LOS ABALORIOS DEL OMBLIGO

LOS ABALORIOS DEL OMBLIGO

La polémica sobre el impacto de los regímenes presidencialistas y parlamentarios en el desempeño de los sistemas políticos es una referencia obligada de la bibliografía especializada. Pero parecería una simple rutina de compromiso: las supuestas ventajas del régimen parlamentario resultan siempre abrumadoras.

31 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

La polémica sobre el impacto de los regímenes presidencialistas y parlamentarios en el desempeño de los sistemas políticos es una referencia obligada de la bibliografía especializada. Pero parecería una simple rutina de compromiso: las supuestas ventajas del régimen parlamentario resultan siempre abrumadoras.

Hay muchas razones para eso. La primera es que todas las democracias industrializadas son así, con la única excepción de Estados Unidos y uno que otro sesgo en los regímenes semipresidencialistas de Francia y Finlandia. La supervivencia y el desempeño de aquel régimen en tantos países creíbles define empíricamente la polémica.

Pero cómo explicarse, sin embargo, la supervivencia y el desempeño del régimen presidencialista en Estados Unidos. Y, al revés, cuáles son las razones científicas para atribuir los fracasos de los países del tercer mundo a sus regímenes presidencialistas, prescindiendo de tantas otras y muchas variables?.

La polémica existe porque se concede demasiada importancia a las instituciones. Como si la decisión sobre el régimen político garantizara no sólo la gobernabilidad sino la democracia, el desarrollo económico, el mayor acierto en el desempeño social y político del grupo. Semejante entusiasmo queda, sin embargo, empíricamente desmentido por los éxitos de ambos regímenes en las democracias del primer mundo. Y por los fracasos en el tercero.

En Estados Unidos, por ejemplo, las Cámaras y la presidencia han estado controladas por el mismo partido sólo 16 años de los 49 transcurridos desde la guerra. Los gobiernos así divididos desmienten que la eficiencia legislativa sea un paradigma y prueban que, al menos en USA, el régimen presidencialista funciona con éxito aun otorgándose dificultades legislativas adicionales a las que se le atribuyen.

Y algo más importante, también en USA: un estudio de Davis Mayhew probó que el gobierno federal no se ha comportado de manera muy diferente cuando ha estado dividido que cuando no lo ha estado. Tampoco fueron muy diferentes las leyes aprobadas. Por otra parte, atribuir la exitosa performance de las democracias europeas al parlamentarismo puede ser, por lo menos, una exageración. De hecho, esas democracias son cada vez más presidencialistas. Las campañas electorales se centran más en los candidatos que en los partidos, los primeros ministros tienen un control político superior al que podría atribuirse a un régimen colectivo, y la responsabilidad ministerial frente al parlamento tiende a diluirse.

Al amparo de estas reflexiones esquemáticas, la propuesta del ex presidente López para la instauración de un régimen parlamentarista tiene la ventaja de propiciar un debate que en Colombia jamás se hizo. Casi fue un dogma suponernos predestinados al poder demiúrgico de caudillos y presidentes. Tal vez ese debate demuestre, por lo menos, que no existen esos condicionamientos y que es probable explorar otras instituciones.

Pero no hay que esperar milagros. Dios ha probado no ser capaz de hacerlos. Las instituciones son todavía más incompetentes que él en materia de milagrerías. Y tal vez por eso el debate es otro, y atañe a la necesidad de un derrotero político coherente que trascienda unas políticas de seguridad que, aun suponiéndolas exitosas, de todas maneras reclamarían, como los polvos imprevistos, una formula para el día después.

Las tonterías que se dicen, por ejemplo, contra quienes cuestionan el TLC prueban no sólo que el país no tiene respuestas, sino que tampoco se hace las preguntas. El TLC no es dogma, ni paradigma, ni ábrete sésamo . No es nada. Un instrumento como otros. Lo que hay en el fondo del debate es la globalización, que incluye la protesta, ella misma globalizada. En Seatle, Montreal, Porto Alegre o Cartagena, hay una globalización contrahegemónica, así todavía esté fragmentada, difusa, contradictoria.

Y, cuál Estado queremos? El social que se asoma en los recursos de amparo y los derechos fundamentales de la Constitución del 91? O, al revés, queremos un Estado que reproduzca, cada vez más, instituciones como la de la Banca Central, ajenas y políticamente irresponsables? El Estado, para no parecer arcaico , o asistencialista o estatalista , está obligado a suicidarse, a no repensarse a sí mismo, insensible al drama humano en su singularidad más frágil: los pobres y los excluidos? Nuestro conflicto es sólo un problema penal, un problema de facinerosos armados, o es, como lo es, una situación desesperada de pronóstico impredecible? Más que regímenes políticos de un sabor o del otro, requerimos mirarnos el feo ombligo y decidir qué haremos con él, no importa si con pearcing de Presidente o de Parlamento.

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