ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

28 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

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Por fin se estrenó en el país una película del director canadiense Denys Arcand, autor de una de las filmografías más lucidas y coherentes que haya producido su patria. A sus 62 años, Arcand ha recibido con Las invasiones bárbaras (Les invasions barbares, 2003), el reconocimiento masivo -Oscar incluido- que hacía tanto se le debía por su obra, mezcla de compromiso intelectual, religioso y nacionalista.

Historiador de profesión, empezó su carrera en el cine como documentalista comprometido con la denuncia histórica y política, para pasar al argumental en 1972 con Une maudite galette. Sin embargo, el éxito de taquilla y crítica llegaría para él unos años después representado en La decadencia del imperio americano (Le déclin de l empire américain, 1986), una mirada cínica a un grupo de hombres y mujeres de mediana edad, profesores de historia de la Universidad de Montreal, convocados alrededor del tema del sexo. Louise, Diane, Dominique, Rémy, Pierre y Claude, van a relatarnos sus experiencias y desventuras en ese campo, desde la mirada intelectual que supone su preparación académica y que el guión supo interpretar y respetar. Con humor y algo de dolor, Arcand desnuda para nosotros la intimidad de estos personajes, sembrando preguntas acerca de la moralidad, el vacío existencial y el valor que el sexo -como respuesta a todo- tiene en nuestras vidas.

Las invasiones bárbaras debe verse y entenderse como una continuación de esta película, pues todos los personajes de La decadencia del imperio americano regresan de nuevo, 17 años después, pero esta vez convocados por la agonía de Rémy (Rémy Girard), abatido por el cáncer.

Es entonces hora de balances y de ver sí las ideologías a las que alguna vez adhirieron supieron brindarles las respuestas y la tranquilidad que buscaban, o que sí -por el contrario- ahondaron más la sensación de soledad y desazón que intentaron aliviar en su momento con sexo, hedonismo y conocimiento.

Nuevos personajes aparecen en pantalla, particularmente los hijos de Rémy, Sébastien y Sylvaine, y la hija de Diane, Nathalie (una espléndida Marie-Josée Croze), prolongando las búsquedas existenciales de sus padres y tratando de cerrar heridas largamente abiertas, cuando ya la despedida final se aproxima. No es fácil pasar por encima de abismos de lejanía, rencores y acusaciones mutuas, pero por lo menos para Rémy y su hijo hubo tiempo para un encuentro final, para un abrazo sincero y necesario.

Cabe observar que -como Ingmar Bergman- Denys Arcand duda en su cine de la religión y de la fe, a pesar de su formación católica estricta. Al enfrentar el momento de la muerte Rémy no recurre a la religión, sino a sus amigos y a su familia: en ellos encuentra la complacencia y el alivio que en la fe nunca pareció encontrar. Esta desilusión espiritual del director no es nueva, pues ya en Jesús de Montreal (1989) la expresaba con amarga claridad.

Encontró Rémy durante su vida la felicidad? O sólo calmó su sed con sucedáneos de algo que nunca fue capaz de hallar o siquiera de reconocer? Arcand puso su vida frente a nuestros ojos en dos momentos diferentes, en los que su perspectiva vital era absolutamente opuesta. Y como el buen cine, no ofrece respuestas, sino más interrogantes.

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