MALABARES DE UN NAUFRAGIO

MALABARES DE UN NAUFRAGIO

Una estructura metálica copa el fondo del escenario, y un grupo de bailarines y acróbatas vestidos de overol con linternas en sus cascos iluminan como luciérnagas la oscuridad del teatro.

13 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Una estructura metálica copa el fondo del escenario, y un grupo de bailarines y acróbatas vestidos de overol con linternas en sus cascos iluminan como luciérnagas la oscuridad del teatro.

Una cascada irrumpe en escena y entramos de lleno en el mundo del H20. El sonido de cientos de litros de agua nos habla de un diluvio nocturno o de un arroyo que corre al frente de nosotros.

Doce mujeres y hombres comienzan a danzar entre el agua, a realizar piruetas, a retarla, a hacerla parte de su epidermis. Vemos sombras, vuelos circenses, acrobáticas zambullidas, y al agua teñirse de misteriosos y bellos colores rojos, violetas y verdes que posibilitan la luminotecnia.

Pensamos en la magia visual, en el virtuosismo de la técnica, pero con el paso del tiempo algo nos perturba: que la obra Waterwall (Pared de agua), del grupo italiano Materiali Resistenti Dance Factory, zozobre en nuestros sentidos. Al no existir un hilo dramático, el espectáculo comienza a evaporarse. La monotonía visual incomoda: le quita la máscara a los protagonistas y vemos a efebos y sirenas de agua dulce, de rostros gélidos, cincelados para el fugaz éxito mediático, repetir saltos y artificios del cuerpo, una y otra vez, que vislumbramos un próximo naufragio. Ni una línea de humor o dolor surgen en escena, y el entorno se vuelve neutro, insustancial, aguado.

El agua que es el elemento esencial, el eje de la obra, queda relegada a un segundo plano, y la potencia de su fuente que durante todo el tiempo ocupa nuestros sentidos se diluye como la espuma. La sola retina en el arte es insuficiente.

La destreza técnica de los cuerpos y de la escenografía descrestan, luego fatigan; de la inicial fascinación sensorial pasamos al empalagamiento y de allí al sopor del vacío. El cambio anhelado que nos salve de la frustración cada vez está más lejos. O más cerca: el final.

Las últimas escenas salpican y redondean nuestras dudas. Para darle un color más light a la presentación, aparecen muchachos haciendo surfing y una aleta pálida de un tiburón persigue a unos bañistas.

La escena final desborda la copa: los bailarines aparecen en batas de baño tan campantes como si acabaran de salir de un refrescante duchazo. Y de una gran expectativa caemos en una inminente inmersión.

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