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UN DOMINGO DE VISITA EN LA CÁRCEL DE CÓMBITA

Una caravana de personas comienza el recorrido por una vía asfaltada, cuyo trazado corta a lo largo de unos 500 metros el paisaje verde, de árboles y pastizales. El domingo es el día de visita para mujeres y niños en la Cárcel de Máxima Seguridad de Cómbita, en (Boyacá).

03 de junio 2004 , 12:00 a.m.

Una caravana de personas comienza el recorrido por una vía asfaltada, cuyo trazado corta a lo largo de unos 500 metros el paisaje verde, de árboles y pastizales. El domingo es el día de visita para mujeres y niños en la Cárcel de Máxima Seguridad de Cómbita, en (Boyacá).

Son las 6:30 de la mañana y la mayoría de las 450 personas que hacen parte de la caravana se afanan por alargar el paso para llegar cuanto antes a la primera de tres barreras de control, antes de ingresar al interior de la penitenciaria más segura del país.

El ritmo de la marcha, sin embargo, se reduce cuando la cabeza de la fila pasa el primer control o cinturón de seguridad, donde los visitantes presentan su cédula y se dejan poner sellos en la cara interna del brazo izquierdo.

A partir de este tramo solo se ven soldados y policías, las altas paredes y casetas desde donde guardias armados vigilan el avance de la hilera de mujeres y niños costeños, paisas, vallunos, bogotanos y santandereanos.

Los que vienen de lejos pernoctaron la noche anterior en inmediaciones de la cárcel. Las madres y los niños tienen que desprenderse de los sacos, busos de lana y chaquetas acolchadas con las que se protegen del frío y alquilar ropa ligera. El estricto reglamento de la penitenciaría prohíbe ropas de materiales gruesos.

Cerca de la entrada, sobre la carretera Central del Norte, hay de todo: hoteles, restaurantes, cafeterías, tiendas de artesanías y negocios que ofrecen servicios de aseo personal, alquiler de ropa y vestier. La parada que más retrasa la entrada se produce en los dos sectores de cabinas de detección de metales.

Mientras tanto, tras las rejas del gran patio de visitas se puede observar los rostros de los internos, impacientes, esperando que la visita ingrese cuanto antes al amplio lugar. Una vez allí el ambiente se transforma. Muchos corren a la puerta de entrada para recibir a su gente.

Luego el ambiente se calma un poco. Las personas empiezan a dispersarse hacia los asientos, a los prados. Se escucha la algarabía de niñas y niños que juegan, mientras los adultos conversan en pequeños grupos o parejas. No pueden perder el tiempo, pues apenas les quedan tres horas y media para que se acabe el tiempo de visita y entre el otro grupo de visitantes. Entonces vendrá la despedida, tan emotiva como el saludo, pero más triste. Solo queda la esperanza de un próximo encuentro.

FOTO/Rodolfo González Prieto.

Un domingo, a las 6:30 de la mañana, 430 personas, esperan a las afueras de la penitenciaría.