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DE UN EXTREMO A OTRO

DE UN EXTREMO A OTRO

Como resultado de la evolución y revolución sexuales se habla de los grandes cambios en la percepción y vivencia de la sexualidad en general y de la femenina en particular. De acuerdo con los parámetros que prevalecían hasta hace poco, cuando se mencionaba la sexualidad se hablaba de una función reproductiva. El papel de la mujer consistía, fundamentalmente, en sufrir el sexo para calmar las necesidades sexuales del compañero y obtener por el servicio un premio que era también única meta, sentido y objetivo de su existencia, a saber, un hijo.

Las mujeres tenían solo una preocupación sexual: el adecuado funcionamiento de sus ovarios y útero ya que estos eran los elementos indispensables para la producción de nuevas criaturas humanas. Estas pasaban a ocupar el 100 por ciento del tiempo femenino.

Con este enfoque, el gran terror de las mujeres era obviamente la esterilidad agravada por el hecho de que su existencia en una pareja ponía en entredicho la virilidad del compañero.

En ese modelo reproductivo, era importante concebir bebés de sexo masculino con el fin primordial de preservar el apellido. Estos niños, además, eran fuente de orgullo para el padre ya que había una mayor valoración por los hombres que por las mujeres. Esta valoración se mantiene aún en la mayoría de las culturas.

El sexo del futuro bebé se convertía entonces en otro tormento dándose algunos casos verdaderamente dramáticos como el de mujeres que consumían hormonas masculinas para dar a luz un varón. Dentro de este esquema, la fidelidad femenina se promovía y justificaba para garantizar la paternidad.

El cambio de los parámetros se produce y la función reproductiva da paso a la función placer como clave para la sexualidad. Aquí es donde surge el gran cambio femenino: lo importante ya no es tener un hijo sino tener el orgasmo, orgasmos, multi-orgasmos... Ya no se trata de sufrir el sexo para gozar el hijo sino de gozar el sexo sin tener el hijo. Utero y ovarios se convierten en órganos secundarios dando paso a la vagina, la vulva y el clítoris como los sitios adecuados del buen o mal funcionamiento sexual.

En esta óptica, ya no hay preocupación por la esterilidad. Antes bien, ésta se promociona como garantía para una vida sexual satisfactoria, plena y sin preocupaciones o miedos por la paternidad o maternidad. La preocupación se centra en evitar la inhibición del deseo, la anorgasmia o la dispaurenia. Ya no interesa el número de hijos ni su sexo sino el número de orgasmos y su frecuencia. Las mujeres ya no comparan sus retoños sino sus retozos, y se sienten más o menos mujeres según su adecuación a las pautas establecidas por los sexólogos como las adecuadas e indicativas de un buen funcionamiento sexual. La virilidad ya no se mide en número y sexo de los hijos sino en número y calidad de los orgasmos de la compañera...

La respuesta sexual se compartimentaliza en un proceso por etapas. Estas se definen en forma exacta y precisa, dando lugar a tiempos, movimientos, sensaciones, todos medibles y detectables con sofisticados aparatos.

Estos patrones de comparación definen, finalmente, quién está satisfecho y quién no. Es la ciencia de la sexología la que determina quién es impotente o no, quién anorgásmico, quién funciona y quién no, sexualmente hablando. Es ella la que da la pauta del grado de satisfacción sexual de las personas.

La sexualidad así se convierte en un problema de estímulos erótico- genitales y respuestas más o menos ajustadas a las esperables según los estudios de Masters y Johnson. Las personas, preocupadas por su cuerpo y sus sensaciones o no-sensaciones, dejan de lado problemas sexuales tan importantes como el tipo de relación establecida en la pareja, el mantenimiento de esquemas de relaciones desigualitarias y poco humanas, la violencia y las formas culturales válidas en la conformación y mantenimiento de las relaciones de pareja y familia.

La preocupación por el problema individual dispersa la atención por el problema social y además sostiene y justifica todo un mercado de servicios profesionales, médicos y de artículos. Con ellos se trata de solucionar los desajustes que los mismos profesionales han generado al pretender estandarizar comportamientos tan personales e individuales como los de la sexualidad.

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