UNA ESTUDIANTE DE LAVAR Y PLANCHAR

UNA ESTUDIANTE DE LAVAR Y PLANCHAR

En el cuarto de la cocina de un apartamento ubicado en un barrio de estrato 6 del norte de Bogotá vive Janeth Muñoz.

02 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

En el cuarto de la cocina de un apartamento ubicado en un barrio de estrato 6 del norte de Bogotá vive Janeth Muñoz.

La joven, de 22 años, se levanta todos los días a las 6:30 de la mañana. Se viste con su uniforme, una camisa de cuadritos azules y un pantalón blanco, y recoge debajo de la puerta el periódico, pero antes de llevárselo al cuarto de sus jefes lee la primera página.

Enterada de cómo va la guerra en Irak y el proyecto de reelección de Uribe, Janet se va a la cocina a preparar el desayuno y prende el radio que le regaló la esposa del doctor . No escucha vallenatos ni baladas románticas sino la FM de Claudia Gurisatti.

Esta empleada de servicio doméstico no tiene trencitas, ni los domingos sale a pasear al parque con un novio soldado y tampoco es confidente de los celadores del edificio. En cambio, lee las lecciones de Jesús Martín Barbero, las críticas de Noam Chomsky, los consejos de ética de Javier Darío Restrepo, y en vez de reírse con las telenovelas analiza sus discursos y hace, en sus ratos libres, entrevistas a personajes de la ciudad.

Sus últimos cuatro años se ha dedicado en el lujoso apartamento a cocinar, lavar baños y platos; planchar, aspirar la alfombra, brillar el mármol y la plata, y quitarles el polvo a las porcelanas. Todo por estudiar Comunicación Social en su pequeño cuarto de al lado de la cocina.

Con ese sueño salió de su pueblo natal, San Gil (Santander). La historia de Janet va en contravía del destino de la mayoría de las mujeres que trabajan en este oficio. Ella escogió ese trabajo después de graduarse de bachiller y esperar seis meses respuesta de tres sitios a donde envió hojas de vida. Unas amigas de la familia le ofrecieron trabajar en el apartamento de una familia distinguida en Bogotá y aceptó con tal de estudiar en la capital.

Sabía que su madre, Eduviges Pereira, que llega a los 63 años, no podía darle estudio. Desde que enviudó solo recibe la renta de una casa y la pequeña finca que tiene en las afueras, en la que pastan tres vacas, no produce nada.

Ella ya me había dado lo suficientedice Janeth, la menor de cuatro hermanos, que entendió que no tenía futuro en su pueblo, en donde solo dictaban un curso de locución. Bogotá era la ciudad de las oportunidades.

Recuerda con precisión que llegó en un carro particular la tarde del 27 de julio del 2000 al apartamento de La Carolina, con su maleta llena de ropa de calentana en la que traía refundido su diploma de bachiller, su acta de grado y el certificado del Icfes.

Desde ese día dejó de llamarse Janeth y se convirtió en cenicienta , la niña , la muchacha , la empleada , mijita .

Tenía tres problemas. Solo conocía a Bogotá por televisión, no sabía cocinar y tampoco hacer oficio. mamá era la que hacía las cosas de la casa, yo tenía vida de estudiante.

Al comienzo no sabía ni manejar la aspiradora, ni la lavadora.día metí una olla de aluminio al microondas y le comenzaron a salir chispas. Me tocó llamar a mi jefe. Otra vez la lavadora se dañó, pero eso no fue culpa mía.

Fue un cambio drástico. Ponerme el uniforme fue incómodo. Lo que más duro me dio fue que solo podía salir los domingos y no podía llegar después de las 7 de la noche. Eso lo hace sentir a uno mal. Los primeros seis meses me provocaba devolverme, pero pensaba que tenía que seguir. Siempre me mortificaba la idea de haber estudiado y estar trabajando de esto. Afortunadamente mi jefe no me mira por debajo de los hombros, pero a dos amigas de Santander que trabajan en lo mismo sí les ha tocado humillaciones .

Cuarto con estudio.

Apenas comenzó a dominar los secretos culinarios y a cumplir a cabalidad los oficios de la casa, se dedicó a buscar en el directorio telefónico las universidades que tenían Comunicación Social a distancia. Era su única forma de estudiar.

Llamando llegó a la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (Unad). En febrero del año siguiente se matriculó en su primer semestre con 400 mil pesos que le prestó la esposa del doctor y que le descontó por cuotas. En marzo ya estaba estudiando de forma semipresencial, es decir, tenía que ir dos veces por semana, pero a la esposa de su jefe no le pareció conveniente.

Me dijo que no podía darme esos permisos y me pegué la llorada del siglo porque yo tenía la idea de que podía ir a estudiar. Ya había hecho un grupito de amigos. Me tocó pasar una carta a la universidad para que me hicieran el traslado a distancia, que uno va cuando pueda .

Estudiar se convirtió en cuestión de disciplina. Trato de que a las 5 de la tarde haya terminado todos los oficios para ponerme a estudiar los libros que me entregan en la universidad. Yo no leo mientras cocino porque se me puede quemar algo .

Y como a las 7 de la noche les sirve la comida. Algo sencillo, un sándwich o una carne con ensalada .

Su cuarto en la cocina se convirtió en su estudio. Junto a un televisor de 14 pulgadas y la grabadora, tiene una arrume de libros, diccionarios y fotocopias de la universidad, y un computador que le prestó la señora de la casa y en el que escribe los trabajos por los que antes le tocaba pagar para que se los transcribieran.

Los días que tiene que ir a la universidad, por lo general una vez a la semana, para aclarar sus dudas y entregar trabajos, corre a preparar el desayuno, adelanta los oficios, sale en un bus a la sede de Chapinero, habla con sus profesores, se va al centro a buscar libros a la biblioteca Luis Angel Arango y trata de regresar temprano para hacer el almuerzo.veces me coge un poquitico el tardeY cuando no puede ir le toca mandar los trabajos por correo postal.

Trabajar en el apartamento tiene sus ventajas, pues a veces el doctor le explica temas de ética, la deja revisar sus libros de la biblioteca y puede entrar a internet en su computador personal.

Lavando platos y leyendo, Janeth ha llegado al séptimo de nueve semestres que tiene su carrera, con la mayoría de notas sobre 4, y ya está buscando las prácticas en una emisora los sábados, su día de permiso, que también usa para verse con su hermano policía y hacer un curso de sistemas en Suba.

Su vida de estudiante es casi secreta. Los porteros se dieron cuenta porque reciben los libros que le envía la universidad. Mi amigas de Bogotá me dicen que soy una berraca, el doctor les cuenta a los amigos cuando lo visitan y me felicitan. De mis siete amigas del colegio no hay ninguna estudiando y hay como tres que ya tienen sus hijos.

Piensa graduarse el próximo año, estudiar sicología, y trabajar en la radio. Se ve haciendo crónicas y reportajes de personajes anónimos, como ella. Creo que mi historia es una buena crónica, es de esa gente que lucha para lograr sus sueños. Como la mía hay muchas, lo que pasa es que están escondidas.

FOTO:.

JANETH tiene en su cuarto, contiguo a la cocina, un computador que le prestó la esposa de su jefe, en el que hace sus trabajos para la universidad.

Mauricio Moreno/EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.