LA MARCA DE TAMERLÁN

LA MARCA DE TAMERLÁN

En 1996, siendo un joven talento de 36 años, Enrique Serrano ganó el premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, con un cuento sobre el día de la muerte de Séneca, filósofo cordobés de cuyo nacimiento se cumplen dos milenios en estos días.

30 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

En 1996, siendo un joven talento de 36 años, Enrique Serrano ganó el premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, con un cuento sobre el día de la muerte de Séneca, filósofo cordobés de cuyo nacimiento se cumplen dos milenios en estos días.

Nacido en Barrancabermeja, donde vivió fugazmente, hoy combina la enseñanza de ciencias políticas en universidades bogotanas con la escritura atildada de relatos sobre conspicuos personajes, de los cuales ninguno tiene menos de dos siglos de muerto y ninguno vio la luz colombiana.

Con intervalos de tres años, ha publicado desde 1997 tres libros -todos en Seix Barral-, que poco a poco han cobrado dimensión perturbadora entre una cauda de devotos y arrancado elogios de García Márquez y Mutis. Serrano navega con pericia sin límite, como si hubiera sido habitante de aquellas eras oscuras, entre las nieblas de los siglos y milenios azotados por las fatigas de fenicios y griegos, visigodos y moros, persas y tártaros, turcos y mongoles, indios y afganos, tibetanos y egipcios, chinos e ibéricos. El mismo, para quienes lo conocen en figura, parece vivir de manera simultánea y con entero gusto en estepas y desiertos, arriba de una columna de piedra y adentro de una cueva de eremita, en el palacio imperial de Samarcanda y entre los poetas líricos de Shiraz.

Clava como a mariposas sobre un tablero de corcho a los distintos pueblos antiguos, señalándoles en el corazón con el alfiler exacto de sus miserias y alturas. Disecciona el alma de los protagonistas de guerras y conquistas, de visiones y éxtasis, de ciencias y letras, sacando al aire lo excelso de sus intenciones y lo execrable de sus actos. Y ejerce esta pasión lúcida con un arsenal de palabras y de giros, gracias al cual el español se revela como una prosa limpia, implacable, conmovedora y eficaz.

En La marca de España, 17 cuentos ponen punzadas al tejido abigarrado que conforma esta nación múltiple, desgarrada y contradictoria, y lo hacen siempre desde la estampa de un ser de carne y hueso, que es de manera sorpresiva desenmascarado o enaltecido por quien intentó envenenarlo o en vano salvarlo. Los 24 místicos que tartajean en De parte de Dios, son una variopinta muestra de los obsesos que en todas las religiones han pretendido ir más allá de Dios. La mayoría de estos orates salen mal librados al final de sus días y por siglos se sulfuran en las calderas del purgatorio, donde se percatan de que la bondad extrema también es un vicio. Se salvan los que ríen, algunos que nacieron complacidos con la suerte propia y los pocos que gozaron cada exquisitez de la vida y murieron muy viejos habiendo sembrado en vientres de doncellas las consecuencias correspondientes.

Tamerlán es sin duda la joya de la corona. Una novela que en su aliento hace recordar el Adriano de Yourcenar. Escrita en género epistolar, uno de los preferidos por Serrano, es una patente sobre la abominación de la guerra, sobre las presencias etéreas que gobiernan el destino de los hombres y sobre la victoria del relato por encima de la deleznable obra de los imperios. Pero estos temas centrales son apenas los puntales de una sabiduría que abarca la problemática de esta vida y la otra. El autor conoce al dedillo la tacaña virtud de concentración del lector moderno, asaeteado por las fruslerías de la televisión, y prepara entonces platillos de tres o cuatro páginas, enriquecidos con varios aderezos, y he aquí que cada uno de ellos es un capítulo amable, pasmoso, lleno de gracia y de alimento.

Serrano nunca narra desde la voz de sus protagonistas. Se asoma voyerista y picante desde la ventana de los sirvientes, de las antiguas amantes, de los padres arrepentidos, de los subalternos traidores, de los visires defenestrados, y desde este ángulo siempre portentoso entrega girones de humanidad, sabias observaciones productos del rencor, de la admiración tardía o del pavor. Así consigue el doble efecto de hacer participar al lector como posible curioso espía de los egregios elegidos, y de ofrecer peces vivos, personas complejas, en lugar de lívidos paladines de la historia oficial.

Foto: El escritor Colombiano Enrique Serrano.

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