BOGOTÁ TIENE PLAN

BOGOTÁ TIENE PLAN

Bogotá tiene un nuevo plan de desarrollo. Que para la administración del alcalde Luis Eduardo Garzón se constituye en el termómetro con el cual se medirá su gestión. El plan Bogotá sin indiferencia, un compromiso contra la pobreza y la exclusión , aprobado el lunes por el Concejo, consigna su visión de ciudad y debe ser objeto de profundos análisis por la significativa cantidad de recursos que compromete -21,9 billones de pesos- y por la decisión de destinar el 60 por ciento de estos dineros a inversión social, sin todavía poner en riesgo algunas de las conquistas urbanas de la última década.

27 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Bogotá tiene un nuevo plan de desarrollo. Que para la administración del alcalde Luis Eduardo Garzón se constituye en el termómetro con el cual se medirá su gestión. El plan Bogotá sin indiferencia, un compromiso contra la pobreza y la exclusión , aprobado el lunes por el Concejo, consigna su visión de ciudad y debe ser objeto de profundos análisis por la significativa cantidad de recursos que compromete -21,9 billones de pesos- y por la decisión de destinar el 60 por ciento de estos dineros a inversión social, sin todavía poner en riesgo algunas de las conquistas urbanas de la última década.

La unanimidad con que fue aprobado por el Concejo en pleno debe destacarse como una manifestación de madurez política, aunque no debe interpretarse como un respaldo cerrado e incondicional de todos los concejales. Pese a la aprobación misma, hay discrepancias evidentes de algunas bancadas, en particular la peñalosista, sobre el alcance y coherencia de algunos de los programas. También cabe señalar que la aprobación se obtuvo sin negociación alguna de puestos o prebendas. Ojalá la Administración y los concejales del Polo recogieran con humildad algunas de las sugerencias, pues lo importante es que se analicen más a la luz de lo que le convenga a la ciudad que del proyecto electoral del movimiento de Garzón.

Lo cierto es que la votación en el Concejo, además de ser un reconocimiento a lo crucial que es para la ciudad atacar los altos índices de pobreza y exclusión, le da luz verde al ejercicio de control político del cabildo, las organizaciones sociales, las ONG y los medios de comunicación. De la calidad y altura de ese control dependerán en buena medida el éxito o el fracaso de la gestión de Garzón. Hace siete meses, Garzón y su equipo tuvieron tiempo suficiente para reflexionar sobre la ciudad, pero es sobre el plan que aprobó el Concejo sobre el cual tendrán que rendir cuentas el Alcalde y sus colaboradores.

Aunque el plan es complejo, de todas maneras se pueden adelantar algunas observaciones muy generales. Para comenzar, las metas que se ha fijado la Administración son tan ambiciosas que requieren un engranaje institucional que aseguren la eficiencia y eviten que su ejecución sea objeto de populismo o politiquería. La atención a la población más vulnerable no admite protagonismos institucionales ni personales, y por ello es necesario reestructurar la administración central. En esa dirección, el Concejo ya tiene una discusión muy adelantada.

El componente social del Plan plantea no pocos interrogantes. No es clara la sostenibilidad financiera y logística de algunos de los programas. En el caso de Bogotá sin hambre , la administración debe precisar y aclarar las coberturas, ajustar las estrategias de ejecución, focalizar los grupos beneficiarios y asegurar la viabilidad económica de estos programas que demandarán de recursos recurrentes. No es claro qué lugar ocupan en el Plan los niños menores de 5 años y los ancianos, que, de lejos, deberían ser los únicos privilegiados. Cerca de 60 mil niños y 100 mil ancianos están excluidos de cualquier tipo de atención y protección social. Preocupa la suerte que pueda tener Metrovivienda y que se pongan en serio riesgo su estabilidad económica y el alcance de sus políticas. Es innegable el impacto que ha tenido en combatir la urbanización pirata y abaratar los costos de la vivienda de interés social. En ese sentido valdría la pena escuchar las observaciones que sobre esta materia tiene la bancada peñalosista que, paradójicamente, puede resultar mejor aliado de la Administración que los mismos concejales y amigos del Polo Democrático. No es aconsejable hacerlos a un lado, como ocurrió a lo largo del proceso de concertación del Plan, y aprovechar su experiencia y conocimientos de la ciudad.

Por encima de la tímida continuidad que puedan tener programas como el de colegios y bibliotecas públicas, o políticas de espacio público como las ciclorrutas, los parques y la recuperación de andenes, está un numeroso contingente de bogotanos que le apuestan a que Garzón tenga éxito en la guerra que le declaró a la pobreza. De hecho, cerca de 800 mil ciudadanos votaron por sus propuestas. Eso no quiere decir que el camino no esté plagado de espinas, como la de la nefasta politización y el uso ineficiente de los recursos.

El alcance que tiene el Plan es de tal enevergadura que requiere una estrecha vigilancia ciudadana y una amplia receptividad a la crítica, siempre que contribuya a la construcción de ciudad y a su calidad de vida. Al final las posiciones críticas pueden ser de enorme utilidad al proyecto político de Lucho Garzón.

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