MI PRIMERA SEGUNDA EDICIÓN

MI PRIMERA SEGUNDA EDICIÓN

Hace años iba y venía por la carrera séptima entre la calle 26 y la oficina de Eduardo Mendoza en EL TIEMPO un personaje menudo y singular. Se preciaba de no haber trabajado jamás. Corbatín de seda, vestido impecable de dacrón, llevaba el bigote ambiguo de un hombre mayor. Era uno de esos desdichados que no usan sombrero porque no pueden comprarlo, aunque es obvio que lo merecen. Y había nacido en Aranzu.

27 de abril 2004 , 12:00 a.m.

Hace años iba y venía por la carrera séptima entre la calle 26 y la oficina de Eduardo Mendoza en EL TIEMPO un personaje menudo y singular. Se preciaba de no haber trabajado jamás. Corbatín de seda, vestido impecable de dacrón, llevaba el bigote ambiguo de un hombre mayor. Era uno de esos desdichados que no usan sombrero porque no pueden comprarlo, aunque es obvio que lo merecen. Y había nacido en Aranzu.

Siempre iba dando mandobles a diestra y siniestra con un cinismo de una frescura envidiable. El alegre sablista era además poeta. Mendoza, que lo quería, honraba sus sonetos en Lecturas Dominicales. Los honorarios apenas le alcanzaban para vivir donde vivía. Para comer como comía. Y para aliviar sus vicios, pobres y pocos. Pero Javier era recursivo.

Un día lo encontré en la puerta de una librería barajando un fajo de billetes con una mueca de triunfo como si manoseara un tarot de mariposas. Pensé en el librero sableado. Lo imaginé aplicándose compresas en un lavamanos. Pero Javier me dijo, desplegando el abanico de sus utilidades. El producto de mi último libro. Yo me disponía a publicar mi primera colección de versos. Y me llené de esperanzas en el futuro. Javier las quebró con una carcajada estentórea. Y explicó el mecanismo. Editaba sus libros por su cuenta, o por cuenta, cruenta, de un amigo, los ponía en consignación en librerías, y en visitas sucesivas se los robaba. Y cuando acabo, paso por mi dinero.

Uno jamás aprende. Y menos de fracasos ajenos. Mi primer libro, como suele decirse, se regaló bien. Pero no me importó. Después del primer desliz, como las muchachas frígidas, los verdaderos escritores prueban siempre otra vez a ver si la próxima resulta mejor. Y así me vi lanzado en el delirio del grafómano y el editor recalcitrante de sí mismo. Patrocinado por amigos beneméritos, tipógrafos desocupados, y libreros esperanzados en que la gloria no va a dejarme con los crespos hechos. No renuncié a emporcar papel, cansé los linotipos y las viejas prensas de medio pliego con su aplauso monótono, ni siquiera ante el milagro.

Una vez ya no sé si había dado a luz mi insulso (pero breve) poemario titulado CUAC con un angelote de Alvaro Barrios sacándole la lengua al mundo en la portada, o Cantar sin motivo, un libro que canté sin saber por qué, porque a veces uno no sabe por qué se pone a cantar, y llevé los mil ejemplares de la edición a una distribuidora reputada: la Rueda Suelta. Esperé un semestre con los ojos en blanco en el café de enfrente. El funcionario de la distribuidora no había envejecido tanto como yo cuando volví. Fue a la bodega. Regresó sacudiéndose las manos en el delantal azul quince minutos después. Y me preguntó. Cuántos ejemplares trajo. Mil le dije. Y él, sin inmutarse: hay mil doscientos. Yo tampoco me inmuté. Tengo fe en la irracionalidad del mundo. Quiere llevárselos? Pero era injusto llevármelos. Para dónde me los iba a llevar. Si mis libros parecían contentos allá y se estaban reproduciendo en la bodega con las cucarachas y ratones. Lo mejor era dejar que se siguieran multiplicando.

Al parecer Benjamín Villegas hizo al revés el milagro viejo para mí de ver mis libros produciéndose como los hongos en las bodegas. Cuando me anunció con toda seriedad que relanzaría Prosa incompleta pensé que había perdido la razón. Mis libros son abstrusos y anacrónicos. Estudié sintaxis en el infierno atendiendo a los pedos del diablo. Le dije. No te arriesgues otra vez. Pero él insistió. El cree en los frutos de mis fastidios, de este no saber qué hacer aparte de escribir y escribir. Entonces, que asuma las consecuencias. Mientras cena ahora con el Príncipe en Barcelona helados calientes, postres de escocés, filetes al espíritu de la zanahoria, langostas anestesiadas y ostras batidas en vinos nuevos. Agradézcales a sus lectores. Me dijo antes de partir. Es evidente que Benjamín no sabe que yo soy el que se roba los libros.

eleonescobar@hotmail.com

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