LA MÁQUINA QUE CAYÓ DEL CIELO

LA MÁQUINA QUE CAYÓ DEL CIELO

Es probable que hubiera sido una simple coincidencia. Sin embargo, sí es my contradictorio que mientras el Gobierno y sus huestes en el Congreso se desgastan, invirtiendo todas sus energías en sacar adelante la reelección de Uribe, con el atrevido argumento de que al buscarla nos estamos convirtiendo en una democracia madura , al mismo tiempo, repito, 21 niños y un adulto, ocupantes de un bus escolar, encuentran fatalmente la muerte al ser aplastados por una máquina industrial que les cayó encima, como suelen caer las cosas en las democracias inmaduras, subdesarrolladas, las tercermundistas: del cielo, como si fuera un castigo divino; sin que nadie sepa por qué, ni cómo; sin que nadie se responsabilice, sin que se cumplan las normas, los controles.

03 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Es probable que hubiera sido una simple coincidencia. Sin embargo, sí es my contradictorio que mientras el Gobierno y sus huestes en el Congreso se desgastan, invirtiendo todas sus energías en sacar adelante la reelección de Uribe, con el atrevido argumento de que al buscarla nos estamos convirtiendo en una democracia madura , al mismo tiempo, repito, 21 niños y un adulto, ocupantes de un bus escolar, encuentran fatalmente la muerte al ser aplastados por una máquina industrial que les cayó encima, como suelen caer las cosas en las democracias inmaduras, subdesarrolladas, las tercermundistas: del cielo, como si fuera un castigo divino; sin que nadie sepa por qué, ni cómo; sin que nadie se responsabilice, sin que se cumplan las normas, los controles.

Dónde están los inspectores de trabajo? Por qué no funcionan a la hora de poner en cintura a los contratistas, que se han vuelto los dueños de nuestras calles, de nuestras vías, sin que tengamos mayor vocería los pocos ciudadanos que nos atrevemos a denunciar esas tropelías? Cuántos niños más faltan, cuántas familias destrozadas más faltan para que se nos escuche a los ciudadanos nuestras quejas, nuestras denuncias contra la manera arbitraria como los contratistas y los constructores realizan sus obras?.

La tragedia de Suba no es fortuita. Es producto del subdesarrollo en que vivimos y de la manera como el progreso nos arrolla. No sé cómo, por ejemplo, no ha habido una desgracia en la avenida 72, allí donde el IDU viene haciendo una obra de ampliación desde hace unos cinco meses, la cual se adelanta en medio de otra, de un inmenso edificio que suele tomarse lo que queda de la calle, sin que nadie haya podido hacer nada para impedirlo.

Lo cierto es que hoy existe por esa avenida una preocupante anarquía en el tráfico y una aglomeración de maquinaria pesada, que se utiliza sin mayor precaución.

Cuando toman la medida de cerrar las calles, lo hacen sin señalizar, obligándolo a uno a hacer peligrosas contravías que no sé cómo no han terminado en una tragedia.

A los pocos ciudadanos que nos atrevemos a denunciar esos atropellos nos toca resignarnos a no encontrar nunca la luz al final del túnel. Nos miran como si fuéramos marcianos cuando vamos a poner la queja en la Policía: Sí, ya fuimos y les dijimos a los contratistas, pero ellos no nos ponen atención , es la única respuesta que le dan a uno.

Si este país fuera una democracia madura, un accidente como el que sucedió el miércoles difícilmente hubiera sido posible. Ante todo, porque habrían funcionado los controles que aquí no operan. Y si por alguna anomalía estos no hubieran funcionado, el escándalo sería mayúsculo; habría hecho prender las alarmas y la clase política entera se habría dejado sentir, conminando a los responsables, para evitar que esta tragedia se volviera a repetir.

Pero no. Las huestes uribistas, impávidas, siguieron hablando de democracias maduras y de voluntad popular. En lo suyo. A los ciudadanos que pagamos impuestos no nos queda más remedio que someternos a la realidad de las restricciones que nos ofrece nuestra precaria democracia y vivirla a expensas de los poderosos. Sean estos políticos locales que se ferian sin mayor escrúpulo los recursos para la salud en sus regiones, o de los popochos contratistas que se niegan a someterse a las reglas, a los códigos y que cabalgan olímpicamente sobre la voluntad del ciudadano, ante la aquiescencia de un Estado débil y temeroso.

En el fondo, somos unos ciudadanos que no tenemos voz y que vivimos con el temor de que a nuestros hijos les caiga, como les cayó a esos niños, una recicladora del cielo, sin que nadie pueda evitarlo.

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