CONTRA EL OLVIDO

CONTRA EL OLVIDO

Lo cotidiano de la violencia que pesa sobre los colombianos nos ha ido conduciendo a la asunción de una peculiar psicología: fugazmente nos llenamos de ira y de resentimiento ante la muerte administrada por los diversos agentes del exterminio, para luego encubrir todo el dolor y la amargura en el cómodo refugio del olvido.

28 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Lo cotidiano de la violencia que pesa sobre los colombianos nos ha ido conduciendo a la asunción de una peculiar psicología: fugazmente nos llenamos de ira y de resentimiento ante la muerte administrada por los diversos agentes del exterminio, para luego encubrir todo el dolor y la amargura en el cómodo refugio del olvido.

Las muertes de hoy nos ocultan la tristeza y la pavura que nos dejaron los crímenes de ayer, pero a su vez mañana, estaremos llorando nuevas muertes, sin darnos tiempo para elaborar el duelo, convirtiendo las periódicas penas en asuntos pasajeros, e instalando en el alma colectiva una sórdida convivencia con el horror y una ambigua simbiosis entre la apatía y la esperanza.

Por otra parte, los acontecimientos históricos, que de por sí constituyen materia de polémicas entre las diversas ideologías, son sometidos a las más variadas tergiversaciones y distorsiones interpretativas, por parte del aparataje informativo que manejan periodistas y comunicólogos, expertos en la homogeneización de la opinión ciudadana y quienes, operando como amanuenses de los integrantes del bloque de poder, van forjando una nueva y conveniente historiografía que se sustenta en las manipulaciones del recuerdo y el olvido.

Cualquier tentativa por rescatar la memoria, la verdadera historia, es sometida a distintos mecanismos de coerción por parte de una especie de policía del pensamiento que se encuentra diseminada por todo el cuerpo social: no solo en el gobierno que intenta impedir la protesta y silenciar la oposición, también en la prensa que, publicista del poder, se autocensura; en los intelectuales tartufos que no desean abrir espacios de opinión, enclaustrándose en un mundillo académico, pretencioso y ajeno a la realidad nacional; y en el común de las gentes que, asustadas por el creciente autoritarismo y el militarismo, no se atreven siquiera a reclamar por la diaria violación de sus derechos.

En este país de olvido y muerte se viene imponiendo una generalizada banalización del mal, porque los individuos se han adaptado a lo establecido, convirtiéndose en obligados y silenciosos colaboradores del poder, desapareciendo como seres autónomos y encerrándose cobardemente en el estrecho espacio de suspersonaleso en ilusorias dimensiones religiosas, que los apartan de todo compromiso político y los sumergen en el Leteo de esperanzas trasmundanas, para liberarse de su responsabilidad social. Sujetos que, cuando más, expresan una especie de momentáneo sentimentalismo teatral, que les permite simular pena y congoja por las cotidianas muertes, para luego continuar sumidos en la indiferencia.

JULIO CESAR CARRION CASTRO.

Director Centro cultural Universidad del Tolima

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