VENIA AL ARTE EN BOLIVIA

VENIA AL ARTE EN BOLIVIA

Bolivia guarda todo el encanto del pasado en un presente que ostenta joyas vivas de la cultura y la arquitectura. Por eso se ha convertido en un destino digno de ser visitado desde una perspectiva alejada de la suntuosidad y cercana a una vivencia con la naturaleza, el arte y el sentimiento de un pueblo que conserva intactos sus valores.

27 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Bolivia guarda todo el encanto del pasado en un presente que ostenta joyas vivas de la cultura y la arquitectura. Por eso se ha convertido en un destino digno de ser visitado desde una perspectiva alejada de la suntuosidad y cercana a una vivencia con la naturaleza, el arte y el sentimiento de un pueblo que conserva intactos sus valores.

Grandes bosques de vegetación selvática esconden siete poblaciones en el Departamento de Santa Cruz, que abren sus puertas al mundo cada dos años para celebrar el Festival Internacional de música Barroca y Renacentista, legado musical de la evangelización jesuita dejado hace más de tres siglos a los indígenas de estos pueblos.

El Festival, que ya celebra su quinta versión, recibe apoyo de la Comunidad Económica Europea y del gobierno alemán. Artistas de países como Alemania, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, España, Estados Unidos o Francia, distribuidos en 42 elencos y especialidades participan en una escena musical de altísimo nivel en las iglesias que los jesuitas construyeron para los indígenas.

Estos templos, edificadas entre 1691 y 1760, despiertan admiración por su arquitectura de estilo barroco mestizo. En ellos se destacan pinturas, murales, altares dorados, columnas en madera y una variedad de tallados que adornan los retablos, púlpitos y cajonerías.

Riqueza del barroco.

El trabajo de los misioneros jesuitas en ese entonces no se limitó a enseñar a los nativos la técnica del trabajo en madera, sino que también pintura, escultura, baile y música. La riqueza de la música barroca, compuesta y ejecutada en las misiones, constituye una colección única en América y que se puedan ver en estas tierras bolivianas bajo el nombre de Misiones de Chiquitos.

Este patrimonio de belleza artística llevó a la UNESCO a declarar en 1991 a estos pueblos de la Chiquitania como Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad.

Quien visita por primera vez estas tierras experimenta contrastes poética para el espíritu. Los habitantes de la zona viven entre la pobreza económica y la riqueza inmensa de la cultura y el respeto por sus tradiciones.

En muchos casos, los jóvenes artistas que conforman las orquestas filarmónicas tienen padres que no saben ni leer ni escribir pero que han fomentado en sus hijos el amor por el arte hasta el punto de que partituras de Vivaldi o Chopin hacen parte de su vida cotidiana y de su capacitación artística.

No es raro ver a estos consagrados artistas de 5 a 18 años subir a los escenarios de las iglesias con sus pies descalzos y llenos de arena pero con la magia de la interpretación de instrumentos y de sus voces de manera magistral.

Para llegar allí hay que hacer un recorrido de casi 200 kilómetros desde Santa Cruz de la Sierra por caminos de vegetación selvática, en donde en cada paraje se reconoce una cultura que pasa de caminos de arena y piedra a carreteras de asfalto y largos puentes que recorren una llanura extensa y por instantes casi desolada.

A diferencia de lo que se podría pensar sobre Bolivia, el Departamento de Santa Cruz tiene temperaturas cálidas con un alto nivel de humedad. En cada pueblo del viaje hay una completa red de comunicaciones tanto de telefonía local, internacional y de teléfonos móviles así como de Internet.

Pero más allá de esa tecnología, Bolivia combina la tradición, la cultura y el arraigo de sus costumbres con un presente que se consolida como una vitrina para el mundo por el esfuerzo de un pueblo que trabaja por preservar su historia viva.

Festival de Chiquitos.

A fines del siglo XVII, el territorio de Chiquitos (Bolivia) comprendía una vasta superficie limitada al norte por los afluyentes del río Amazonas; al este, por el río Paraguay; al oeste, por el río Grande y al sur por extensas y áridas sabanas del Chaco. El país estaba habitado por pequeñas comunidades de distintas culturas y decenas de idiomas y para todos estos pueblos el mundo comenzaba y terminaba en el territorio comprendido actualmente por el departamento de Santa Cruz, Bolivia.

Durante casi cien años de labor misionera con los jesuitas y en tan solo setenta años de presencia en Chiquitos, desde el día de San Silvestre de 1691 hasta el extrañamiento de 1767, los sacerdotes de la Compañía de Jesús administraron siete reducciones, previa fundación de sus respectivos pueblos: San Francisco Javier (1691), San Rafael (1696), San José (1698), San Juan Bautista (1699), Concepción (1699), San Miguel (1721), San Ignacio de Zamucos (1723), San Ignacio (1748), Santiago (1754), Santa Ana (1755) y Santo Corazón (1760).

De la esa aventura misionera de los jesuitas quedaron sus iglesias y restos arquitectónicos, que se han convertido en monumentos que recuerdan la utopía evangelizadora de la civilización europea en América. Esos vestigios merecieron el reconocimiento de la UNESCO al declarar Patrimonio de la Humanidad a estos pueblos vivos en los que el encuentro de dos culturas extrañas armoniza en un legado común a los bolivianos.

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