EN RUSIA FLORECE EL CAPITALISMO, PERO NO LA DEMOCRACIA

EN RUSIA FLORECE EL CAPITALISMO, PERO NO LA DEMOCRACIA

En una reunión en la Casa Blanca este año, Condoleezza Rice, Asesora en Seguridad Nacional estadounidense preguntó a Yegor Gaidar, ex primer ministro de Rusia y principal artífice de la salida de Rusia de la planificación centralizada comunista, qué podría hacer Estados Unidos para mejorar la situación, cada vez peor, de los demócratas liberales rusos. (VER GRAFICO: A favor y en contra - Pero abrazan menos la democracia)

26 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

En una reunión en la Casa Blanca este año, Condoleezza Rice, Asesora en Seguridad Nacional estadounidense preguntó a Yegor Gaidar, ex primer ministro de Rusia y principal artífice de la salida de Rusia de la planificación centralizada comunista, qué podría hacer Estados Unidos para mejorar la situación, cada vez peor, de los demócratas liberales rusos.

(VER GRAFICO: A favor y en contra - Pero abrazan menos la democracia).

Gaidar le dio una respuesta contundente: Nada. Al menos por ahora, es una causa perdida, afirmó.

Durante más de una década, Washington y sus favoritos en Moscú se aferraron a una seductora teoría: el libre mercado conducirá a una política democrática y libre en la Rusia postsoviética al crear prosperidad y propietarios. En la actualidad, el capitalismo ha derrotado al comunismo en el ex imperio soviético y, tras años turbulentos, ha traído a Rusia un robusto crecimiento. Pero la fe de los rusos en la democracia occidental se ha debilitado. La economía y la política liberales, en vez de ser un tándem inseparable, se han distanciado. Muchos las ven incompatibles.

"Nuestras suposiciones fueron completamente erróneas", dice Michael McFaul, un experto en Rusia de la Universidad de Stanford que en los meses postreros de la Unión Soviética trabajó en un programa para promocionar la democracia en San Petersburgo, la ciudad natal del actual presidente Vladimir Putin, llamada entonces Leningrado. "Todos supusimos que cuando la economía comenzara a mejorar, la mayoría de la gente secundaría las políticas liberales. Y no es así".

Es un giro inquietante en un lugar que E.U. ha citado a menudo, al tiempo que ocupa Irak, como prueba de que la democracia, con ayuda, puede triunfar.

Meses después de la invasión de Irak, las autoridades de ocupación de E.U. invitaron a Gaidar y a otros reformadores del Este de Europa a Bagdad para dar consejos sobre cómo ayudar a Irak a escapar de su legado dictatorial. Gaidar dice que los iraquíes tienen que encontrar su propio camino, y no recomendó tomar a Rusia como modelo.

La economía rusa, ahora mayoritariamente en manos privadas y boyante gracias a los altos precios del petróleo, ha crecido a ritmo constante durante cinco años, expandiéndose un 7,2 por ciento el año pasado. El número de celulares se dobló el año pasado a 36 millones. El 48 por ciento de los rusos dice pertenecer a la clase media, comparado con el 28 por ciento de 1999.

También está claramente al alza el apoyo al presidente Putin y su campaña para reemplazar la algarabía del pluralismo con la calma de una "democracia administrada". El ex funcionario de la KGB, que ha dicho que un Estado fuerte es parte del "código genético" de Rusia, fue reelegido en marzo de forma abrumadora. A pesar de que parte de esto tiene que ver con una incesante campaña por televisión, bajo control del Estado, Putin está claramente en sintonía con la gente.

El magnate petrolero Mijail Jodorkovsky, encarcelado el año pasado por presunto fraude y evasión fiscal, dijo recientemente desde prisión que aunque Putin "no es ni liberal ni demócrata", es "más liberal y democrático que el 70 por ciento de la población".

Rusia está lejos de la autocracia soviética. Excepto Chechenia, donde han muerto miles de personas, Putin no ha aplastado a la oposición política, sólo la ha acallado. El Kremlin deja las voces críticas fuera de la televisión, pero les da tribuna en los medios impresos, que tienen menos impacto. El Parlamento, aunque repleto de acólitos de Putin, es elegido por proceso electoral.

De alguna forma, el impulso para reforzar el poder estatal ruso beneficia a los intereses estadounidenses. Ha apaciguado uno de los mayores temores de E.U.: que una Rusia débil y caótica filtrara conocimientos e incluso cabezas nucleares. Es más, Putin a veces usa su autoridad para ayudar a E.U., como cuando secundó a Washington tras los atentados de septiembre de 2001 y después, en contra de los consejos de sus asesores, consintió la presencia militar estadounidense en un ex territorio soviético en Asia Central.

Estos beneficios, sin embargo, enmascaran un considerable riesgo para E.U. en una Rusia fortalecida por la economía de mercado pero desvinculada de otros valores occidentales. Es más, Rusia, junto con China y otros países con pujantes economías pero sociedades políticamente cerradas, podrían mostrar al mundo una potente alternativa a la receta estadounidense del éxito democrático. "En retrospectiva", dice McFaul, "una de las grandes bendiciones de la Unión Soviética era cuán mal funcionaba su economía". Ahora, afirma, "la perspectiva realmente aterradora" es la posibilidad de que un día una pujante economía capitalista sirva a un agresivo régimen autoritario.

La democracia, tras una década de constante avance en el mundo, ha dado algunas señales de fatiga, incluso en regiones que se han convertido en sus más fervientes partidarios. Según un estudio de la Organización de Naciones Unidas, el 56,3 por ciento de los latinoamericanos creen ahora que el desarrollo económico es más importante que la democracia, y el 54,7 por ciento apoyaría un régimen autoritario si resolviera sus problemas. Desde 2000, cuatro presidentes electos en la región han sido obligados a abandonar su cargo.

El decreciente compromiso ruso con la democracia liberal es en parte consecuencia de la actuación estadounidense. En los primeros años tras la caída de la Unión Soviética, Washington puso todas sus esperanzas en Boris Yeltsin, un líder errático con una sed tremenda. Sin embargo, los instintos de Yeltsin a veces parecían lejos de ser democráticos, como cuando envió tanques para atacar un parlamento hostil en 1993.

E.U. también impulsó a Rusia a una terapia de shock hacia la libertad de precios y una arrolladora venta de activos estatales. Aunque la privatización tuvo éxito en hacer imposible una reinstauración comunista, estuvo plagada de corrupción, creando un grupo de "oligarcas" increíblemente ricos, y contribuyó a la decepción de los rusos sobre los valores occidentales. Los liberales rusos que Washington respaldó ayudaron a desacreditar su causa democrática al defender la privatización deficiente, contribuyendo a hacer de la democracia, en las mentes de algunos, un sinónimo elegante de fraude.

Los rusos apoyan la mano dura de Putin por razones principalmente sencillas. El Estado ha empezado a pagar pensiones y salarios a tiempo. Los oligarcas están saliendo despavoridos, tras observar el arresto de Jodorkovsky, el hombre más rico de Rusia. Putin, a diferencia de Yeltsin, no se emborracha en público.

Más complicado e irritante para los liberales como Gaidar son las ansias de orden entre los rusos que aplauden el libre mercado, pero que cuestionan el valor de la liberalización política. "Rusia no necesita debate sino crecimiento", dice Konstantin Tublin, editor en San Petersburgo. "Necesitamos limitar el espacio de la discusión política".

Actitudes de este tipo, impensables en la euforia de comienzos de los 90, apuntan a un regreso no al pasado soviético, sino a una poderosa corriente de reforma rusa.

Cuando la Unión Soviética iba camino del olvido a fines de los 80, Adranik Migranian, académico reformista, expuso una tesis que consternó a los liberales: Rusia no podía saltar del totalitarismo a la democracia, sino que debía transitar por un largo período autoritario. Su modelo es China, la que considera una prueba de que el autoritarismo de mercado es una mejor receta para la modernización que la democracia de mercado y de que los métodos estrictos son a veces necesarios.

Otros reformistas rusos han mirado a Chile, donde Augusto Pinochet impulsó una economía de mercado en medio de una dictadura. Dentro de los admiradores más fervientes de Pinochet está Vitaly Naishul, un matemático que en los 80 escribió un tratado clandestino llamado "otra vida". En 1990, Naishul llevó a un grupo de jóvenes economistas rusos a Santiago para discutir las reformas de mercado y conocer al general Pinochet. "Es un genio político", dice.

El académico elogia al presidente Putin por darse cuenta de que Rusia puede beneficiarse de métodos de libre mercado, pero "no puede copiar la democracia occidental". Uno de los arquitectos del programa económico del general Pinochet, José Piñera, asistió recientemente a una conferencia en la casa de campo de Putin.

"En un comienzo tratamos de ser buenos alumnos. Intentamos, de manera muy primitiva, imitar los sistemas occidentales, pero no funcionó", dice Naishul. La gente quiere ordenes claras, dice, aludiendo a un refrán ruso: "Un jefe malo es mejor que dos buenos".

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