El presidente Uribe está ante la amenaza de ocurrirle lo que a su colega mexicano Vicente Fox: impulsar un acuerdo político condenado al fracaso. Aun cuando para Fox significaba el naufragio de su estilo y su propuesta de gobierno, el acuerdo era la única alternativa que se le planteaba para destrabar la agenda de reformas con el Congreso. Pero la popularidad presidencial no le alcanzó para movilizar a una ciudadanía que presionara la aprobación de las reformas.
Y pasó lo que tenía que pasar: la agenda nunca se destrabó. Mientras que el acuerdo fue interpretado como un paliativo para disimular la falta de resultados, al finalizar el 2003 los grandes proyectos gubernamentales estaban paralizados. "La lucha por la sucesión presidencial le ganó la carrera al acuerdo político para las reformas estructurales".
A juzgar por las primeras reacciones a la propuesta de acuerdo, lo sucedido en México no está muy lejos de ocurrir en Colombia. La manera improvisada como se presentó el proyecto, no sólo hizo visible la falta de claridad sobre sus propósitos y alcances, sino que también permitió a los movimientos políticos proponer una larga lista de temas condicionando su entrada al acuerdo.
Si se trata de un esfuerzo para reconstruir consensos, la dirección está equivocada. No se puede proponer un acuerdo para reformar el Estado, cuando el Gobierno ya utilizó unas facultades amplias que le dio el Congreso para hacerlo. O en qué quedó la carrera de supresiones y fusiones en que terminó la reforma del Estado? Tampoco para reformar la justicia. Acaso no está en curso en el Congreso una reforma a los códigos? O es que ahora sí van a combatir el clientelismo judicial que ha convertido las cortes en pequeños feudos titulados a perpetuidad? Menos para flexibilizar la legislación tributaria Se necesita un acuerdo político para eso? No fue suficiente la lección que dejó la aprobación de la reforma tributaria? Qué garantiza que los que hicieron las malas reformas, ahora sí hagan las buenas?
La construcción del consenso se debe hacer para respetar las reglas de juego político e institucional; para imponer una cultura de la legalidad; desmontar las exenciones que los gobernantes dan a sus amigos y benefactores; y hacer del pago de impuestos un deber ineludible. Lo demás es poesía.
Ahora, si se trata de destrabar la agenda legislativa, el equipo de altos asesores ya debe tener claro el desgaste que implica hacer depender las propuestas gubernamentales de la aprobación parlamentaria. Además, gobernar es mucho más que reformar. Que habría pasado con Bogotá si Mockus o Peñalosa hubieran dedicado sus esfuerzos a suprimir o fusionar la mitad de las entidades inservibles del Distrito, en lugar de buscar que fueran productivas?
Lo grave es que el problema no parece estar en el bloqueo de la agenda legislativa, sino en la falta de una carta de navegación que oriente el rumbo del Gobierno. Después del referendo, no están claras las prioridades. No se ve la ruta para seguir ni el puerto al que se va a llegar. Se hace lo que al Presidente se le va ocurriendo o lo que el curso de los acontecimientos va imponiendo en política exterior, el manejo macroeconómico o la política social.
Lamentablemente, el tiempo de las grandes reformas ya pasó. Si el Gobierno optó por lo que Armando Benedetti definió muy bien como "un esquema de poder soportado en la popularidad estable, el apoyo incondicional de Washington y los éxitos continuados en su política de seguridad", lo mejor que puede hacer es consolidarlo. Allí conseguirá más o menos resultados, pero consistentes con su propuesta de gobierno. Y la historia juzgará.
Pero meterse ahora a proponer un acuerdo político, justo en una coyuntura marcada por la ausencia de los partidos, el individualismo buscador de rentas de los parlamentarios, la actitud patrimonialista de los magistrados, la vocación depredadora de los empresarios y la complacencia de los medios, solo puede hacer más profunda la desviación del modelo de liderazgo carismático. Esa que ha conferido popularidad pero no gobernabilidad. La que ha logrado congregar seguidores, pero sin la capacidad para movilizarlos en una dirección o por una causa. Todo porque la preocupación no está en la construcción de una doctrina, sino en la renovación permanente de la fe que se le debe profesar al líder. Y eso sólo significa que se ha perdido el horizonte.
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