OCETA, EL PÁRAMO MÁS BELLO DEL MUNDO

OCETA, EL PÁRAMO MÁS BELLO DEL MUNDO

He aquí, incrédulos del mundo entero, el más hermoso páramo del planeta. La afirmación no es patriotería calenturienta. En primer lugar, el único país que posee páramos a todo lo largo de sus cordilleras es Colombia. Venezuela solo tiene una muestra en la prolongación de nuestra cordillera Oriental hasta Mérida. Igualmente, Ecuador solo disfruta de páramos en el sector norte, como extensión de Colombia. Y Costa Rica, Bolivia y Perú poseen solo manchas de páramo. Los páramos existen únicamente en las grandes alturas ecuatoriales húmedas; en las grandes alturas tropicales secas se desarrolla la puna , dice el geógrafo Ernesto Guhl. Colombia es privilegiada; en cuanto los altímetros se acercan a los tres mil metros, aparecen en nuestras tres cordilleras los páramos. Tan nos es exclusivo este ecosistema que, en los demás países del castellano, páramo significa otra cosa, muy diferente.

12 de septiembre 1991 , 12:00 a.m.

Así las cosas, el páramo más bello del planeta Tierra habrá que buscarlo en Colombia. Determinados sectores del páramo de Sumapaz, del de Chingaza, del Cumbal ofrecen casi inigualable belleza. Indudablemente el páramo más hermoso de Colombia y de la galaxia es el de Ocetá, en Boyacá. Y doy las pruebas de la honestidad e idoneidad del informante: en primer lugar, conozco todos los páramos de Colombia y, en segundo lugar, no nací en Boyacá. Lo primero habla de mi conocimiento del tema y lo segundo, de mi objetividad.

Razones? Sus vecinos y tres características peculiares. El primer vecino es el pueblo más bello de Boyacá, título ganado en celebrado concurso, Monguí. Calles empedradas, viejas casonas, una iglesia con rango de basílica, olor a campo, ambiente de tranquilidad, puente romántico, todo en medio de sembrados de idílica estampa. El segundo vecino, situado también a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, es el páramo de Siscuinsí, de legendaria y casi idéntica belleza. Su laguna y los picos que la rodean merecen peregrinación aparte. En desarrollo de mi confesa paramofilia he visitado Ocetá varias veces y lo he hecho como los peregrinos de la Edad Media visitaban Santiago de Compostela: como una larga jornada hacia el encuentro con la interioridad.

Siempre hemos entrado por Monguí. El camino parte detrás de la basílica y se va remontando entre sembrados de trigo, papales y casas de tapias blancas. Al pasar, conversamos con las gentes que allí hacen su vida, muchas veces indiferentes a la bondad del aire que respiran. Oh, si pudieran venirse a las ciudades! Y nosotros, los paramófilos, vivimos desesperados por el aire frío y cortante de las alturas y la visión de los inmutables frailejonales. La vida es así!.

A pesar de que el páramo tiene zonas muy intervenidas (léase destruidas) por el ganado... algún día lo diré, lo gritaré porque me atraganta el alma: uno de los mayores destructores del país, o sea de su futuro, en otras palabras de su tierra, son las vacas, las de cuatro patas. A pesar de su intervención, Ocetá conserva lugares aún no tocados. Gran exposición al sol durante el día y bajas temperaturas nocturnas son características de los páramos.

Levantamos nuestra carpa cerca de Ciudad de Piedra. Este es uno de los tres atractivos peculiares de Ocetá. Con la parsimonia de las eras geopolíticas se han ido desprendiendo las laderas a media altura de las pendientes y han creado corredores de hasta 200 metros de longitud, veinte de anchura y 15 de profundidad. Recorrerlos con calma, acariciando musgos y admirando rocas gigantes desprendidas, escalándolas, es una de las emociones de Ocetá. Este fenómeno es estrictamente geológico. No obedece a intervención humana de origen prehispánico. Los jardines, he aquí el segundo motivo del esplendor de Ocetá. Concentrados en áreas hasta de cuarenta metros cuadrados, hay enclaves de vegetación que nosotros hemos bautizado como los jardines de Ocetá.

Solo un jardín artificial podría sobrepasar en colorido a estos nichos naturales: amarillo de frailejones y senecios, azul-morado de las espectaculares mazorcas de los lupinus, y rojo granate de otra variedad de senecios. Y, entre ellos, las hojas de los lupinus, abiertas como manos y llenas de gotas de rocío. En noviembre y diciembre encontramos la mejor época del páramo de Ocetá; la floración de los jardines está en apogeo.

Y los grandes espacios, los picos esbeltos, los cortados espectaculares de hasta 300 metros, a los cuales uno se asoma con vocación de águila, con sueños de gloria, completan el tríptico de la belleza.

Si estas palabras sirven para animar a los colombianos a visitar Ocetá y los páramos, en nombre de la patria, de nuestro futuro y del amor a la tierra, por favor dejen en las ciudades las grabadoras, los equipos de sonidos, las videograbadoras, las neveras. En los páramos se escucha el silencio, no se grita, se ausculta uno a sí mismo y se dialoga con el viento. Dejar basura allí es sacrilegio.

Los frailejones, dioses del páramo, aquí son especiales. Los hay amarillos... pero los blancos despliegan un diseño circular desconocido en la mayoría de los páramos de Colombia. Estos frailejones son otro motivo que tuvieron en cuenta Alvaro Otálora y Henry Salazar, compañeros míos, para sucumbir, también ellos, al hechizo de Ocetá y declarar bajo el peso de todas las evidencias que Ocetá es el páramo más bello del planeta. También ellos son víctimas de la paramofilia, en grado galopante.

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