AMBIGUA

El hombre, bípedo implume, inventó los espejos, el retrato, la fotografía, la televisión y el cine. Le gusta mirarse. Se comprende. Es un animal estrambótico. Magnífico. Grotesco. Temible. Oneroso para sí mismo. Fascinante en su simplicidad.

25 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El hombre, bípedo implume, inventó los espejos, el retrato, la fotografía, la televisión y el cine. Le gusta mirarse. Se comprende. Es un animal estrambótico. Magnífico. Grotesco. Temible. Oneroso para sí mismo. Fascinante en su simplicidad.

Entre Bach y el terrorista sin hígados que ama los estruendos, las explosiones, los rugientes incendios, las carnicerías anónimas, el alma de este mono enfermo abarca un registro intrigante de mezquindades y dulzuras, tiernas sombras, odiosos esplendores, conquistas y culpas. En el fondo, es un animal débil. Triste. Y cómico. Se acredita una arrogante aspiración a una libertad desconocida. Pero es a lo sumo el esclavo abotonado de un paquete anodino de emociones, de un montón de ideas provisionales, y de un juego de mitos difusos y cambiantes que lo arrastran.

Somos arrastrados, como las espumas de las mareas ciegas que corren sin saber adónde, ni a qué, hacia las irregularidades hirientes de los arrecifes. Y siempre nos parecen cunas conocidas. Y paraísos nuevos.

Este animal caído de ninguna parte, de una nube, de una vasija rota, puede transformarse sin aviso en una bestia crepuscular. Y, al contrario, a veces se sublima en una santidad inesperada, muchas veces al cabo de negras cadenas de pecados largos y de errores repetidos. Agustín de Hipona es un ejemplo famoso. Bach, a lo peor, no es más que el fruto de una omisión del diablo que nos habita. Quizás no fue otro Atila por un azar desconocido. A su pesar, quién sabe.

No es que el mundo carezca de pies y cabeza. Es que la cabeza y los pies no consiguen ponerse de acuerdo.

Estos muchachos norteamericanos pornográficos que torturan musulmanes amarrados, y violan y sodomizan, son recordados por sus tíos, padres y vecinos como unas tiernas criaturas. Tomaban vitaminas, mascaban chicle, adoraban a sus mascotas. Eran generosos, estaban llenos de buenos sentimientos y mejores intenciones. Pero la propaganda de las corporaciones, o el miedo inducido, o la costumbre de matar por deber, terminaron por degradarlos en asesinos de dragones de fantasía. Y a nosotros en ellos. Es decir, esta civilización que nos enorgullecería si no nos aterrara. Y toda la filosofía desde Platón con sus nobles razones.

La fealdad esencial de la guerra corrompió siempre los mejores impulsos de este animal maleable y bipolar. Porque, además, para hacer la guerra se necesitan más inteligencia y esfuerzo que para vivir como se debe.

En la algarabía de la guerra antigua como en la demolición a fondo de la guerra moderna de bombardeos sobra una sola cosa. La verdad. Es la peor maldición de la guerra.

De cualquier modo, sin embargo, el espíritu bueno que también cobijamos se las arregla para aparecer en medio de las atrocidades y las corrupciones. Camilo Mejía, un nicaraguense, fue condenado a un año de cárcel por deserción, acusado de abandonar su unidad en Irak. Y después de recibir el veredicto, abrazó a su madre. Y se besaron.

Si el pueblo norteamericano no ha sido absorbido por la ficción sistemática de los medios; si su valor crítico y su sentido de la justicia no fueron adormecidos aún por las ilusiones de la felicidad irrisoria del consumo y el reposo en la autocomplacencia, su ejemplo será el primer gesto de un gesto masivo. Así comenzaron en los tiempos de Vietnam los objetores de conciencia, que quemaban sus tarjetas de reclutamiento en las jetas de los policías. En cierto modo entonces los halcones de la industria de la muerte y el carnaval genocida fueron derrotados desde adentro por niños armados de guitarras destempladas y flores y carácter.

Soy consciente. El hipismo es irrepetible. En este mundo ya sin ilusiones positivas. Ahora cuando todas las flores son de invernadero. Y huelen a venenos de Monsanto. Pero estoy obligado a esperar, por mi bien y el tuyo, que la decencia se abrirá camino contra la sinverguencería.

Por lo pronto, las autoridades norteamericanas en Irak prohibieron el uso de cámaras en las mazmorras de tortura. Espléndida medida. Si no terminan los abusos, por lo menos nos ahorrarán el autodesprecio.

eleonescobar@hotmail.com

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