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OPERA: DRAMA NOSTÁLGICO

OPERA: DRAMA NOSTÁLGICO

Como inadvertido holocausto a la evolución del teatro musical, los excesos cometidos por la ópera wagneriana anunciaban una nueva sensibilidad. Se estima en general que Alban Berg señala con Wozzeck la primera ópera que puede calificarse como teatro musical absoluto, pero mirado con atención, se constata que el Tristán de Wagner merece considerarse como precursor de aquello que más tarde se conocería como música nueva . Desde el punto de vista formal, la ópera de Wagner escrita en 1865 proporciona fundamentos tan sólidos a la música absoluta, que bien puede definirse como una sinfonía vocal en tres partes de proporciones gigantescas.

Todas aquellas producciones significativas para el teatro musical que aparecen a partir de 1910 se alejan del canon de la ópera como desviadas por una aguja imantada. En el trayecto quedan Ariadna en Naxos de Ricardo Strauss y El martirio de San Sebastián de Debussy, como fenómenos aislados en el intento de construir una forma nueva, desligada del drama musical wagneriano. Las dos breves piezas expresionistas de Schoenberg renuncian a la duración obligada de una opulenta velada musical y llevan como subtítulo indicativo de sus intenciones Monodrama y Drama con música.

A pesar de divergencias históricas y estéticas, compositores como Weill, Nono, Berio, Dallapiccola, Zimmermman, Henze, intentan definir una ópera viva más allá de un repertorio petrificado por las exigencias de un público con privilegios. Así, la dramaturgia abandona la historia lineal y la construcción a partir de un libreto prestado, en provecho de historias cruzadas y fragmentadas, mezclando espacio y tiempo diferentes. Al hacer añicos el espacio interior de la ópera tradicional, se cuestiona su espacio escénico y sus modalidades de representación.

Dramas en el escenario El encanto de la ópera de los siglos XVIII y XIX sus decorados suntuosos, el atractivo sensual habían emigrado poco a poco hacia el cine. La producción teatral consciente de sus resultados ya no encontrará denominador común entre una música que exige su autonomía sin imagen y una ópera que reivindica una música semejante al lenguaje, imagen de otra cosa. El realismo sicológico que mueve la imaginación de Monteverdi, Mozart, Verdi y Bizet ya no es obligado; tampoco, las protestas de Carmen, Aída y Traviata como símbolos de individualidad.

La ópera San Francisco de Messiaen es música que manifiesta las motivaciones de un drama; Berio habla de acción musical en su ópera Un Re in ascolto; Nono describe la acción dramática como teatro de ideas y Ligetti intenta una música semejante a la luz, de formas musicales compactas.

Sin embargo, el proceso estimula pequeños y grandes odios azuzados por el público de ópera al recuerdo de viejos tiempos. La permanencia del viejo repertorio obedece a mecanismos de vana identificación, de una élite que pierde terreno. Su supervivencia enseña más sobre la sociedad, que sobre un arte que sobrevive a su propia declinación.

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