RENACER A LA ORILLA DEL MAR

RENACER A LA ORILLA DEL MAR

En su brazo derecho Daniel* luce una svástica tatuada con tinta de lapicero azul y una aguja. Debajo lleva un pequeño corazón mal tatuado de la misma forma. A sus 11 años de edad, no sabe explicar qué lo llevó a dejarse hacer los dibujos, recuerdo de su vida en las drogas y en la calle.

02 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

En su brazo derecho Daniel* luce una svástica tatuada con tinta de lapicero azul y una aguja. Debajo lleva un pequeño corazón mal tatuado de la misma forma. A sus 11 años de edad, no sabe explicar qué lo llevó a dejarse hacer los dibujos, recuerdo de su vida en las drogas y en la calle.

Del símbolo que utilizaron los nacionalsocialistas alemanes a comienzos del siglo pasado no sabe nada, sólo que "es algo malo que le podía hacer dar miedo a otros niños de la calle cuando vivía en Medellín".

Caminando por la playa en calzoncillos, Daniel recuerda vagamente a su madre y sus hermanos. Las imágenes de su vida en las calles son una pesadilla borrosa que cada día se diluye más y más en el paisaje de su hogar actual, compartido con otros 212 niños de la calle.

En Acandí (Chocó), en cuyas playas está este hogar del padre Javier de Nicoló, los conocen como Los Chilingos , pero pocos tienen certeza sobre la procedencia del apelativo. Lo cierto es que estos niños entre los 7 y los 14 años de edad, todos con problemas de drogadicción y pandillerismo, encontraron allí una nueva oportunidad para sus vidas.

Daniel lleva un año aquí y aunque aún sueña con una visita de su madre o con la posibilidad de su abrazo, la mayor parte del tiempo lo pasa entretenido en sus estudios de primaria y los oficios propios del lugar. Además algunos fines de semana los pasa en la playa pescando o cogiendo camarones que luego una de las profesoras fríe en una paila en la playa.

"Aquí llegan como un diamante en bruto", cuenta la hermana Julia Covarrubias, encargada del lugar. "Algunos corren como locos por la playa o buscan internarse en el monte, desesperados por la falta de droga. Inicialmente los dejamos y los mantenemos al margen de las actividades, pero luego los vamos entrando en el juego de normas y responsabilidades, de tal manera que nada se les impone".

De este lugar, ubicado a unos 15 minutos a pie desde Acandí, cruzando el río Tolo, los niños salen completamente desintoxicados. Pero su estadía no es fácil.

Daniel siente fuertes deseos de llorar cuando a algunos de los muchachos les llegan cartas de sus familias. Algunos más se enojan y buscan aislarse en la parte trasera de la edificación, donde se encuentran la huerta y las zonas de pastoreo de algunas vacas, de donde obtienen la leche para los niños.

En esas ocasiones aumentan los roces que las 14 profesoras tratan de resolver con autoridad y amor. "Son niños fruto del desplazamiento del campo a la ciudad en cuyas familias el papá se fue, la mamá se volvió a casar, el padrastro los maltrata, no tiene trabajo, se están muriendo de hambre y se marchan de la casa, es una realidad que no podemos negar", dice la hermana.

"Por eso cuando uno los ve peleando los sienta y los pone a esperar hasta que se calman, luego se discute el problema y se resuelve. Estos niños han sido tan maltratados, que ya no responden al castigo físico, pero si sienten que uno los quiere, obedecen", prosigue.

A Daniel todavía le quedan tres años para estar en Acandí. Luego pasará a otra etapa del proceso en la que generalmente los muchachos tratan de encontrar a sus familias pero muchos de ellos no lo logran. Por eso el programa los acompaña hasta los 18 años, cuando ellos mismos van logrando su propia independencia.

"Algún día me voy a encontrar con mi mamá y me voy a ir con ella", dice Daniel mientras mastica un pequeño cangrejo recién sacado de la paila.

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