A PASO FIRME POR LOS CAMINOS DEL VIEJO OESTE

A PASO FIRME POR LOS CAMINOS DEL VIEJO OESTE

Hacer en estos días un western clásico (película del lejano oeste) se ve como una empresa romántica y de fe en el cine, antes que como una inversión rentable. Desafortunadamente, la visión empresarial con la que se maneja el séptimo arte ha puesto contra la pared a algunos géneros, no muy atractivos para la taquilla, que han sido desplazados por la acción, las aventuras llenas de efectos especiales o el humor burdo.

12 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Hacer en estos días un western clásico (película del lejano oeste) se ve como una empresa romántica y de fe en el cine, antes que como una inversión rentable. Desafortunadamente, la visión empresarial con la que se maneja el séptimo arte ha puesto contra la pared a algunos géneros, no muy atractivos para la taquilla, que han sido desplazados por la acción, las aventuras llenas de efectos especiales o el humor burdo.

Lejanas están las épocas en que el western era el género por excelencia, en el que se podía resumir todo el cine: el drama, la aventura, el musical, la comedia. Todo cabía allí, tal como nos lo mostraron maestros como Jhon Ford y Anthony Mann. Pero las presiones comerciales y el cambiante gusto del público hicieron de las historias del far west un asunto marginal, degradado y barato. Sólo el esfuerzo esporádico de hombres como Clint Eastwood con Los imperdonables (Unforgiven, 1992), nos recuerdan que el western estará siempre presente, así muchos le hayan dado ya prematura sepultura.

Otro interesado en el género ha sido Kevin Costner, quien con Danza con lobos (Dances with wolves, 1990), su primer largometraje como director, se cubrió de Oscares y logró que se abrieran las puertas de Hollywood para sus futuros proyectos. Tristemente su carrera como actor, plagada de malas elecciones y de películas oportunistas, dio al traste con su labor como director, pues hasta el momento sólo cuenta con tres filmes bajo su batuta.

El último de ellos es un verdadero motivo para creer en el Kevin Costner director. Se llama Pacto de justicia (Open range, 2003) y es toda una sorpresa. Basada en la novela The open range men, escrita por Lauran Paine y adaptada para la pantalla por Craig Storper, la cinta de Kevin Costner es una lección en la elaboración de westerns al mejor estilo de las películas de hace cincuenta años. Es un filme lento, construido con cuidado, prestándole atención a cada uno de los personajes, haciéndoles creíbles, dándoles vida propia.

La anécdota de los vaqueros sin tierra que pastan el ganado en los feudos del dueño de un pueblo y que se resisten a dejarse someter, es tan sólo una disculpa para un estudio de caracteres hecho con especial esmero. Robert Duvall es experiencia y calma en el papel de Boss Spearman; Kevin Costner es furia contenida interpretando a Charley Waite, el pistolero de oculto pasado; y Annette Bening como Sue Barlow representa a esas mujeres que saben que todo llega a su momento, cubiertas siempre de dignidad y decoro.

Alrededor de este trío de personajes se construye una espiral dramática que tiene su clímax en un tiroteo por las calles del pueblo, coreografiado casi como un duelo entre el bien y el mal, pero realizado con una intensidad y una velocidad que se ven y se sienten muy contemporáneas.

Con su énfasis en el realismo narrativo -antes que en la construcción de mitologías modernas- la película tiene un tono casi perfecto, deslucido un poco por haber resbalado hacia un final convencional y romántico, pero que no le hace suficiente mella. En esta ocasión Kevin Costner camina a paso firme por los senderos del western. Aquí estamos acompañándolo.

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