TRANSMIPERRO, PARA PASAJEROS DE RAZA

TRANSMIPERRO, PARA PASAJEROS DE RAZA

El tiene 25 años y no concibe la vida sin un perro. Se obsesionó con ellos desde el día en que su familia dejó la puerta abierta para que el único ejemplar que había en la casa saliera y no regresara jamás. Ella cambió su trabajo en Colpatria, el vestido de sastre, el horario bancario de 9 a 4 y un salario fijo, por un par de jeans, camiseta y tenis. Y ahora trabaja de 4 de la mañana a 9 de la noche.

01 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

El tiene 25 años y no concibe la vida sin un perro. Se obsesionó con ellos desde el día en que su familia dejó la puerta abierta para que el único ejemplar que había en la casa saliera y no regresara jamás. Ella cambió su trabajo en Colpatria, el vestido de sastre, el horario bancario de 9 a 4 y un salario fijo, por un par de jeans, camiseta y tenis. Y ahora trabaja de 4 de la mañana a 9 de la noche.

Luis Fernando y Adriana son dos jóvenes que dedicaron toda su carrera de administración a construir un campo de recreación para pastores alemán, labradores, golden, beagle, boxer, pointer y todo lo que se parezca a un perro. Hoy, pese a la burla de algunos profesores y amigos que esperaban una tesis con visión empresarial, ellos muestran con orgullo un campo verde en las afueras de Chía (Cundinamarca), rodeado de árboles y ambientado con el ladrido de una docena de animales que se alborotan con su presencia.

Sin embargo, no es esto lo que sorprende. Lo que llama la atención es un enorme bus que rueda por las calles de la ciudad con las ventanas abiertas y los hocicos húmedos y ansiosos de varios perros que viajan en Transmiperro, la última locura de Luis Fernando y Adriana, novios y socios de Activity Dog, un centro vacacional y de entretenimiento al que los animales acceden por 240 mil pesos al mes, en promedio.

Al comienzo, los canes eran transportados al centro vacacional en un viejo Renault 4 descapotado, pero un día dos de ellos se agarraron a dentelladas, fueron a parar al puesto del conductor y casi provocan un accidente. Echando mano de las lecciones aprendidas en la universidad, Luis Fernando y Adriana entendieron que había llegado la hora de conseguir un bus, pero no cualquier bus.

Juan Alberto Gaviria, gerente de mercadeo de Finca, empresa dedicada a la producción de alimento para animales, les ofreció un viejo camión Chevrolet 1982 que a las pocas semanas los jóvenes habían convertido en Transmiperro.

El bus cuenta con dos puertas laterales para el arribo de los perros, así se previene que alguno intente agredir a otro solo porque desfila por el pasillo. Tiene dos cámaras de aire que evitan la insolación de los animales, bodega para las maletas, un espacio para acomodar al perro-pasajero que no sepa vivir en comunidad, y música con sonidos de aves, ríos y ballenas para conjurar el estrés durante hora y media de viaje, entre Bogota y Chía.

Una monitora de ruta -la misma Adriana- viaja con ellos para impedir que alguno saque la cabeza más de la cuenta o que los vendedores de semáforo les den comida. Como cualquier jardín infantil que se respete, la monitora debe ir preparada para los mareos del alumno , consentir al que llega triste o reprender al que quiere pasarse de la raya.

Hace tres semanas, cuando el bus irrumpió por el norte de Bogotá y sorprendió a transeúntes y dueños de mascotas, la monitora de ruta entendió los alcances de su nuevo papel. "Algunos dueños lloran cuando los perros se suben al bus -recuerda Adriana-, otros les echan la bendición o preguntan si el animal ya hizo amigos. Una pareja de recién casados me dijo que con el perro se estaban preparando para cuando vinieran los hijos de verdad".

El caso más extremo fue el de Sonia, una diseñadora gráfica que entregó a Paca - una labrador dorada de 4 años- y durante el recorrido llamó tres veces por celular para constatar que estaba bien. No contenta, pidió que se la pasaran al teléfono. "Es que me dio muy duro", dice.

Pasajeros de raza.

El recorrido es diario y comienza con Flora -otra labrador que vive en Metrópolis- y termina en la Colina Campestre con la recogida de Kenja -una golden-. Los singulares pasajeros de Transmiperro ya conocen el bus; ladran, se agitan y menean la cola cada vez que lo ven aproximarse o escuchan el bramido de su motor.

Se sube Simón , más conocido como el casanova , porque quiere saludar a todas las perras del viaje; luego aparece Matías , el gruñón de la manada: siempre vive ladrando. Por la puerta de atrás aparece Kaiser , que se acomoda en la silla y duerme hasta el final del recorrido; más adelante está Mambo , el miedoso, que se asusta cada vez que abren o cierran la puerta. Valentina y Kenja son las sociables del grupo, mientras que Níger y Panda tienen fama de indisciplinados porque a toda hora quieren cambiar de silla.

Cuando Transmiperro circula por la Autopista Norte, la 15 o la calle 72, todo el mundo tiene que ver con el bus. Matías , el bóxer, en medio del jadeo y las babas que le cuelgan de la enorme boca, mira desde la ventana los pasajeros que viajan al otro lado en una de las rutas de TransMilenio. A Níger , el más joven, un labrador chocolate de 3 meses, los vendedores ambulantes le ofrecen tarjetas prepago, el periódico o un trozo de coco. Los conductores detienen la marcha, los niños gritan cuando ven los perros y un anciano, confundido, intenta parar el bus.

Parte del atractivo también lo constituye un diálogo perruno que se inventaron Luis Fernando y Adriana a través de carteles que pegan en las ventanas. Eso permite, según ellos, entablar una conversación imaginaria entre perros y peatones. "Ahhh, perra vida", "ladro luego existo", "uyyy, qué perrumba" o "mi amo me mima", se lee en algunos de ellos.

Como su primo, el TransMilenio articulado, Transmiperro quiere convertirse en el nuevo símbolo para la comunidad perruna de Bogotá. Y va por buen camino. Seguramente muchos lo conocerán mejor cuando un grupo de especialistas termine de ajustar el último detalle que le falta a este automotor: el pito, que por petición de Luis Fernando y Adriana, deberá emitir el mismo sonido que produce un perro al ladrar.

erncor@eltiempo.com.co.

Activity Dog: Tel. 2903671

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