AMORES DESDE LA TRINCHERA

AMORES DESDE LA TRINCHERA

El auxiliar regular Garzón* nunca pensó que por estar enamorado, iba a pasar las horas más amargas de hombre alguno en la Policía nacional. El problema -le dicen sus comandantes- no es por tener novia, sino porque ella es muy menor de edad .

25 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El auxiliar regular Garzón* nunca pensó que por estar enamorado, iba a pasar las horas más amargas de hombre alguno en la Policía nacional. "El problema -le dicen sus comandantes- no es por tener novia, sino porque ella es muy menor de edad".

Sandra Paola, la dueña de su corazón, está atrapada en el cuerpo de una estudiante de noveno grado de 12 años de edad y él a sus 23, está atrapado en las garitas que rodean la estación de Policía, porque desde hace cuatro meses no lo cambian de puesto de vigilancia, todo para que no se vea más con ella.

La historia de amor se inicia el primero de diciembre del año pasado, en el parque principal de un municipio tolimense* ubicado a más de dos horas de Ibagué. Garzón, armado hasta los dientes, patrullaba las calles a eso de las 4:00 de la tarde cuando se dejó conmover por la ternura con que Sandra jugueteaba con su mascota, un conejo gris de ojos rojos.

Sin dudarlo, le pidió a la niña que lo dejara cargar al conejo. Así ocurrió y al cabo de cinco minutos, el volvió al patrullaje y ella a su casa. En la noche, Sandra se fue a la única papelería que tiene Internet en el pueblo a mirar el correo electrónico. Al llegar, la joven que atiende en el lugar le dio una razón que al principio la desconcertó: "Que Garzón le mandó saludos". Extrañada y sin muchas ganas, le mandó decir al uniformado que lo mismo.

"Cuando yo la vi, me pareció una pelada muy linda. De verdad, le puse 17 años porque su cuerpo parece de grande", le dijo Garzón a Tolima 7 días, al otro lado de la garita.

Al día siguiente, se encontraron de nuevo en la cafetería. Garzón llamaba a su familia y Sandra iba a comprar unos útiles para el colegio. Se saludaron tímidamente, intercambiaron de nuevo los nombres y ella le contó su edad, algo de su familia y que viajaría a Bogotá a realizarse una operación. Durante dos semanas dejaron de verse.

De nuevo en el pueblo.

Al cabo de una semana, Sandra regresó de su viaje y no vio en ninguno de los cuatro puestos de vigilancia al auxiliar Garzón. Al ir a la papelería, la joven que atiende le dijo que el policía tenía una semana de permiso.

A los dos días, Sandra recibió una llamada que la sorprendió y que además, encendió las llamas de su corazón. Al otro lado del teléfono, Garzón le decía que la pensaba mucho y que desde que la vio, sintió como Cupido había hecho su tarea.

El siguiente lunes, Garzón se bajó de la flota y antes de ir a la estación, se fue para la casa de Sandra y le declaró su amor a la niña y le pidió permiso a la mamá para visitarla. Doña Ofelia, madre de siete hijos, le dijo que la niña no tenía permiso para tener novio porque todavía no estaba en edad. Luego de muchos ruegos, la señora accedió a que sólo fueran amigos.

La felicidad de la naciente relación duró muy poco. Una mujer que conocía del amorío y lo tildaba de inmoral, se quejó en la Personería municipal de un caso de Corrupción de menores y la denuncia, llegó a los oídos del teniente y de los cuatro sargentos que están al mando en la población. Allí empezaron los inconvenientes.

Mientras pudieron, se siguieron viendo en las esquinas y a la salida del colegio. Tal como lo hacían otros uniformados con sus novias. Hasta que un día, uno de los sargentos increpó a Garzón por su noviazgo.

"Vea Garzón, esa niña es una pelaíta . Evítese problemas, déjela de ver y verá que todos estamos tranquilos", señaló el sargento, ante la negativa de Garzón.

"Entonces tómelo como una orden", agregó el suboficial.

Garzón ya estaba enamorado, tal vez por eso hizo caso omiso de la repentina orden del superior y siguió con los mensajes por la emisora municipal, con las cartas de amor y los discos compactos con canciones románticas.

Al ver que Garzón seguía con la menor, el sargento optó por dejarlo en los puestos de vigilancia más lejanos al colegio y a la casa de la menor. Pero como ocurre en el amor, esas barreras eran fácilmente superables y la relación continuó durante otro mes.

Al cumplir el tercer mes de noviazgo, el papá de Garzón visitó la población y se entrevistó con la mamá y los hermanos de la Sandra. Al ver el curso que habían tomado las cosas, las familias veían con buenos ojos la relación. Cosa que no ocurría en la estación de policía.

Por cualquier acto de amor que cometía el policía, era castigado con un turno de vigilancia más: De seis horas de vigilancia pasaba a doce. Varias veces le tocó hacer hasta 18 horas seguidas porque más valía el amor que la falta de sueño.

Por su parte, la familia de Sandra era encantada por los sacrificios que tenía que hacer Garzón para verla. "El es un muchacho muy serio, se nota que la quiere y que la respeta. Además, vea cómo me la tiene llena de cartas y regalos", dice con algo de orgullo doña Ofelia.

A Sandra por su parte, se le ilumina el rostro cuando habla de su novio. Relee las cartas una por una y dice, que está enamorada por primera vez. "Mis exnovios han sido novios de colegio. Nada serio. Pero es que con él he conocido el amor y desde ya me proyecto en el futuro a su lado", dice esta niña con una madurez inexplicable para su edad.

"Se pasó, mi Sargento".

Un día Garzón estaba en la formación general de la compañía, cuando el sargento en cuestión, tomó una carta que había sacado a de la Biblia de Garzón y luego del permiso del oficial, la leyó al frente de todo el personal.

"Mi pequeña, mi niña, mi bebé. Te pienso a cada minuto del día y ya no me aguanto las ganas de verte", empezaba la carta. En medio de las risas de los uniformados, Garzón se aguantó el reproche público.

En la noche, el auxiliar se fue a dormir en medio de la rabia y la impotencia. Cuando despertó, encontró que lo habían esposado a la cama, al parecer por orden del suboficial. Estuvo preso a su cama, durante tres horas. Esa noche, el teniente no estaba.

Al día siguiente, peleó con un compañero porque se burló de su condición y de su novia, por lo que se ganó un turno más de vigilancia. A la madrugada, cuando dejaba el fusil en la armería, se reportó ante el sargento y este le preguntó que si estaba bravo.

Con rabia y enfrente de otros compañeros, le dijo al suboficial que se había pasado y que lo iba a demandar ante Derechos Humanos por violación a la intimidad y por tortura física. El sargento simplemente le dijo que no lo amenazara.

A su llegada, el teniente revisó la minuta y encontró la anotación. Luego de hablar con el sargento quien expresó sentir peligro por su vida, el oficial optó por retirarle el armamento al auxiliar.

De eso ya hace 20 días. Garzón, el policía que cuida la entrada de la estación no tiene armamento. Tampoco lo dejan hacer llamadas telefónicas, caminar por el parque y mucho menos, verse con Sandra. Hasta le quitaron el cuaderno que tenía para escribirle cartas a su enamorada en un lenguaje cifrado que habían convenido debido a la burla.

Pese a todo en próximos días cumplirán seis meses de noviazgo y sólo esperan a que pasen rápido los cuatro que hacen falta para que finalice su servicio militar. Mientras tanto, todos sus celestinos hacen lo posible para que nada detenga su amor. De allí en adelante, serán libres y el futuro estará en sus propias manos.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.