LA POETISA DE LA CALLE

LA POETISA DE LA CALLE

María Amparo tiene el verso a flor de su boca desdentada. Las estrofas se le escapan sin querer. Por entre sus palabras pausadas y bien escogidas, pero cargadas de la cadencia propia de las calles bogotanas, salta el poema obligado, para matizar la conversación, para darle color al relato.

25 de abril 2004 , 12:00 a. m.

María Amparo tiene el verso a flor de su boca desdentada. Las estrofas se le escapan sin querer. Por entre sus palabras pausadas y bien escogidas, pero cargadas de la cadencia propia de las calles bogotanas, salta el poema obligado, para matizar la conversación, para darle color al relato.

Es inevitable. Su vida ha estado siempre delimitada por la brutalidad de la calle y la sutileza de la poesía. Sus dos extremos vitales. Si tenía que batirse a golpe limpio con los tombos pues más tarde, curándose con trapos las heridas, se le ocurría algún verso. Si tenía que robar pan o leche de alguna tienda, en su cambuche, acompañada de sus hijas, componía de nuevo alguna rima.

La poesía siempre ha estado con ella, desde los 7 años, cuando escribió su primer verso para una amiguita de la escuela-orfanato en donde vivía: Rosita me llamo yo, tan chiquita y sin razón. Subí a los cielos, toqué una puerta, salió San Pedro y me contestó: estate quieta, rosita inquieta, que está dormido el Niño Dios , recuerda, para ilustrar cómo era su vida con las monjas en la Escuela de Orientación Femenina, donde le quemaron los primeros capítulos de Observando el universo, su primera novela, aún inédita.

Me la quemaron porque profanaba a Dios. Es que habla de cómo se creó el mundo. De que fue el hombre y no Dios el que escribió la Biblia. Dice así: cuando Dios hizo el mundo juntó las manos en forma de globo, dio un soplo y de inmediato salieron una lechuza y una rana. La lechuza, quiere decir cualquier escritor y la rana, el agua que no falta , explica haciendo un cuenco con sus manos pequeñitas, surcadas por unas arrugas diminutas y brillantes, probablemente causadas por el betún, porque son ya 45 los años que lleva lustrando zapatos en las calles bogotanas.

María Amparo Amaya se hizo famosa hace 11 años cuando el Instituto Distrital de Cultura y Turismo (Idct) de Bogotá le publicó Escribiendo como loca, un libro que recopila sus poemas, cuentos y aforismos. Entonces, la entrevistaron de periódicos y revistas, incluso guarda con celo una maltrecha carpeta con todos los artículos.

Luego, vino el anonimato. Pero ella, como siempre, siguió escribiendo y leyendo y afilando el lápiz y la imaginación , hasta ser una de las ganadoras el año pasado del concurso nacional Descanse en paz la guerra , organizado por la Casa de Poesía Silva. Además, la Corporación Colombiana de Teatro le publicó Mi mente es así por el cuento.

Con todos estos logros, de nuevo estuvo en boca de todo el mundo y hasta Soraya, la cantante colombiana, viajó a Bogotá, expresamente para conocerla. De hecho, en su nuevo álbum incluirá la canción Alma de la calle, dedicada a ella (ver recuadro). Y todo esto, sin contar con las tres novelas que ya tiene listas para publicar: Indiferencia en la calle, Observando el universo y El hijo de la muerte.

La vida en la caja.

La caja de embolar no la dejo por nada del mundo , dice y con razón. La caja, que construyó con sus propias manos, les dio el sustento a ella y a sus cuatro hijas y fue la oportunidad para dejar de gaminiar . Quince años de su vida los pasó en la calle, sin bañarse, comiendo desperdicios y robando comida. Cuando la Policía le dijo que le iban a quitar a Blanca, su primera hija, sentó cabeza, buscó pieza y comenzó a bañarse a diario.

Yo gaminié harto, rico, porque anda uno libre y hace lo que quiere. Desde los 10 años hasta los 25. Eso sí, nunca he metido vicio, ni fumo, ni tomo. En esos días escribí este versito: Es la lustrabotas muchachos, no sé que embarga mi alma, verme sentada en el mismo rincón, con el pausado movimiento de los días, con mis claustros viejos de cada amanecer. Pero vaya, qué tristeza, ni un mirar, dulce brillar, dejó el opacado día de nubarrones completo. Es la lustrabotas, muchachos... .

Justamente, esa frescura, esa naturalidad para pintar con palabras la realidad de la calle, fue lo que cautivó a María Mercedes Carranza, la desaparecida poetisa y directora de la Casa de Poesía Silva, que prologó Escribiendo como loca: Si falta técnica, abunda la frescura de unas palabras que no son impostadas ni forzadas; si falta escuela, hay imaginación a manos llenas; si faltan oficio y ejercicio, hay una intuición llena de astucia en el manejo de unos recursos que solo su insobornable vocación le ha sugerido .

Por eso, su nombre artístico corresponde a la naturaleza de María Amparo: Alma de la calle . Qué cuáles son las reglas para sobrevivir en la calle? Pues robar, lustrar, comer sobrados y pedir limosna. Ah, y no meterse uno con nadie , estos son los mandamientos callejeros que expone en Indiferencia en la calle, su novela casi autobiográfica.

En la calle conoció a su marido, padre de tres de sus cuatro hijas, Luis Eduardo Santos, también embolador. Hace 30 años me dijo que si le daba posada por tres días en mi pieza, mientras que él se iba para Medellín. Y desde entonces, no se ha ido para Medellín .

Pero también, por culpa de la calle, Blanca pasó varios meses en el Buen Pastor, acusada de hurto. A ella le escribió este poema: Gracias mujer, por enseñarme a robar corazones. Gracias mujer, por enseñarme a querer los sentimientos ajenos. Gracias por recordarme la palabra mamá y reflexionar. Las cadenas no he conocido. El oro es una ilusión. Los chiros nuevos, los miro con desprecio. Los harapos viejos, los miro con amor. No quiero recordar la cadena, ni el pecho, ni la prisión .

La ilusión de las letras.

A un lado, la cama. Al otro, una pequeña repisa con la estufa de gasolina. De resto, libros y cuadernos y manuscritos y hojas sueltas con una letrita apretada y casi ininteligible, que últimamente cambió por la del computador que le prestan para transcribir todo lo que hace en su casa o en la calle o donde la pille la inspiración. Cada lunes, miércoles y viernes se olvida de lustrar los zapatos del Ministerio de Cultura y del Idct y se refugia en la Biblioteca Luis Angel Arango, para escribir o leer.

Una enciclopedia Sopena, que le costó 50 mil pesos; Literatura preceptiva, leyes de la metáfora, de 1933, Teoría literaria, La divina comedia, El Quijote, La novicia, de Paul May y El premio Nobel, de Irving Wallace, son sus libros de cabecera.

Escribo más poesía que prosa porque se me facilita más. Uno de los últimos fue el que ganó el año pasado, el de La muerte, reina, que dice así: Ella no pensó en la fuerza maravillosa. Se desprendió del asombro de la raíz. Llegó a pedir posada sin dinero, y se lanzó a la sombra de un árbol sin sueño. Vio un gigante desabrochado por el pecho. Se enteró que mataba por hacerlo. Lo detuvo un minuto en su sueño. El gigante no entendió que era la muerte , dice, mirando fijamente a los ojos, sin vacilar, sin cambiar el tono de la voz, como si se suspendiera por encima del momento y se retirara al sitio donde concibió esa estrofa.

De su relativa popularidad, dice que lo único que le ha dejado son recortes de papel y un diploma, pero nada de efectivo: Me aplauden, me dicen que muy bueno, que siga, pero nada de platica .

Y es que su ilusión, a sus 55 años, con cuatro hijas y nueve nietos, es vivir de lo que escribe: Si he sido capaz de hacer tres novelas, más de mil poesías y más de 80 cuentos por qué no puedo vivir de escribir? .

En la puerta de su pieza, en el barrio Girardot, del centro-oriente de Bogotá, pegó, luego de la muerte de María Mercedes Carranza, una hoja con uno de sus poemas, escrito con letra gorda y negra: No más amaneceres ni costumbres. No más luz no más oficios, no más instantes. Solo tierra, tierra en los ojos, entre la boca y los oídos. Tierra sobre los pechos aplastados. Entre el vientre seco. Tierra apretada a la espalda. A lo largo de las piernas entreabiertas... .

María Amparo o Alma de la Calle estuvo con la poetisa la noche anterior a su suicidio. Fue la primera vez que la vi quedarse hasta tarde en la noche en un recital en la Casa Silva, ella no hacía eso. La despedida fue muy cruel. Me dijo que me quería ver grande y no en la miseria humana en la que vivo .

LA INSPIRACION DE SORAYA.

El 8 de marzo pasado Soraya leía, en su casa de Miami, en el diario Nuevo Herald, la nota De limpiabotas en las calles bogotanas a poetisa laureada. Cuando terminó, no pudo contener las lágrimas y solo sintió un impulso incontenible de tomar su guitarra y componer una canción en honor a la maravillosa mujer cuya historia acababa de leer.

No sé qué me pasó, pero no pude continuar con el día que tenía planeado. Me impactó muchísimo la historia de Amparo, su dignidad, su fortaleza y su nobleza , cuenta la artista. Fue tal la impresión que le causó, que al otro día tomó el primer avión que encontró para Colombia.

Mi única intención era abrazarla, decirle cuánto la respeto y que Alma de la calle escuchara lo que había escrito para ella .

Su encuentro fue en la Casa de los Comuneros, en donde Amparo la esperaba con dos de sus hijas. Estaba vestida de azul -recuerda la cantante-, y tenía colgada una enorme llave dorada, según ella, para poder entrar al cielo. A mí solo se me ocurrió decirle que no la necesitaba, que para ella seguro ya estaban abiertas las puertas de par en par .

Luego de cantarle su canción, las dos se echaron a llorar. Luego hablaron de la vida, del universo y fueron hasta la humilde vivienda de Amparo. He conocido mucha gente, todo tipo de personajes, pero ninguno me ha impresionado tanto como ella , agrega Soraya.

Alma de la calle, la canción, hará parte del nuevo disco de la artista colombiana, que dentro de poco comenzará a grabar: Ella ya el álbum listo, pero después de conocerla tengo que incluir su canción. Es mi manera de rendirle un homenaje y de hacerla conocer por todo el mundo .

FOTO/Mauricio Moreno EL TIEMPO.

Junto a la enciclopedia, los diccionarios y los manuales de estilo, Amparo guarda celosamente en su casa los manuscritos de sus novelas inéditas.

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