PLACERES VARIOS DE LA PALABRA FURTIVA

PLACERES VARIOS DE LA PALABRA FURTIVA

Quienes celebran la estimulante libertad y el jolgorio que se desprende de la llamada tradición oral, están lejos de sospechar que esa tradición fue en sus orígenes un acto subversivo.

30 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Quienes celebran la estimulante libertad y el jolgorio que se desprende de la llamada tradición oral, están lejos de sospechar que esa tradición fue en sus orígenes un acto subversivo.

Por lo menos, cuando esa oralidad intentó hacerse escritura.

En efecto, en septiembre de 1543, apenas cinco años después de fundada la capital del Nuevo Reino de Granada, una Real Cédula ponía sobre aviso a los funcionarios españoles de América acerca del peligro que implicaría para la política cultural del Imperio la difusión de libros de ficción contrarios a las verdades escolásticas.que de llevarse a las dichas Indias libros de romance y materias profanas y fábula -advertía la citada Cédula- ansi como son los libros de Amadis y otros desta calidad de mentirosas historias se siguen muchos inconvenientes, porque los indios que supieren leer, dándose a ellos dexarán los libros de sana y buena doctrina, y leyendo los de mentirosas historias deprenderán o en ellos malas costumbres e vicios...

Con decisiones como las que establece esta Real Cédula, que abiertamente autoriza la censura, la propia Corona deja abierta la puerta a la especulación, por lo que la cultura de la tradición se instala en labios de los soldados y en los de los primeros criollos, ancestro de nuestra voz presente. De alguna forma, la represión patrocinaba una imaginación clandestina que, al margen de la letra escrita, corría de boca en boca, multiplicándose a la vez que enriquecía el patrimonio oral. Y si esto ocurría con la ficción o con hechos empíricos convertidos en leyenda, igual suerte corrió la reflexión, con lo que al lado de esa imaginación subrepticia crecía también un pensamiento furtivo. La literatura y el ensayo se convirtieron en una maniobra de simulación y si bien las ficciones adquirían cuerpo popular en las plazas y aldeas del Nuevo Reino no ocurría lo mismo con las ideas, cuya exposición ha exigido siempre un discurso y un método precisos, una escritura que al ser clandestina incurre en la transgresión.

Pero ese arte del disimulo no se gestó solo como reacción ante las leyes y censura del colonizador, pues en algunos aspectos los aborígenes ya practicaban esos hábitos oblicuos con gran eficacia. Y los practicaban no por razones morales sino, paradójicamente, por razones utilitarias directamente relacionadas con el Poder. Valga un ejemplo. Los primeros cronistas no salían de su asombro al ver cómo funcionaban los mecanismos de sucesión en el reino chibcha cuando un cacique moría sin descendencia. Un código ancestral obligaba a los candidatos que aspiraban a ocupar el trono a reunirse delante de toda la tribu y entonces eran sometidos a una prueba tan exótica y dolorosa como decisoria. Totalmente desnudos, los candidatosbuena castadebían enfrentarse al cuerpo espléndidamente desnudo de una adolescente, ante la cual debían hacer gala de su templanza sexual.

Despiadadamente eran eliminados aquellos que no pudiesen contener la erección que delataba sus deseos o, como decía el Beneficiado de Tunja Juan de Castellanos, se desechabacualquiera de ellos cuya viril planta /alteración mostró libidinosa La prueba culminaba con el triunfo de quienquietos y enfrenados genitalesComo quien dice, el Poder pasaba a manos de aquel que a contrapelo de los más ingobernables instintos de la naturaleza, lograse disimular lo que en colombiano actual se llamaY si se lograban disimular los apremios del sexo, cómo no hacerlo con las ideas?.

Registro de voz.

Una de las características del ensayo es, precisamente, la de sofrenar las pasiones y ordenar la sucesión de las ideas en un discurso ensimismado y sereno. Como sucede con el rito de entronización indígena, el ensayo es una práctica aristocrática donde la procesión va por dentro. La oralidad plenaria de la fábula o la leyenda popular, en cambio, es una fiesta bulliciosa, democrática, en la que cada cual participa según sus intereses. Vemos entonces de qué forma esa fiesta colectiva donde todos los participantes se funden oralmente en orgiástica camaradería, da lugar a la prosa multiforme de la novela o el cuento. Esto no quiere decir que el ensayo prescinda de la oralidad. Al contrario, individualiza los registros de la voz y los ordena según las exigencias del discurso intelectual.

Fieles al pretexto erótico del mencionado ceremonial de sucesión aborigen, puede decirse que la prosa de ficción es diálogo, coito, fusión de secreciones y multiplicación de sangres. En cambio, la prosa de reflexión es monólogo de aquel que piensa frente a la receptiva atención de quien lee: un pacto limitado a dos voces. La oralidad plural del relato popular o la novela culmina en la promiscuidad más festiva, en tanto que la oralidad subjetiva del ensayo confluye en lo que en las prácticas amatorias se conoce como el 69. En otras palabras: reducidos a su singularidad más desnuda, las dos lenguas confirman que el 69 es la más ecuánime de las posiciones porque en ella cada boca tiene lo que se merece y ese diálogo, que es cópula, se da el lujo de prescindir del ruido de las palabras, lo que es tanto como negarse a escuchar el canto de las sirenas. El ensayo y esta deliciosa práctica amorosa constituyen el único caso en el que dos lenguas, atareadas al mismo tiempo en menesteres idénticos, se entienden sin escuchar la voz del prójimo. En este sentido, tanto el ensayo como los amantes engolosinados en la liturgia del 69 encuentran en el silencio de la prosa introvertida la más íntima razón del placer oral.

Pero, más allá de los géneros literarios, es evidente que la oralidad asume aspectos diferentes según sea su escenario geográfico. Así, en el medio tropical esa oralidad se rueda en exteriores, se propala con el cálido viento del litoral, es una prosa vagabunda y excitante. Algo de no disimulado exhibicionismo se advierte en esa festiva coral de chismes e incidencias, en tanto que en las frías altiplanicies del interior del país se impone la discreción, así sea fingida, y la prosa se arropa en sus argumentos al extremo de parecer una reflexión taciturna. Claro está que en las montañas la algazara también tiene su prosa y ello lo confirma el hombre que con una culebra al cuello va de pueblo en pueblo engatusando a la gente con menjurjes y extraños potingues al tiempo que con una retahíla de falsas bondades aniquila el idioma.

En los valles y llanuras de la Costa los hechos se convierten en sucesos hiperbólicos, en una desenfadada crónica en la que todo lo que se vive termina por saberse, sea un robo, una borrachera o un adulterio. En cambio, por encima de los mil metros de altura sobre el nivel del mar el cierzo impone la práctica de una de las artes más refinadas de la galantería y el libertinaje: la sensata costumbre decallados.

En fin, ante la molicie tropical se impone la malicia indígena. Y malicia, dice el diccionario en la última acepción de la palabra, esingenio, sutileza Y estas son algunas de las características del ensayo.

A propósito, es casual que el primer ensayo de nuestra literatura Inventiva apologéticalo haya escrito en la fría ciudad de Tunja el poeta Hernando Domínguez Camargo? Y es casual, también, que por esas lejanas fechas de la Colonia y en la misma ciudad se produzca el primer gran escándalo sexual de nuestra historia, la serie de adulterios y crímenes pasionales de la muy bella y cachonda Inés de Hinojosa, que convertía en tradición oral la fatigada virilidad de sus amantes? Por último, es así mismo casual que por esos días y en la pervertida capital boyacense la monja Francisca Josefa de Castillo y Guevara convirtiese su convento en el escenario perfecto para escribir el primer ejercicio místico de América pero también para narrar todas las aberraciones que allí ocurrían y que, camuflada en la autobiografía y el ensayo, registraría para horror de fariseos y almas pías pero también para regocijo de los más desinhibidos lectores de la posteridad?.

Si es verdad que el verbo se hace carne, toda oralidad implica una erótica. Si semántica viene de semen y cópula -que une el predicado con el sujeto- es sinónimo de coito, por qué la tradición oral no ha de encubrir una sexualidad? El hecho mismo de hablar conlleva una aproximación, un deseo latente de fundirse con otro ser, de mezclar esencias y accidentes a través de la palabra. Y si el diálogo, como decía Goethe, es un trueque de errores, por qué no puede ser también un trueque de apetencias y deseos manifiestos o escondidos? Al hablar buscamos una respuesta y al encontrarla formalizamos una conjunción. Y conjunción viene de conjunctio, es decir, de unir, ayuntar. Y ayuntar, si no miente la etimología, quiere decircópula carnal.

Conjugacion sexual.

Al hablar, pues, de tradición oral, de lo que hablamos es de la particular expresión que a través del tiempo ha asumido nuestra sexualidad y que se pone de manifiesto en una situación y un momento específicos. Lo mismo da que ello tenga lugar en los litorales o en el interior del país, pues en última instancia siempre terminamos hablando de lo mismo, nunca dejamos de copular al hablar, sea en público o en privado y ese coito unas veces se llama novela y otras ensayo.

Se llama novela cuando nuestro interés porprójimoinvolucra a varios sujetos en la oración. No debemos olvidar que novela viene de novedad y que en la novedad por conocer más gente se apoya la democracia sexual. El verbo conocer ofrece dos acepciones: la meramente filológica, que implica tener idea o noción de algo, y la bíblica, que adquiere todo su sentido cuando, como dicen los doctores de la lengua,hombre tiene acto carnal con la mujerY si esta definición es cierta, quiere decir que solo el hombre conoce, por lo que la mujer sexualmente está condenada al analfabetismo.

Y se llama ensayo cuando, por más seguro que el autor esté de sus argumentos, finge impericia para no intimidar a la presa que está a punto de caer en sus redes. La tradición oral es, pues, la forma más grata que asume el arte de la seducción. Y el hecho de que unos seduzcan con menos ropa que otros, a orillas del mar o en los páramos, en medio de la alharaca o de un estudiado silencio, carece de importancia. Al final todos incurrimos en el más viejo lugar común, que precisamente es común porque en ese lugar nos encontramos todos. Y ese lugar es el verbo, que tarde o temprano se hace carne. Y así, al conjugar esa carne una y otra vez, revivimos la más antigua y gratificante de las gramáticas: la de perpetuar la especie mediante la palabra. Tradición oral es, pues, sinónimo de conjugación sexual, pues conjugar no es otra cosa que poner nuestra lengua al servicio del verbo ajeno en sus diferentes inflexiones de modo, tiempo, número y persona. Lo triste de todo esto es que, por habernos pasado la vida hablando, nos la hemos pasado cupulando, pero sin saberlo.

*Conferencia en el "Encuentro de tradición oral" convocado por el Ministerio de Cultura para el Festival de Valledupar.

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