LA CEIBA DEL PARQUE

LA CEIBA DEL PARQUE

Cuando el sol llanero matiza de fuego las calles de Villavicencio, llenándolas de encandilantes reflejos sobre los parabrisas de los automóviles, las vidrieras segadas o en los nuevos techos de zinc, sin que una sola basurita de papel se mueva, apelmazadas como se encuentran en las esquinas por falta de brisa sabanera, entonces los huesos se calientan hasta la médula, los sentimientos crepitan como chamiza verde y la conciencia bulle hirviendo sobre las calderas del espíritu.

25 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Cuando el sol llanero matiza de fuego las calles de Villavicencio, llenándolas de encandilantes reflejos sobre los parabrisas de los automóviles, las vidrieras segadas o en los nuevos techos de zinc, sin que una sola basurita de papel se mueva, apelmazadas como se encuentran en las esquinas por falta de brisa sabanera, entonces los huesos se calientan hasta la médula, los sentimientos crepitan como chamiza verde y la conciencia bulle hirviendo sobre las calderas del espíritu.

No hay nada que hacer. Solo resistir. Para tristeza cierta los árboles de las avenidas, por donde era una delicia refrigerante caminar bajo el calor, fueron arrancados por la furia de los planificadores urbanos. Nada que vaya contra los valores del hormigón apretujado, ni contra la tripería enfermiza que corre por los alcantarillados y desages de las callejuelas citadinas, diseñadas para refrenar el futuro de la calidad humana.

Entonces queda el Parque Infantil, uno trepa el viejo centro alto de Villavicencio y luego escoge una silla de madera para sentarse bajo la frondosidad impresionante de una centenaria ceiba, y acomodándose sobre la espalda mira el cielo y funde plácidamente los coloreas que bambolean de la arborífera estructura gigantesca, con el azul sin nubes del hidrógeno del cielo.

Vive uno en el respeto que merecen las existencias integrales. Deje deslizar su mirada sorprendida por los largos brazos de la ceiba y empiece a soñar con anacondas prodigiosas dormidas como los cabellos mitológicos de una mandrágora benigna y luego se escabulle por el tronco principal del impresionante diámetro, donde dos piernas musculosas en formas camasútricas se abren hacia la bóveda celeste, para sostener un fálico sentido que se hunde sobre la copa de esta bella efigie vegetal.

Piensa uno en lo triste que pudo ser la vida de Jean Paul Sartre, cuando las viejas raíces de un árbol centenario lo llenaban de náusea y encono, de temor y desesperanza, de existencia y sinsentido. Piensa uno que vale la pena agrandar las perspectivas del paisaje para integrar lógicamente los beneficios que juntan el sol con la luna, la ciudad con el campo y la vida con la muerte.

* Antropólogo

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