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TERAPIAS ANTIBÉLICAS

TERAPIAS ANTIBÉLICAS

La guerra es tolerada, y hasta bien recibida, porque las ocupaciones de tiempos de paz parecen aburridoras, humillantes y sin objeto. La aplicación del principio de autogobierno a la industria y a los negocios debería ir hasta librar a hombres y mujeres, en posiciones subordinadas, del sentimiento de humillación impotente que es inducido por la necesidad de obedecer las órdenes arbitrarias de superiores irresponsables; el hecho de fomar parte de un pequeño grupo cooperativo serviría para que parezca más interesante la actividad laboral de sus miembros. Un interés mayor puede lograrse reordenando convenientemente las tareas individuales. Fourier insistió, hace mucho, en lo deseable que es la variedad en el trabajo, y en años recientes, su sugerencia se ha aceptado experimentalmente, en varias fábricas de Alemania, América, Rusia y de muchas otras partes. El resultado ha sido una disminución del aburrimiento y, en muchos casos, un incremento en el volumen de la producción. Las tareas

Se dijo que la declinación de la tasa de suicidios en tiempos de guerra se debía, entre otras razones, a que el significado y la finalidad de la vida se enaltecen durante una emergencia nacional. Es entonces cuando se ve claramente el fin por el cual se lucha; los deberes resultan sencillos y explícitos; la vaguedad e incertidumbre de los ideales en tiempos de paz dan paso a la abrupta definición del ideal en tiempos de guerra, que es: victoria a cualquier costo; las desconcertantes complejidades de los patrones sociales de tiempos de paz se remplazan por el modelo, hermosamente sencillo, de una comunidad que se bate por su existencia. El peligro sublima el sentimiento de solidaridad social y acelera el entusiasmo patriótico. La vida adquiere sentido y significado y alcanza un elevado tono de intensidad emocional.

Vidas mecánicas La aparente falta de sentido de la vida moderna en tiempos de paz y su carencia de significado y propósito se deben al hecho de que, por lo menos en el mundo occidental, la cosmología prevaleciente es lo que Geral Heard llamó la mecanomórfica de la ciencia moderna. Se contempla al universo como a una gran máquina que laboriosamente se dirige hacia la parálisis y la muerte; los hombres son diminutos fragmentos de la máquina universal que se precipitan a su propia muerte; la física es la única vida real; la mente no es sino un producto del cuerpo; el éxito y el bienestar material son las últimas medidas del valor, las cosas por las cuales debe vivir una persona razonable.

Introducidas súbitamente en esta cosmología mecanomórfica, muchas de las razas polinesias se han negado a seguir multiplicándose y están en el proceso de morir de una especie de consunción sicológica. Los europeos son de una fibra más consistente que los isleños de los mares del sur y, además, han tenido cerca de 300 años para aclimatarse gradualmente a la nueva cosmología. Pero hasta ellos se han resentido con los efectos del mecanomorfismo. Se mueven por la vida huecos, sin sentido, y tratan de llenar el vacío interno con estímulos externos: lectura de periódicos, soñar despiertos con el cine, la música radial y la charla, así como con la práctica y, sobre todo, la observación de los deportes, o pasándola bien en la forma que sea.

Entre tanto, cualquier doctrina que prometa restaurar el sentido y el propósito de la vida es acogida con delirante entusiasmo. De ahí el enorme éxito de las idolatrías nacionalistas y comunistas que le niegan cualquier significado al universo como un todo, pero insisten en la importancia y el significado de ciertas partes de ese todo arbitrariamente escogidas: la nación deificada, la clase divina.

El nacionalismo se convirtió en religión en Alemania, por primera vez, durante las guerras napoleónicas. Cincuenta años después apareció el comunismo. Quienes no se convirtieron en devotos de las nuevas idolatrías, una de dos: siguieron siendo cristianos, aferrándose a doctrinas que intelectualmente se tornaban cada vez menos aceptables ante los avances de la ciencia, o aceptaron el mecanomorfismo y se convencieron de la absurdidad de la vida. La guerra mundial fue producto del nacionalismo y fue tolerada y hasta bien acogida por las grandes masas que descubrieron que la vida no tiene sentido. La guerra solo les trajo un pasajero alivio a las víctimas de la filosofía mecanomórfica. Las desilusiones, la fatiga y el cinismo sucedieron al entusiasmo inicial, y cuando este se acabó, la falta de sentido se convirtió en insondable abismo que pretendía colmarse con distracciones cada vez más intensas, o tratando de pasarla no bien sino mejor.

Amor y conocimiento Pero esto último no entraña significado ni propósito; el vacío nunca podría llenarse así. En consecuencia, cuando nacionalistas y comunistas hicieron su aparición con sus idolatrías simplistas y con su pregón de que, aunque la vida quizá no tenga significado como un todo, por lo menos poseía un significado parcial y temporal, se produjo una incontrastable reacción contra el cinismo de los años de posguerra. Cinismo que quería decir escepticismo. Millones de jóvenes abrazaron las nuevas religiones idólatras, hallaron un sentido a la vida, un propósito para su existencia, y se dispusieron, en consecuencia, a hacer sacrificios, a aceptar penalidades, a desplegar fortaleza, valor, temperancia, y ciertamente todas las virtudes excepto las esenciales y primarias, sin las cuales todas las demás no sirven sino como medio para hacer el mal en forma más efectiva. Amor y conocimiento: estas son las virtudes primarias y esenciales. Pero nacionalismo y comunismo son idolatrías parciales y excluyentes que inculcan odio, orgullo, dureza, y que imponen ese intolerante dogmatismo que encalambra la inteligencia y reduce el campo del interés y el conocimiento universales.

Las cabezas del absurdo tienen sus colas de nacionalismo y comunismo idólatras. Nuestro mundo oscila entre una neurastenia que acoge la guerra como un alivio contra el aburrimiento, y una locura, que es la realización de la misma guerra. El remedio para estas dos temibles enfermedades es el mismo: inculcar una cosmología más acorde con la realidad, que el mecanomorfismo, o que las grotescas filosofías que inspiran a las idolatrías nacionalista y comunista (...).

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