MEJORAR EL DEBATE PÚBLICO

MEJORAR EL DEBATE PÚBLICO

En la medida en que se acerca la hora cero- abril o mayo?- para comenzar las negociaciones con Estados Unidos sobre el tratado de libre comercio (TLC), se calienta el debate sobre su conveniencia para Colombia. Está bien que así sea. El país no puede dar semejante paso sin saber a ciencia cierta en qué se está metiendo, ni sin el suficiente respaldo político.

01 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

En la medida en que se acerca la hora cero- abril o mayo?- para comenzar las negociaciones con Estados Unidos sobre el tratado de libre comercio (TLC), se calienta el debate sobre su conveniencia para Colombia. Está bien que así sea. El país no puede dar semejante paso sin saber a ciencia cierta en qué se está metiendo, ni sin el suficiente respaldo político.

Pero el debate debe adelantarse con altura y objetividad. Es demasiado lo que está en juego. Infortunadamente, muchos han querido politizar la discusión y han pretendido satanizar el TLC sin ninguna base técnica y, en ocasiones, riñendo con la verdad o los hechos.

La mejor referencia tal vez la única que existe para medir las consecuencias de un tratado de libre comercio entre un país en desarrollo con Estados Unidos- es México. El llamado Nafta cumplió diez años y un análisis serio de sus resultados nos puede dar muchas luces. Por eso, el Consejo Gremial y la Fundación Buen Gobierno invitaron hace unos días al ex ministro Jaime Serra y al empresario Juan Gallardo, los dos mexicanos que no solo negociaron ese acuerdo, sino que más saben de su evolución y resultados.

Son muchísimas las lecciones que en sus diferentes intervenciones nos dejaron estos personajes. Vale la pena resaltar algunas.

Lo primero es que hasta ahora el balance ha sido muy positivo. De un pequeño déficit comercial, hoy México goza de un superávit superior a los 36 mil millones de dólares con Estados Unidos. La composición de las exportaciones se ha mejorado muchísimo (más valor agregado) y los niveles de inversión se cuadruplicaron. No es raro entonces que el efecto en el empleo y en el nivel salarial haya sido también muy positivo.

No todo ha sido color de rosa y el Nafta no resultó la panacea que vaticinaban los más optimistas. Aquí la lección es que no se deben crear demasiadas expectativas ni sobrevender los beneficios del tratado. Pero muchos de los problemas que se le atribuyen al Nafta no son producto del libre comercio sino de decisiones o políticas internas equivocadas. Este punto es crucial.

Colombia tiene que organizar sus cadenas productivas y hacer una agenda interna para cada cadena, es decir, establecer qué medidas complementarias deben tomarse para poder competir adecuadamente. En algunos casos no es mucho lo que habría o se puede hacer, pero en otros sí. Y lo más importante es hacerle seguimiento y cumplir con esa agenda interna, que debe ser negociada con el respectivo sector productivo.

Una y otra vez se insistió en la necesidad de una disciplina férrea en la negociación para que tanto el sector privado (grandes y pequeños) como el oficial hablen con una sola voz. Nada de que porque soy amigo del Presidente voy a brincarme el conducto regular para recomendarle esto a aquello, ni mucho menos tener ministros que muestren en público posiciones divergentes, como ha venido sucediendo con Comercio y Agricultura.

El caso agrícola en el Nafta es bien interesante. No hay tal que haya sido la hecatombe. México se convirtió en el mayor proveedor de una gran cantidad de productos intensivos en mano de obra. El problema del azúcar es de agenda interna, como bien lo explicó Juan Gallardo, que está en ese negocio. Y la producción de maíz, lo más sensible de todo, paradójicamente ha crecido en estos diez años porque la apertura no se ha dado del todo (todavía tiene aranceles del 92 por ciento).

En fin, este es un tema fundamental que va a dar para mucho. Lo importante es mejorar la calidad del debate público y trasladarlo de los lugares comunes y la filosofía pambeliana el TLC sí, pero si se negocia bien a lo concreto.

* * * *.

ME DA MUCHA PENA con mi amigo Juan Gossaín, pero los Santos (mis parientes) que dirigen EL TIEMPO no tienen la culpa del éxito y la popularidad de Julito Sánchez, ni son culpables de que los críticos hayan considerado su muy publicitada novela como un burdo intento de copiar el estilo de Gabo, ni de que laGurii se haya convertido en otra estrella de RCN. Ni siquiera son responsables de haberle quitado su columna en Lecturas Dominicales porque, si se respetaron las normas, fue decisión autónoma de Di Artagnan, su director. Tal vez sí son responsables de haber convertido a Yamid en entrevistador estrella del domingo. Me imagino que por bueno.

Aquí cabría recordar un consejo del mejor periodista de todos los Santos (mi abuelo, Calibán): no mezclar los sentimientos personales (odios, amores, celos, rencores...) con el ejercicio de la profesión. Confieso que no tengo mucha autoridad moral porque en más de una ocasión he caído en esa maldita tentación.

Y, finalmente, porque lo aprecio y lo admiro, le pediría a Juan Gossaín que no me meta en sus peleas. Prefiero ser su amigo. Nada tengo que ver con lo que se publica o no se publica en EL TIEMPO. Existe una muralla china que estoy obligado a respetar.

jmsantos@buengobierno.com

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