ASÍ VIVIÓ LUCHO GARZÓN LA TRAGEDIA DEL AGUSTINIANO

ASÍ VIVIÓ LUCHO GARZÓN LA TRAGEDIA DEL AGUSTINIANO

El alcalde Lucho Garzón estaba terminando el miércoles pasado un almuerzo con un grupo de líderes de Usaquén cuando su jefe de seguridad le susurró al oído la primera versión sobre el accidente del bus del Agustiniano Norte. Eran casi las 4 p.m. y solo se hablaba de un muerto.

01 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El alcalde Lucho Garzón estaba terminando el miércoles pasado un almuerzo con un grupo de líderes de Usaquén cuando su jefe de seguridad le susurró al oído la primera versión sobre el accidente del bus del Agustiniano Norte. Eran casi las 4 p.m. y solo se hablaba de un muerto.

A partir de ese momento, la agenda de la segunda salida de Garzón a las localidades cambió inesperadamente. Ese día había llegado muy temprano a Usaquén para atender las inquietudes de la comunidad, especialmente a los niños, con quienes tenía previstos varios encuentros.

En la mañana alcanzó a cumplirles a los estudiantes de una escuela pública del Distrito, donde los menores jugaron con Garzón, le regalaron bombombum , le agarraron la barriga y le acariciaron el cabello. También lo interrogaron sobre temas difíciles y le soltaron una de esas preguntas que suelen hacer los niños: " Y su mamá está muerta, Alcalde?". "Nooo..., afortunadamente no. Ella está viva y es mi polo a tierra", respondió enseguida.

Pasadas las 4 p.m., cuando iba camino al Centro Operativo Local de Servitá (COL), a espaldas del Hospital Simón Bolívar, a reunirse con otro grupo de menores del sector, recibió el segundo informe de su secretario de Salud, Román Vega, quien le transmitió lo que le dijeron por radioteléfono: "Alcalde, el accidente es grave y hay varios niños muertos".

Aunque estuvo cerca del salón donde lo estaban esperando los pequeños, no tuvo otro remedio que desviar la ruta para ir hasta la zona de la tragedia. Para no quedarse atrapado en el trancón, se montó en la moto de uno sus escoltas, que le dio el casco y el chaleco. Vega lo siguió en otra moto por la calle 170. Lo propio hacía, pero desde otro punto de la ciudad, el secretario de Tránsito, Carlos Eduardo Mendoza.

Ante el dolor ajeno.

Garzón, que se jacta de ser un hombre de temple y revestido de cuero duro , se desencajó ante la escena de horror que encontró en la montaña de Suba, donde la máquina recicladora aplastó a la ruta 12 del Agustiniano.

Instantáneamente, las imágenes de sus dos hijos, Eduardo Andrés y Ricardo, invadieron su mente y como un torbellino lo devolvieron a los años que habían pasado en ese colegio de religiosos, de donde son egresados. Allí estudiaron la primaria y el bachillerato.

Ese recorrido por el pasado no solo le revivió las innumerables veces en que fue a recogerlos y asistió a las reuniones de padres de familia, sino que le causó un mayor dolor y le agudizó la sensibilidad ante semejante tragedia.

En medio de la conmoción, Garzón se recompuso y fue llevado hasta la fábrica de vidrios Muran, ubicada frente al sitio del accidente, donde se montó un hospital improvisado para suministrar los primeros auxilios a las víctimas, atender a los padres y coordinar las acciones para superar la crisis.

Allí se encontró con el rector del colegio, padre Juan José Gómez, con quien había compartido muchas veces al lado de sus dos hijos, y varios directivos del establecimiento. En ese momento su fortaleza se derrumbó y lloró como nunca lo había hecho.

Esa misma escena la vieron a la medianoche de ese trágico miércoles los padres y familiares de los niños de la fatal ruta 12 en el salón del Archivo Distrital, donde tuvo que leer la lista definitiva de las víctimas. "Esta es la peor noticia que he tenido que dar en toda mi vida", dijo Lucho. Sus asesores más cercanos y funcionarios encargados de solucionar la crisis más grave de la ciudad en los últimos años, irrumpieron en llanto.

Al otro día -jueves- Eduardo Andrés y Ricardo, le dieron fuerzas suficientes a su padre para poner la cara y responsabilizar a los contratistas de la tragedia de su colegio. Al terminar la rueda de prensa, los tres se abrazaron fuertemente. En la tarde salieron a visitar en los diferentes hospitales a los niños heridos porque su compromiso era no abandonar en momentos tan difíciles a su inolvidable colegio.

Al otro día -jueves- Eduardo Andrés y Ricardo, le dieron las fuerzas suficientes a su padre para poner la cara y responsabilizar a los contratistas de la tragedia de su colegio. Pie de foto.

El miércoles en la mañana Garzón recibió galletas y colombinas de los niños del colegio Distrital General Santander.

Santander. Claudia Rubio / EL TIEMPO

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