LOS RETOS DE LA TECNOCRACIA

LOS RETOS DE LA TECNOCRACIA

No obstante la coyuntura económica actual, que presenta algunos signos positivos pero con nubarrones en el futuro, es fundamental aceptar que los cimientos de ese desarrollo que quieren y se merecen todos los colombianos, no existen.

25 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

No obstante la coyuntura económica actual, que presenta algunos signos positivos pero con nubarrones en el futuro, es fundamental aceptar que los cimientos de ese desarrollo que quieren y se merecen todos los colombianos, no existen.

El proyecto construido colectivamente para resolver las grandes fallas en los esquemas productivos, las limitaciones para el acceso democrático a activos, la debilidad en los sistemas de inclusión y el reducido acceso a los bienes públicos que debe proveer el Estado, sigue siendo una quimera. Cuando se reconocen las grandes fallas del país, la culpa recae con demasiada frecuencia en una clase política que sin duda está muy lejos de ese ideal de dirigencia que vela por el bienestar de todos.

Pero la responsabilidad va mucho más allá. Sin entrar a juzgar a una clase empresarial que para muchos analistas con frecuencia se mueve en la frontera de la legalidad, es fundamental que la tecnocracia se haga un claro examen de conciencia y, sin ruborizarse, reconozca su contribución a este gran vacío nacional. Este es el prerrequisito para redefinir sus retos y asumir la responsabilidad que le corresponde. La oportunidad es excepcional.

Tirios y troyanos aceptan que las expectativas generadas por las recetas económicas adoptadas durante las últimas décadas, fueron muy superiores a sus resultados y en este punto, para bien del país, hay más puntos de encuentro que de desencuentro.

De una manera u otra se ha entrado en Colombia, como en el resto de América Latina, en un proceso de búsqueda que no elimine lo positivo logrado, como la estabilidad macroeconómica, pero que permita avanzar en lo que debería encontrar el país: crecimiento sostenido, equidad y paz.

Los expertos como Stiglitz, nos han dicho: "crean en su democracia, en la capacidad de ustedes para moldear su destino por que se acabó la idea del modelo único". Negocien confiando en sus propias capacidades y no se dejen vencer tan fácilmente por recetas que hoy están claramente cuestionadas. Una luz verde para tomar las riendas del propio destino aparece en el horizonte colombiano, eso sí, cuando se quiere ver.

Los organismos multilaterales se enfrentan a duras realidades sobre sus ejecutorias recientes y les ha tocado acudir a la historia, que tanto han despreciado, para señalar que no los juzguen por los últimos 10 o 20 años sino por toda su existencia que sí puede asociarse con el desarrollo mundial.

Al Fondo Monetario, él más duro de todos, llega Rodrigo Rato, conocido y conocedor de América Latina, con el cual será más fácil encontrar solidaridad. El peso de la crítica sobre la imposición de recetas iguales para realidades distintas es hoy irrefutable cuando se les asocia innegablemente con la pérdida de legitimidad de los gobiernos de América Latina.

Los latinoamericanos del común no hacen una separación entre los regímenes políticos y el modelo económico aplicado por ellos y que se vendió como la panacea, como pretende Fernando Cepeda. Esa diferenciación puede hacerse en términos académicos pero no existe en la cotidianidad.

Sencillamente juzgan a sus dirigentes por los resultados que han sido malos para la altísima proporción de la población. Democracias con claros deterioros sociales y sin la reactivación económica prometida lleva a más del 50 por ciento de los latinoamericanos a aceptar el retorno de las dictaduras si estas aseguran el esperado crecimiento económico. Lo dice claramente el informe del PNUD, aún no suficientemente analizado.

Dentro de estas nuevas realidades hoy mucho más visibles, los organismos multilaterales de los cuales seguimos dependiendo especialmente por el altísimo nivel de endeudamiento externo, no son hoy los mismos de antes y esto abre puertas para defender el interés nacional y para una inserción más justa en el mundo global.

Pero la mayor urgencia y, a su vez, la gran oportunidad para repensar el país, nace del inminente acuerdo bilateral de comercio con los Estados Unidos. Después de una euforia irracional por parte de quienes se sienten ganadores y de sectores del gobierno, ahora se reconoce que se ha sobre vendido este acuerdo hasta llegar a la irracional afirmación de que era el plan de desarrollo de los próximos 50 años.

Pero aún más significativo, por fin se empezó a hablar seriamente de la Agenda Interna, sin la cual dicho acuerdo podría ser un fracaso. La gran responsabilidad de convertir este nuevo escenario en un proceso serio y consensuado de elaboración de la carta de navegación para los próximos 50 años dentro de la cual se ubique el nuevo instrumento de negociación, el TLC, es el gran reto de la tecnocracia colombiana.

Le llegó la hora de salirse del sube y baja de los indicadores económicos de coyuntura, de no seguir aferrada a modelos cuestionados, de asumir el compromiso de liderar el rumbo futuro del país en el cual se deje de trabajar solo para las islas de modernidad y se asuma la exclusión, la miseria, la injusticia, como su responsabilidad.

La tecnocracia colombiana no puede seguir siendo luz en la calle y oscuridad en la casa. El Subsecretario de Naciones Unidas en lo económico es José Antonio Ocampo; el economista jefe para América Latina del Banco Mundial es Guillermo Perry; La gerente del departamento de integración y estudios regionales del BID y Directora del Indes es Nohora Rey de Marulanda; El director del área de pobreza del BID es Carlos Eduardo Vélez; el director de un importante centro europeo sobre Comercio y Desarrollo sostenible es Ricardo Meléndez; para no mencionar que Juan Andrés López que maneja en el Banco Mundial proyectos de gran envergadura, Cecilia Corvalán y muchos otros más, que ocupan posiciones importantes en organismos internacionales.

Ante esto, la pregunta pertinente es: por qué, si somos tan buenos para resolver los problemas del mundo, no podemos canalizar esas mismas energías para resolver de una vez por todas, los dramas propios? Ese es el gran reto de la tecnocracia colombiana. No tiene justificación que la inteligencia de este país beneficie a los demás y no a los 44 millones de colombianos que nos dieron las oportunidades que hoy tenemos.

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