FIDES ET RADIO

Con gran solemnidad y exaltación espiritual se conmemora este fin de semana el 40 aniversario de la Diócesis de Villavicencio, que cuenta en su historia cuatro obispos.

03 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Con gran solemnidad y exaltación espiritual se conmemora este fin de semana el 40 aniversario de la Diócesis de Villavicencio, que cuenta en su historia cuatro obispos.

El primero fue Monseñor Bruls, quien sembró en esta comarca tantas semillas de moral y de cultura como la imprenta. Años antes de ser obispo, el prelado José M. Bruls nos daba tironcitos de orejas para corregirnos y que hoy recordamos como caricias.

El segundo ha sido Monseñor Garavito, un santo de carne y hueso, un ser inspirado en su labor evangelizadora. Su palabra sigue sonando en la conciencia de sus feligreses, su vitalidad es vibrante, su obra es iluminante.

El tercero fue Monseñor Cabezas, figura descollante y de ritmo sostenido, su obispado fue como el renacer de una nueva cosecha, su huella inolvidable nos torna nostálgicos, siempre tuvo soluciones para el feligrés agobiado.

El cuarto es Monseñor Octavio Ruiz, su discurso evangelizador suena bien, tiene sentido solidario, prudente y activo.

Esta conmemoración es, pues, una fiesta evangélica de alta alcurnia en la jerarquía de la Iglesia católica, tendiente a fortalecer con la fe la existencia de los mortales, siempre sedientos de agua viva.

La fe es el alimento fundamental del ser humano, tener fe es no dudar de aquello en que se cree. Pero a partir del siglo XVI el hombre solo creyó en la ciencia e hizo a un lado a Dios, lo ideal y espiritual perdió vitalidad y se le dio prevalencia a la razón pragmática que no encuentra a Dios en el universo.

En definitiva, la ciencia no pudo contestar las preguntas sobre lo fundamental: Quién soy? De dónde vengo y para dónde voy? Por qué existe el mal? Qué hay después de esta vida?.

Kant advierte que no se puede prescindir ni del idealismo ni del pragmatismo, pero que frente a lo absoluto hay dos respuestas, ambas valederas en el sentido, por ejemplo, de que no se puede probar razonablemente que Dios existe o que Dios no existe.

Ahí juega su papel la fe viva. Creemos con fe viva cuando esa creencia nos basta para vivir, como lo explica Juan Pablo II en su carta apostólica Fides et ratio, de septiembre de 1998, texto que me regaló el padre Ricardo cuando era párroco de la Catedral, para ayudarme a resolver la batalla que en mi mente libraban la fe y la razón.

* Abogado y politólogo.

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