CECILIA DE LA FUENTE DE LLERAS RESTREPO

CECILIA DE LA FUENTE DE LLERAS RESTREPO

Rudo golpe al corazón nos infiere la noticia del fallecimiento de doña Cecilia de la Fuente de Lleras Restrepo, tras larga y meritísima existencia. La vimos por última vez no hará treinta días, plácida, comunicativa y risueña, en un almuerzo campestre con motivo de la visita de su hijo Fernando y su linda e inteligente nuera Margot, residentes en Caracas. Extasiada en los verdes prados y los árboles circundantes, lúcida y vital, se deleitaba en el paisaje y le ponía al diálogo alacridad e ingenio. Ni quejas ni acíbares, sino alegría y estoicismo en la bien llevada senectud.

02 de marzo 2004 , 12:00 a.m.

Rudo golpe al corazón nos infiere la noticia del fallecimiento de doña Cecilia de la Fuente de Lleras Restrepo, tras larga y meritísima existencia.

La vimos por última vez no hará treinta días, plácida, comunicativa y risueña, en un almuerzo campestre con motivo de la visita de su hijo Fernando y su linda e inteligente nuera Margot, residentes en Caracas. Extasiada en los verdes prados y los árboles circundantes, lúcida y vital, se deleitaba en el paisaje y le ponía al diálogo alacridad e ingenio. Ni quejas ni acíbares, sino alegría y estoicismo en la bien llevada senectud.

El autor de estas líneas tuvo el privilegio de conocerla de improviso sesenta y dos años atrás en el pequeño recinto hogareño donde su marido, el entonces ministro Carlos Lleras Restrepo, escribía febrilmente, los ojos enrojecidos y el eterno cigarrillo en los labios, la memoria de Hacienda del cuatrienio de la Administración Santos. La circunstancia de ser jefe de publicaciones y contador de estadística de ese Despacho en mi último año de la carrera de Derecho y Ciencias Políticas, me comprometía a recoger los originales y ocuparme de su inmediata impresión.

Hallándonos en esas, irrumpió la bella señora de clásica estampa hispánica, envuelta en elegante bata de lana, a quien fui introducido como joven colaborador y discípulo del señor Ministro. De entonces a hoy no se empañaría una amistad que, al contraer yo matrimonio, se extendería a mi esposa y con ella se acentuaría afectuosamente.

No obstante tantos dones como la adornaban, la tragedia siguió sus pasos, desde la infancia. En la travesía trasatlántica de Barcelona a Puerto Colombia murió de repente su madre, cuando apenas tenía tres años. Con dolor y horror, nunca borrados de su mente, vio arrojado al mar el cadáver amado y ella quedó expósita, mientras el padre estaba en su patria de origen, España. De ahí su aversión a montar en barco y en avión. Felizmente, en Colombia la adoptaron con amor y ternura sus tías Cortés.

Más adelante, el círculo familiar volvería a destrozársele al caer fulminante rayo de muerte sobre el corazón de su hija Clemencia y al extinguirse la vida de su otra hija, María Inés, tras cruel enfermedad.

Por si fuera poco, su propio hogar fue criminalmente reducido a pavesas por hordas criminales bajo patrocinio oficial, en represalia desalmada por la resistencia civil al despotismo que predicaba y civilizadamente ejercía Carlos Lleras Restrepo. Tal página de verguenza y de oprobio se escribiría por los esbirros policiales precisamente el día en que se festejaba el cumpleaños de la segunda de las niñas.

Con su prole atribulada, Cecilia debió salir de su hogar, luego convertido en escombros, sin más ropa que la que llevaba puesta. Cuánto heroísmo, cuánto estoicismo, cuánta enhiesta dignidad en esas horas aciagas y, después, en el exilio en México.

Exaltado Carlos Lleras Restrepo a la Presidencia de la República tras arduas luchas, Cecilia no se le quedó a la zaga en diligencia, laboriosidad y decoro. Fue su consejera y columna en la sombra. Con la asistencia jurídica del maestro Darío Echandía concibió normas fundamentales sobre la paternidad responsable (no en vano la ley respectiva lleva su nombre) y sobre la protección a la infancia.

Estructuró, presidió y orientó con celo apostólico el Instituto de Bienestar Familiar, se ocupó de su buena marcha y le imprimió novedosos giros. Simultáneamente, remodeló las sedes presidenciales del Palacio de San Carlos y Hatogrande, ciñéndose al estricto presupuesto que le habíamos dado y procurando sacarle máximo partido, sin dolerse jamás de sus limitaciones ni pedir o sugerir incrementos.

Como gran Primera Dama, cinco rasgos la caracterizaron: discreción, señorío, reserva, austeridad y voluntad de servicio. No ignoró ningún secreto de Estado. Conociéndolos todos, supo mantener elegantemente sellados los labios. Muchas sesiones del acuerdo del Presidente con los ministros se celebraron a la hora del almuerzo, en su presencia. Ella en la cabecera de la mesa, con el Jefe de Estado a su derecha y el miembro del gabinete a su izquierda. Nunca una interrupción o una pregunta impertinente.

Pero no era convidada de piedra. Asimilaba cuanto oía y, a veces, en privado lo comentaba con alguno de los partícipes de la reunión. Por cierto, hablaba con mucha propiedad de economía cafetera y de otros temas que habían sido predilectos en la carrera de su marido y en su propia vida. No digamos de política, en la cual tenía siempre posiciones definidas y claras, o de los libros selectos que en su casa abundaban.

En su condición de Primera Dama, obró en todas las ocasiones con ponderación, equilibrio, magnanimidad y buen juicio. Por ello, los miembros del Gobierno no vacilamos en aplaudir que el Canciller Alfonso López Michelsen le hubiera impuesto la Cruz de Boyacá, en reconocimiento de sus obras e indiscutibles méritos.

Hada madrina, numen y compañera entrañable de Carlos Lleras Restrepo, sus nombres pasan a la historia indisolublemente unidos en la grandeza, en las lides democráticas y en el servicio eficaz a la patria y a sus ideales imprescriptibles.

abdesp@cable.net.co

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