BOTERO: TESTIMONIOS DE BARBARIE

BOTERO: TESTIMONIOS DE BARBARIE

Colombia me duele horriblemente : Fernando Botero

02 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

"Colombia me duele horriblemente":.

Fernando Botero.

Contrario a lo que podría creerse, el propósito de plasmar un testimonio sobre la violencia en Colombia no es nuevo en la obra de Botero. La raíz de lo que hoy es una conmovedora posición frente a la tragedia nacional, se encuentra en experiencias juveniles que, en plena época de formación autodidacta, lo llevaron a plantear una estética del duelo, como en el caso de Mujer llorando (1949) y Frente al mar (1952).

Desde entonces, y hasta finales de la década de 1980, Botero ocasionalmente abordó temas relacionados con la violencia en Colombia, como se aprecia en La guerra (1973), una ambiciosa versión tragicómica de los conflictos que se desataron a partir de 1948. En esta y otras pinturas, presenta una interpretación artística libre, con la cual no pretende cambiar la realidad o ilustrar un acontecimiento, sino captar aspectos constitutivos de la historia del país, para que sirvan como un recordatorio o memento mori.

La donación al Museo Nacional que hoy celebramos, se constituye en una galería de los desastres de la guerra causados por el sueño de la razón, como podría caracterizarse parafraseando a Goya. Está integrada por víctimas y victimarios, pintados y dibujados con la típica distancia formal boteriana, pero dotada de un inocultable sentimiento de piedad por los dolientes y sus tribulaciones. Entre las piezas más notables por su contenido y atributos plásticos, conviene destacar óleos como El desfile (2000), en el que un entierro colectivo se convierte en un verdadero río de ataúdes encabezado por un obispo; Viva la muerte (2001), que presenta una inquietante y desoladora alegoría del triunfo de la muerte; Masacre de Ciénaga Grande (2001), en el que una sencilla canoa se convierte en la barca de la muerte cargada de inocentes pescadores; y Masacre en la catedral (2002), que alude a la matanza de Bojayá, está presidida por un simbólico ángel exterminador que blande su fatídica espada.

La paleta, de colores vibrantes en unos casos, apagada y sombría en otros, resulta fundamental para conseguir la atmósfera final que envuelve las pinturas y contribuye a crear una relación dinámica del espectador con las formas. Los colores vivaces no resultan alegres, ya que ante la gravedad de los hechos, cumplen mas bien la función de acentuar su carácter irreal. Estas imágenes no invitan a la rebeldía o a la movilización social; carecen de una filiación ideológica, de un proyecto político, de una enseñanza moralizante y no ofrecen una voz de esperanza. Por eso mismo no son arte comprometido en el sentido convencional del término.

El compromiso sigue siendo con el arte mismo, vale decir, con las necesidades expresivas del creador y con sus propias leyes. Se trata entonces de una mirada compasiva, exacerbada y solidaria, dotada del más alto sentido ético y estético, que ofrece un testimonio personal ineludible hasta para el más indiferente, con el fin de que no se olvide tantas vidas que ha segado la barbarie. Adaptado para L.D. El texto íntegro está en `Museo Nacional de Colombia. Donaciones al Museo Nacional (Villegas Editores).

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