PARTERAS EN LOS CONFINES DE LA CIUDAD

PARTERAS EN LOS CONFINES DE LA CIUDAD

Para los primeros partos que atendió como comadrona improvisada, a Alejandrina Torres de Avendaño no le bastaban los rezos de unos cuantos padres nuestros para que un niño por amor de Dios no naciera atravesado.

18 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Para los primeros partos que atendió como comadrona improvisada, a Alejandrina Torres de Avendaño no le bastaban los rezos de unos cuantos padres nuestros para que un niño "por amor de Dios" no naciera atravesado.

Hace 30 años, cuando ella comenzó esa práctica en la vereda El Hato de Usme, a hora y media de viaje en carro desde Bogotá, se ayudaba con dos copas de aguardiente por parto, para tomar aliento, dominar los nervios y las tijeras para cortar los ombligos. Como lo hacen aún hoy algunas parteras de Ciudad Bolívar y San Cristóbal, en el sur.

"Es que atender un parto como tenerlo, es muy berraco. Hay que sacar aliento y machera", dice Alejandrina, que tuvo cinco de sus seis hijos en su rancho de El Hato. Pero Mamá Aleja o Alejita , como le dicen familiarmente, dejó rápidamente la costumbre del trago y con la experiencia venció el miedo de los principiantes.

Hoy, a los 59 años, cuando ha decidido jubilarse como partera, "antes de que uno ya no masque ni el agua", la cuenta de los hijos que trajo al mundo se perdió en su memoria. Calcula que fueron más de mil.

Mamá Aleja se convirtió en partera debido a la necesidad de embarazadas que vivían en esas lejanías de Usme y no encontraban a nadie más que les atendiera el parto en el día o la noche. Fue también la misma razón que llevó a Luz Marina Rodríguez, de 48 años, y a otras ocho mujeres a desempeñarse como parteras en las 17 veredas y el área urbana de Usme, hace más de una década.

Pero no son las únicas comadronas de Bogotá. Se estima que actualmente trabajan unas 30 en el área periférica principalmente de las localidades de Ciudad Bolívar, San Cristóbal y Bosa.

Aun cuando en el Distrito funcionan 93 hospitales, 2.460 instituciones de salud y hay más de cinco mil profesionales (entre ellos 600 ginecólogos y médicos) que atienden consultas obstétricas y partos, algunas embarazadas siguen recurriendo a las parteras.

Según los últimos registros del Dane, de los 126 mil bebés que nacieron en el 2001 en el Distrito, 282 fueron atendidos por comadronas. Los demás, en instituciones de salud.

Amor de partera.

Hay más de un motivo para que mamás de escasos recursos en Bogotá no acudan a las instituciones y profesionales de la salud, pese a que pueden acceder a ellos a través del Sistema de Beneficiarios (Sisbén).

Yaneth Cepeda, de 29 años, ha tenido sus cuatro hijos de 7, 4, 3 años y el último de 6 meses, con Marina, la partera que llama para que la atienda en su pieza de la hacienda La Puerta, en el Hato, donde trabaja como cuidandera. Claro que para los controles prenatales se desplazaba hasta el centro de salud de El Destino, a media hora de camino de su vivienda. "Le cogí miedo al hospital porque cuando pequeña me operaron de la cabeza y me martirizaron mucho -recuerda Yaneth-. Marina es una amiga de la vereda que es cariñosa con los niños".

Y precisamente ese afecto, el toque familiar de las comadronas sin límite de tiempo para acompañar los partos, es el que atrae a la mayoría de estas clientas maternas.

"Un bebé no da espera. Hay que salir a cualquier hora montada en bestias o a pie y andar más de dos horas de camino. A veces en una misma casa se atienden a la madre, al bebé y a los papás que se desmayan", recuerda Marina, quien aprendió algo de partos con un año de estudio como auxiliar de enfermería.

Marina -y así también lo hacía Alejandrina- carga un pequeño maletín con materiales básicos para asistir el parto: hilo, gasa, desinfectante Isodine, tijeras, termómetro, jeringas desechables, alcohol y unas cuantas pastas para calmar el dolor. Y como lo hacen las demás parteras, Marina tranquiliza a sus clientas ofreciéndoles agua de manzanilla o de ruda bien cargada. Para saber cuál es la posición de los bebés, les pide ecografías y si las madres no las tienen, ella toca las barrigas Y se las soba, cuando el niño está atravesado. "Ya uno con experiencia sabe cómo viene la criatura y donde está su cabecita. Gracias a Dios, ninguno me salió de nalgas", apunta a su vez Alejandrina.

La plata también influye que las madres busquen las comadronas, que cobran entre 30 y 100 mil pesos por asistir un parto. En ocasiones, cuentan ellas, no exigen un peso. En un hospital público distrital la intervención oscila entre 352 mil pesos y 473 mil.

Sin embargo, aunque las comadronas tengan experiencia, las mujeres que acuden a ellas corren altos riesgos, advierte la vicepresidenta de la Asociación Bogotana de Obstetricia y Ginecología Libia Patricia Gómez. " Qué se puede esperar de una persona que desconoce los signos de alerta, no monitorea la frecuencia cardiaca del bebé, ignora el tratamiento paramédico, no toma la presión arterial, le falta asepsia, no esteriliza instrumentos y apenas si sabe de primeros auxilios?, se pregunta Gómez. Los peligros de esos partos domiciliarios, agrega, son infecciones, hemorragias, eclampsias (tensión alta del embarazo) que pueden producir la muerte.

El trabajo de las parteras, común en los pueblos pero casi desaparecido en la ciudad, ha llamado la atención del director de Salud Pública del hospital de la localidad, Carlos Julio Pinto. De ahí que una de las políticas distritales en salud, asegura Pinto, sea fomentar el acompañamiento familiar en el parto. El hospital de Usme estudia la posibilidad de capacitar a las parteras y que, con la ayuda de especialistas, cumplan menos riesgosamente su tarea. Ellas, a su vez, les enseñarían a médicos y ginecólogos que no basta tener conocimiento para atender un parto. Deben brindar más afecto.

"Con cariño, las señoras no se quejan ni gritan. Solo pujan con nosotras", dice Alejandrina.

FOTO/Rafael Espinosa EL TIEMPO.

1- Yanet Cepeda, de 29 años, cuidandera de una hacienda en Usme, tuvo a sus cuatro hijos con la ayuda de partera porque no le gustan los hospitales.

2- Alejandrina Torres o Mamá Alejita , como le dicen familiarmente en la vereda El Hato (Usme), durante 30 años ayudó a nacer a más de mil criaturas.

3- Luz Marina Rodríguez, de 48 años, estudió un año de auxiliar de enfermería y es comadrona desde hace 18 años.

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