MAGO DE LA IMAGEN

MAGO DE LA IMAGEN

Nunca había visto -o, ahí sí, habíamos visto- una alocución presidencial que, como la del lunes, comenzara no con el discurso del Jefe del Estado sino con una película testimonial en la cual un grupo de oficiales reconocían su error como causantes de la tragedia de los campesinos de Cajamarca.

14 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Nunca había visto -o, ahí sí, habíamos visto- una alocución presidencial que, como la del lunes, comenzara no con el discurso del Jefe del Estado sino con una película testimonial en la cual un grupo de oficiales reconocían su error como causantes de la tragedia de los campesinos de Cajamarca.

Aparte de constituir otra lamentable equivocación militar, esta vez las víctimas resultaron ser un bebé de 6 meses, sus padres de 17 años cada uno, otro menor de 14 y un adulto de 24. Todos miembros de una misma familia desarmados y ajenos por completo al conflicto , residentes de la vereda Potosí, en el departamento del Tolima.

Uribe, sin embargo, resolvió coger el toro por los cachos y viajó a la zona con el Ministro de Defensa, puso la cara frente a las familias víctimas de tal equivocación y obligó a que los militares de mayor rango hicieran lo propio y de paso dieran las explicaciones del caso. Además, anunció que indemnizarán a los dolientes para resarcir en parte el daño cometido.

Antes de la difusión del Himno Nacional, versión 2004, y de la golpeante aparición del escudo ídem, en que sobresalía la inmortal leyenda Libertad y orden , vino el filme. Y, luego, la breve alocución del mandatario, quien, previendo posibles escándalos de la comisión de derechos humanos de la ONU y de varias ONG, advirtió: Estoy convencido de la buena fe del Ejército. Si se tratara de un Ejército violador de derechos humanos, quienes dispararon hubieran buscado el ocultamiento, la mentira o la desaparición de los cadáveres .

* * * *.

Independientemente de sustentarse en hechos con un fondo de verdad, Uribe se ha convertido en un mago de la imagen. Concretamente, del buen manejo de esta. El contraste con su antecesor, Andrés Pastrana, no puede ser más sintomático y sorprendente. En efecto, mientras este último -locutor profesional de la TV- hacía periódicamente, durante su frívolo cuatrienio, los discursos televisados más extraños, en el sentido de que mientras ocurría un hecho grave Pastrana aparecía súbitamente hablando del problema del petróleo o de cualquier otra cosa, Uribe en cambio -que no es periodista sino un político moderno- ha sido más consciente de la capacidad de penetración mediática; de llegarles a millones de personas que posiblemente no escuchan radio y, menos, leen periódicos, con el mensaje preciso con que logra arrimarse.

Era Kundera quien hablaba de las bondades de los imagólogos y de su sapiencia para producir efectos efectistas (valga la redundancia), que generan sin duda réditos de credibilidad y no solo de popularidad. El Presidente y su equipo inmediato de gobierno saben, pues, de los beneficios que para dicha imagen les han traído los consejos comunitarios teletransmitidos. Que es el contacto directo del gobernante con la gente de carne y hueso de las distintas ciudades y comarcas.

Eso, por un lado. Por el otro, esta especie de corporativismo que Uribe enarbola -exitosamente, hasta ahora- se traduce en que, en el orden de preferencias del régimen, primero que todo están los empresarios y para ellos existe en Palacio una receptividad prioritaria a sus inquietudes. De ahí la preocupación de estos, y de su interlocutor visible -el Presidente-, para transmitir sus quejas insistentes ante la junta directiva del Banco de la República, por la escalada alcista del dólar, que no se detiene y que perjudica ostensiblemente las expectativas de los exportadores. Aunque no siempre funcione, tal es el secreto de la fórmula feliz.

Los políticos están en un segundo escalón de importancia -incluyendo los que tienen pedigree-. Sólo son usados en la medida en que se necesiten, para sacar adelante en el Congreso los diversos proyectos del Gobierno. Y los medios -es decir los periodistas- están relegados a un tercer lugar de importancia, desde el punto de vista de la influencia que eventualmente ejercen. Por eso las observaciones y críticas formuladas van generalmente al cesto de la indiferencia o del olvido.

Estamos en guerra y no hay que olvidarlo. Y en medio del conflicto resulta obvio que ocurran excesos y equivocaciones de las Fuerzas Armadas. No obstante, valdría la pena saber si los soldados que han incurrido en tales pifias -tanto en el muy oscuro caso de Guaitarilla como en el episodio de Cajamarca- son profesionales, y si el adiestramiento que reciben no es suficiente o no es el adecuado. Carece el Ejército de implementos tan elementales como los binóculos nocturnos? Y también, lógicamente, incide en estos yerros la presión del Gobierno por alcanzar triunfos militares; presión que, por exigir resultados, a veces terminan siendo fiascos.

Pero no importa. Lo que digamos los periodistas, en medio de este frenesí uribista, poco importa.

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