SOBRE LOS DISCURSOS POBRES

SOBRE LOS DISCURSOS POBRES

Las razones para instituir la reelección presidencial son tan válidas como aquellas que se oponen a lo mismo. En abstracto, uno podría suscribir una cosa o la otra, en parte porque ambas son poco convincentes.

19 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Las razones para instituir la reelección presidencial son tan válidas como aquellas que se oponen a lo mismo. En abstracto, uno podría suscribir una cosa o la otra, en parte porque ambas son poco convincentes.

En principio, la no reelección es una limitante al sufragio. No tan grave como la democracia censataria ni como las exclusiones a mujeres, negros, esclavos o menores de edad. Pero no cabe duda de que en los países en que está prohibida o restringida (no en seguida, no más de una vez, etc.) los ciudadanos padecen una limitación.

Esa limitación no despierta mayores inquietudes, en parte porque la mayoría de las democracias maduras son parlamentarias o semiparlamentarias, es decir, permiten la reelección. En Estados Unidos, un régimen político y electoral sui géneris, la reelección procede por una sola vez. Hay, pues, en el primer mundo, falta de inquietud por el tema por sustracción de materia.

De otra parte, las limitaciones que la ley electoral impone en todas partes son de la esencia de esas democracias, y la mayoría más inquietantes que la reelección. En el caso inglés, por ejemplo, por muchas razones paradigmático, el valor diferenciando de los votos no sólo apuntala el bipartidismo sino la extinción anticipada de cualquier tercera fuerza política. En casi todas partes el voto útil privilegia determinadas opciones, todas ellas sospechosamente gravitando sobre el centro del espectro restringido.

Las constituciones y las reformas constitucionales no hacen más que buscar siempre el mecanismo que consolide la ciudad ideal de Aristóteles, es decir el predominio de las mayorías más cómodas. Gobernabilidad es por eso un ideal casi siempre perverso: las mayorías correctas no son aquellas que establece el sufragio universal (un hombre/un voto) sino las que garantizan una gestión más libre del poder de las clases más poderosas. Las constituciones y las leyes electorales sirven siempre a esos propósitos, amparados en las sospechosas virtudes de la gobernabilidad.

La reelección no escapa a esa regla de hierro. Los partidarios de establecerla la suponen una ventaja para la gobernabilidad ampliada de quien en términos de hoy podría lograrla. Quienes se oponen temen que esos mismos términos de opinión política prefiguren una derrota en las próximas elecciones. Un discurso y el otro no logran enmascarar las motivaciones reales que les subyacen.

Veamos la pobreza intrínseca de los discursos. Por ejemplo, las supuestas malas experiencias de los países vecinos. Quién puede realmente pensar que los problemas de Alan García o de Carlos Andrés Pérez son imputables a la reelección? De otra parte, podríamos encontrar docenas de mandatarios no reelegidos en el vecindario que fueron también un desastre, o que se cayeron.

La misma debilidad argumental acusan las preocupaciones por lo distraído que se volvería el Presidente en procura de la reelección, la división que afectaría su prestigio, el desgaste que sufriría el Gobierno. No es inverosímil suponer un presidente en trance de perpetuarse muy concentrado, victorioso en el esfuerzo de mantener la unidad de sus partidarios o fortalecido en los favores de la opinión. Lo de la utilización electoral del poder es más bien un asunto de controles; un vicio de las democracias y, desde luego, en mucho de la nuestra, que puede, sin embargo, concurrir sin reelección.

Al revés, la limitación al sufragio que ya vimos, y que proclaman los partidarios de la reelección, es más inocente que otras limitaciones que a nadie preocupan. La continuidad es una virtud neutra que, además, podría lograrse sin reelección. El cortoplacismo, supuesta miopía de la no-reelección, puede subsistir en periodos doblados, o simplemente más amplios. El premio o castigo que supuestamente la figura de la reelección procura al elector puede darse, y se da, al igual que la continuidad, con o sin esa institución.

El juego es otro sin mayores vínculos con los discursos. Es, por ejemplo, saber si el Partido Conservador logra mantenerse unido y obtener así un poder decisorio enorme. Es, por ejemplo, saber si el Congreso está en posibilidad de enfrentar libremente la popularidad del Presidente y el amplísimo respaldo que la reelección tiene en la opinión pública. Volverá el tema de la revocatoria?.

Y el juego final: instituir la reelección no significa la reelección de Uribe, así sea, según hemos visto, de lo único de que se trata. En dos años puede pasar cualquier cosa. Por ejemplo, que una reforma constitucional permita reelegirlo por más de una vez, o por más tiempo. O, al contrario, que pierda las elecciones en primera vuelta. Este es un país impredecible. Y caprichoso. Y muy dado a los embelecos. Veremos, como lo esperaba inútilmente el ciego aquel.

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