BREVE REMEMBRANZA DEL COFRADE PALACIO RUDAS

BREVE REMEMBRANZA DEL COFRADE PALACIO RUDAS

Hace 8 años, en la madrugada bogotana del primero de agosto de 1996, y a la edad de 84 años, murió de un contundente infarto Alfonso Palacio Rudas, el Cofrade Mayor. Pero al evocarlo ahora es preciso mencionar que fue en el histórico municipio de Honda en donde el 12 de junio de 1912 germinó su célebre, perseverante y vehemente agudeza intelectual y, naturalmente, su febril tolimensismo. Durante su largo ejercicio de hombre público fue Representante y Senador, Contralor General de la República en los gobiernos del viejo López, Alberto Lleras, Echandía y Ospina, Gobernador del Tolima, Alcalde de Bogotá, Ministro de Hacienda, memorable catedrático, miembro de la Asamblea Nacional Constituyente en 1991 y, desde 1978, probablemente la pieza más sobresaliente del Comité Nacional de Cafeteros. Y, por último, entre tantas otras actividades periodísticas, gubernamentales y políticas, dueño y señor de la biblioteca privada más imponente de Colombia (65.000 volúmenes), la cual donara en vida a l

20 de agosto 2004 , 12:00 a.m.

Fue Alfonso Palacio un hombre al que todos sus amigos, sus innumerables amigos, admiramos y quisimos con ostentosa devoción. Qué orgullo provocaba su cercanía! Y por suerte, él siempre avivó, en cuanto a tales afectos se refiere, una reciprocidad práctica y duradera, cultivando aquello día a día, desde su casa, en los cafés, en los clubes, en donde fuera que se diera cada encuentro. Maestro, humanista, erudito y, por añadidura, enorme cultor de la amistad, supo, además, cautivar y dejarse cautivar de la vida y saborearla en su totalidad. La disfrutó como un auténtico gocetas, y lo saben y podrán dar fe de ello quienes estuvieron cerca de su seductora personalidad.

Y también hay que decir, y muy específicamente, que fue mucho lo que de él aprendimos: teorías, juicios, posturas, carácter, honradez, verticalidad. Personalmente guardo numerosas y placenteras imágenes de nuestras prolongadas charlas, de sus carcajadas, de su naturaleza nerviosa, de sus gustos refinados pero a los que hacía aparecer, cuando los aplicaba en amenas veladas, sencillos, casi que de estirpe netamente popular y provinciana, sin las trazas de la exquisitez burguesa intrínseca en él. No podría jamás olvidar sus consejos, su manera vivaracha y traviesa de querer corcharme a cada rato, a toda hora, pero sobre todo, esa preguntadera que mantenía indagando sobre lo divino y lo humano, y llevándonos a que le ampliáramos nuestros conceptos al respecto de lo que fuera, únicamente por el prurito de poder rebatirnos. Recuerdo un par de veces que al final de un discurso televisivo del presidente Carlos Lleras Restrepo, me llamaba por teléfono a la casa para que le dijera lo que yo pensaba de las tesis económicas que venía de exponer el mandatario. Y yo, de aquello, del rigor de aquel tema, de su esencia harto enmarañada para mí, qué podía decirle? Cualquier atrevimiento, naturalmente. O lo que fuera que le diera paso a la cortesía y a la estima. Y a la gratitud por hacerme su cómplice en materia tan árida y caprichosa. No podíamos quedarnos callados y dejarlo solo con semejante ansiedad. Mucho tiempo después, preguntándome sorprendido por aquel honor que me dispensaba, vine a descubrir que lo que hacía el Cofrade conmigo era una simple y llana carambola versada y dialéctica: me quería oír para controvertirme y luego rematar, a su antojo, con la pulverización de las doctrinas económicas del presidente. Y, con sinceridad y muy consciente de ello, creo haberle sido útil en numerosas oportunidades para ese juego de polemista porfiado que tanto gustaba practicar.

Vivió una envidiable vida este Cofrade. Podría decirse que refrendó con el mayor vigor cultural la plenitud existencial de su ciclo vital. Y en cuestión de cargos de responsabilidad política y social lo fue todo. No se le escapó si no la presidencia de la República a la que no pudo llegar, no porque el Estado no le cupiera en la cabeza, sino porque se le atravesaban para una eventual conquista electoral, su irreductible impetuosidad intelectual y su legendario carácter contradictor y polémico

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