LA TRAGEDIA DE SUBA

LA TRAGEDIA DE SUBA

Imposible encontrar palabras que puedan expresarles a las familias que perdieron sus hijos en el absurdo accidente del miércoles en la avenida Suba, el profundo dolor, la indignación, la solidaridad y el afecto que sentimos los colombianos, particularmente los padres de familia. Es imposible encontrar cómo ayudarles a mitigar su pena. Porque entre todas las penas que soportamos a lo largo de la existencia los seres humanos, la más dura, la que más duele, la que no admite explicación alguna, la que jamás se borra, es la pérdida de un hijo.

01 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Imposible encontrar palabras que puedan expresarles a las familias que perdieron sus hijos en el absurdo accidente del miércoles en la avenida Suba, el profundo dolor, la indignación, la solidaridad y el afecto que sentimos los colombianos, particularmente los padres de familia. Es imposible encontrar cómo ayudarles a mitigar su pena. Porque entre todas las penas que soportamos a lo largo de la existencia los seres humanos, la más dura, la que más duele, la que no admite explicación alguna, la que jamás se borra, es la pérdida de un hijo.

Ver el mosaico que fijaron los maestros en una pared del colegio, reproducido ayer en la primera página de EL TIEMPO, en el que aparecen las caritas de los 21 niños muertos, nos hizo llorar. Cuántas vidas perdidas. Cuántas ilusiones, cuántas esperanzas quedaron sepultadas aquella tarde desgraciada bajo una recicladora de asfalto monumental. El espectáculo de esa máquina estabilizadora -pesa 19 toneladas y circulaba a una hora inadecuada, por una peligrosa calzada de segundo piso- aplastando el bus del Colegio Agustiniano, cargado de niños que regresaban a sus hogares, era aterrador. Y fue desgarrador escuchar lo que dijo un testigo del accidente: No se oyó nada... . Los escolares no alcanzaron a darse cuenta. No tuvieron tiempo de llorar, ni de gritar. La muerte se les vino encima, sin sentirla. Sin esperarla...

Los fatalistas dirán que era el destino. Pero el destino, en este caso, se anticipó por una serie de irresponsabilidades que son el pan de cada día en nuestras calles y carreteras, sin que las autoridades se hayan ocupado seriamente de evitarlas o prevenirlas, y castigarlas. Pues esta tragedia, la peor de todas, no es la única. Pocas horas después de la tragedia de Suba, en una calle de Bogotá, un bus de servicio público estrelló un bus escolar y 15 niñas resultaron heridas. El jueves, a pocos kilómetros de Bucaramanga, otro bus con niños a bordo rodó al abismo. Una niña murió y 36 están heridos.

Esos accidentes obedecen, en primer lugar, a irresponsabilidades de los conductores, como también a que las empresas de transporte no responden por la idoneidad o habilidad de los conductores, ni por el estado de los vehículos. No hay controles, no hay restricciones. Y si acaso existen, no se practican. Para manejar solo se necesita un pase. Y pase tienen hasta los niños de 15 años. Tampoco las empresas de transporte, ni las secretarías de Tránsito respetan a los conductores. No les tienen consideraciones. Es increíble, pero en Bogotá sigue vigente la guerra del centavo , aberrante modalidad que obliga a los conductores a protagonizar una lucha abierta a ver quién recoge más pasajeros. Pues no tienen sueldo y sus ingresos dependen del número de pasajeros que transporten. Esa faena, extenuante para los conductores y peligrosísima para los pasajeros, es la causa principal de los trancones y de que el tránsito en la ciudad sea un verdadero desastre.

El dolor, sin posibilidad de calmantes ni de atenuantes, que padecen tantas familias, lo compartimos desde el fondo del alma. Y el clamor nacional, en memoria de los pequeños sacrificados, es castigo ejemplarizante a los irresponsables; que impongan y apliquen extremos controles y drásticas restricciones. Pues así como vamos, todos seguiremos expuestos a morir aplastados por algún vehículo. Quiera Dios que esta dramática experiencia sirva para evitar nuevas tragedias.

lunieto@cable.net.co

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