EN EL CORAZÓN DE LA JULIA

EN EL CORAZÓN DE LA JULIA

Un día normal en La Julia, una inspección ubicada a 44 kilómetros del casco urbano de Uribe (Meta), termina cuando el encargado de apagar la planta diesel que provee de energía al pueblo acaba de ver el capítulo de la novela Pasión de Gavilanes, entre las 9:30 y las 10 de la noche.

25 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Un día normal en La Julia, una inspección ubicada a 44 kilómetros del casco urbano de Uribe (Meta), termina cuando el encargado de apagar la planta diesel que provee de energía al pueblo acaba de ver el capítulo de la novela Pasión de Gavilanes, entre las 9:30 y las 10 de la noche.

A esa hora, sus habitantes, acostumbrados a reunirse en casas o locales comerciales que tienen televisor, se refugian sin mayor problema en sus viviendas antes de que el pueblo quede en una completa penumbra. Los ruidos de la espesa selva que rodea este lugar,~de unos 1.100 habitantes, empiezan a llenar la noche.

En medio de esta tensa soledad, algunos guerrilleros del frente 40 de las Farc patrullan esporádicamente por las calles enlodadas por si en cualquier momento llega el Ejército.

La idea de la llegada de la Fuerza Pública ya no atemoriza a la comunidad como antes. Al principio de este año estuvo un batallón de la Brigada Móvil 4, pero dos meses después lo trasladaron hacia el sur del departamento. En ese momento volvió el grupo subversivo.

"Aquí es donde uno se da cuenta que la guerra es como un juego porque un día está aquí un ejército legal y al día siguiente uno ilegal. El problema es que todos dejan marcados a los civiles porque de una u otra forma debemos tener contacto con ellos y después pagamos los platos rotosdijo Samuel*, un cultivador de plátano de la región.

El control.

Por años, La Julia y cientos de hectáreas sembradas con coca en la zona rural han sido la retaguardia de las Farc. Por eso, los habitantes han sufrido un estigma histórico que, según ellos, no los deja vivir tranquilos.

Aunque los fines de semana los negocios están abiertos hasta la madrugada, la guerrilla mantiene un estricto control sobre el comportamiento de los que llegan a esta población para divertirse. Los subversivos cobran multa a quien agreda verbal o físicamente a otro habitante o a quien se atreva a responder la agresión.

"Las multas casi nunca se cobran en dinero sino en trabajo para ellos. A los hombres los están poniendo a trabajar en la reparación de las vías y a las mujeres en las fincas", señaló Teresa*, una ama de casa.

El único órgano de autoridad en la población es la Junta de Acción Comunal. Sin embargo, las Farc vigilan la administración de los~ recursos que son recogidos para llevar a cabo las obras comunitarias que se necesitan.

El estigma.

Por todo esto, los campesinos que viven en la zona han decidido negar siempre su procedencia cuando deben viajar hacia Granada, Villavicencio o cualquier otro municipio.

"Hay casos en que los paras nos bajan y nos dejan mucho tiempo a orillas de la carretera Hasta que no lo investigan a uno y se aseguran que no es guerrillero, no lo dejan ircomentó un habitante de La Julia.

Son muchos los que no tienen nada que ver con los grupos armados y han llegado a esta inhóspita región para buscar un mejor futuro o algún dinero.

"Llegué a La Julia hace dos años porque en Bogotá nos estábamos muriendo de hambre con mis hijos. Aquí me dediqué a vender jugos y comidas rápidas. Con poquito subsistimos y no tenemos que pedir limosna ni me tuve que volver una prostitutadijo Martha*, de 25 años, que a las 5 de la mañana abre su local para atender cultivadores, raspachines y pobladores que salen a sus fincas a trabajar.

El tedio en el caserío es interrumpido los fines de semana cuando los que viven en las fincas bajan al pueblo a tomarse algunos tragos, comprar remesas y hablar sobre las anécdotas en su inevitable relación con la guerrilla.

"Para nadie es un secreto que esto lo domina las Farc, pero eso es diferente a pensar que todos somos guerrilleros. Así como hay milicianos y otras personas que pueden trabajar para ellos sin ser de la organización, somos muchos los que no tenemos nada que ver con ellos y que obviamente cohabitamos porque no hay de otra. Ejército y subversión tienen un problema militar en el que nosotros no debemos entrarconcluyó un líder de una asociación cívica.

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Los campesinos que trabajan en las fincas de La Julia, se acostumbraron a demostrar diariamente que no son guerrilleros. Hernando Herrera / EL TIEMPO

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