EN LA CANCILLERÍA

EN LA CANCILLERÍA

En los medios diplomáticos latinoamericanos suele decirse que Colombia tiene cancilleres pero no cancillería. Con esta frase se describe el hecho, evidente, de que nuestro país no dispone de un Ministerio de Relaciones Exteriores que en organización, preparación, coherencia, estabilidad y capacidad de sus funcionarios de carrera se parezca, siquiera, al de Torre-Tagle en Lima, a Itamarati en el Brasil o a la misma Cancillería venezolana, que muchas veces nos ha demostrado a los colombianos hasta qué punto hemos subestimado su competencia y su versación. Pero al mismo tiempo reconoce esa frase que nuestro país ha tenido excelentes Cancilleres, que han conseguido --a base de talento, de esfuerzo dialéctico y de imaginación-- compensar las deficiencias estructurales del ministerio a su cargo y adelantar, casi a título personal, una brillante política exterior. La ley por medio de la cual se reestructura la Cancillería, sancionada por el presidente Gaviria el pasado lunes, busca acabar

25 de enero 1991 , 12:00 a.m.

La intención es buena y la ley parece, en la mayor parte de sus disposiciones, bien concebida. Sin embargo hay medidas que llevan a pensar que quienes redactaron las normas, confundieron eficiencia con burocratización. En efecto, la creación de dos nuevos vice-ministerios es una innecesaria y costosa exageración, cuando todas las funciones que esos dos nuevos empleados van a desempeñar, podrían haberles sido encomendadas a las sub-secretarías, cuyo número, por cierto, también se amplió. Sobran entonces, a nuestro parecer, esos dos viceministerios. Tanto más supérfluos si se considera que acaba de ser constituido el Ministerio de Comercio Exterior, que va a encargarse de manejar todo lo relacionado con la política económica internacional del país, en lógica coordinación con la Cancillería desde luego, pero sin que ésta se le convierta en un organismo paralelo, como bien puede ocurrir con la creación del nuevo y pomposo vice-canciller para la Política Económica Internacional. El otro vice-ministro, el de Asuntos Políticos Internacionales, también está afectado por el síndrome del paralelismo. Porque esas funciones son, precisamente, las que le competen al Canciller. Además, la palabra Internacionales, que aparece en su denominación, definitivamente sobra. La Cancillería, lógicamente, no tiene por qué ocuparse de asuntos relacionados con la política interior. Y en cuanto al tercer vice-ministro, qué es lo que va a hacer? Es necesario un funcionario de tan alto rango y tan costoso para ocuparse de algo tan residual como algunas de las funciones plasmadas en el decreto 1050 de 1968 , como dice el boletín de prensa oficial? Creemos que no. Y por eso nos parece que en la creación de burocracia, y al mayor nivel, se le fue la mano a la ley.

Con consecuencias que tememos puedan ser onerosas para el tesoro nacional. Porque nada es tan contagioso como la capacidad de imitación y de reproducción de la burocracia, lo que lleva a pensar que no tardarán otros ministerios en exigir que también en esos despachos se creen dos, tres y hasta más vice-ministros.

Pero volviendo a la Cancillería, también es del todo plausible la intención, formulada en la ley, de que las posiciones diplomáticas sean ocupadas por personas idóneas, con experiencia y con preparación académica. Sin embargo, para eso no es necesario esperar a que la norma legal empiece a concretarse en los decretos reglamentarios que van a desarrollarla. Basta para ello que al hacer las designaciones para esos cargos, se le dé cumplimiento a esa filosofía y no se hagan los nombramientos con el muy criticado concepto de pagar servicios políticos. Como, a juicio de algunos, acaba de ocurrir.

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