SIN GAS Y SIN PETRÓLEO

SIN GAS Y SIN PETRÓLEO

El reciente debate en la Comisión Quinta del Senado sobre la extensión del contrato de gas de La Guajira vino a ser elocuente muestra de por qué el país se está quedando sin petróleo, y el gas natural puede dormir el sueño de los justos bajo tierra. Con la tinta de la firma del contrato entre Ecopetrol y la empresa ChevronTexaco aún fresca, se pidió revisarlo. Y los funcionarios del Gobierno -bajo la presión de demandas, acciones populares y juicios fiscales- aceptaron introducir nuevas cláusulas en el contrato.

25 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El reciente debate en la Comisión Quinta del Senado sobre la extensión del contrato de gas de La Guajira vino a ser elocuente muestra de por qué el país se está quedando sin petróleo, y el gas natural puede dormir el sueño de los justos bajo tierra. Con la tinta de la firma del contrato entre Ecopetrol y la empresa ChevronTexaco aún fresca, se pidió revisarlo. Y los funcionarios del Gobierno -bajo la presión de demandas, acciones populares y juicios fiscales- aceptaron introducir nuevas cláusulas en el contrato.

Los empresarios, nacionales y extranjeros, vienen quejándose desde hace rato de la inestabilidad de las reglas de juego en el país, porque la inseguridad jurídica hace imposible invertir a largo plazo. En las encuestas y en los estudios sobre determinantes de la inversión, este es el argumento que sobresale. En todos los sectores de la actividad nacional, pues se trata de un fenómeno generalizado.

El caso petrolero lo confirma. Cuando tuvo lugar el gran hallazgo de Caño Limón en los 80, el Gobierno decidió endurecer el contrato petrolero que venía consolidándose desde 1974. La modificación de 1989 tuvo efectos de fondo, pues ni siquiera las revisiones posteriores del mismo lograron reincentivar la búsqueda de petróleo en Colombia. Y cuando estaba a punto de lograrse, y en los mismos días en que se anuncia que regresará al país la ExxonMobil para hacer exploración, se cambian otra vez las reglas del juego. Mensaje desconcertante para quienes quieren invertir grandes capitales en un país en donde la inseguridad no es solo jurídica.

La extensión de los contratos de asociación es conveniente y oportuna para toda la sociedad. Al hacerlo, aumenta la inversión para sacar más petróleo de los pozos existentes y para efectuar nuevas perforaciones. De esta manera gana el país. Hay más inversión extranjera, menos riesgo para Ecopetrol y mayor probabilidad de encontrar crudo y de evitar un problema futuro. Pero, claro, en el término del contrato, los precios del petróleo o del gas pueden subir o bajar. Son los riesgos propios de este negocio.

El precio internacional del petróleo supera hoy los 40 dólares el barril por circunstancias excepcionales, como los sucesos de Irak y las amenazas terroristas sobre Arabia Saudita. Pero todos los analistas y expertos saben bien que el precio de largo plazo está por los 22 dólares el barril, que el precio promedio de los últimos veinte años no ha pasado de 20 dólares, y que ha habido momentos en que ha estado cercano a los 10 dólares, como sucedió en 1998 y 1999. Las mismas proyecciones de la balanza de pagos de Colombia se elaboran con base en un precio futuro de 21 dólares el barril.

El hecho, entonces, de que el precio sea alto hoy no quiere decir que vaya a estarlo pasado mañana. No es sino recordar el descalabro de la inversión en la mina de El Cerrejón: las inversiones se hicieron con base en proyecciones del Banco Mundial, que señalaban, en los 70, que en el año 2000 el precio internacional del carbón sería de 250 dólares la tonelada. Cuando en este último año se vendió la participación de la Nación en ese negocio, el precio era de 28 dólares la tonelada y el Estado había perdido hasta la camisa.

El nacionalismo retórico es una bandera perjudicial y costosa cuando Colombia está a punto de perder su autosuficiencia petrolera y no es propiamente un destino apetecido de la inversión extranjera. Sorprenden, en fin, ciertos bandazos en un Gobierno que se ha dado la pela con la USO, que creó la Agencia Nacional de Hidrocarburos y le quitó a Ecopetrol el papel de formular la política petrolera. Meterles populismo a estos temas tampoco es aconsejable. No es sino mirar hacia Argentina, donde la medida de bajar los precios del gas natural a los consumidores terminó por producir una crisis de abastecimiento. Una opinión que hoy aplaude el populismo nacionalista tendrá que prepararse para entender, en el futuro, por qué el país tiene que gastar sus escasos dólares en importar petróleo para cargar las refinerías.

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