UN RINCÓN DEL CESAR EN IBAGUÉ

UN RINCÓN DEL CESAR EN IBAGUÉ

Llegar a la hacienda La Miel, en el área rural de Ibagué, es como arribar a un pueblo costeño: casas coloridas con techos de zincque se derriten bajo 30 grados, olor a sancocho de pescado con ñame, niños morochos descalzos correteando perros, y los aires de un Hy hombe que se oye a lo lejos saliendo de algún radio a todo volumen.

04 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Llegar a la hacienda La Miel, en el área rural de Ibagué, es como arribar a un pueblo costeño: casas coloridas con techos de zincque se derriten bajo 30 grados, olor a sancocho de pescado con ñame, niños morochos descalzos correteando perros, y los aires de un Hy hombe que se oye a lo lejos saliendo de algún radio a todo volumen.

Allí conviven desde hace 7 os y 5 meses 75 familias provenientes de Pailitas, Pelaya, Tamalameque y La Gloria, en el sur del Cesar, y unas pocas de Riohacha (La Guajira). Llegaron huyendo de la violencia y se instalaron como invasores en este terreno, sin aparente dueño.

En estos casi 8 años, los desplazados del Cesar y La Guajira han sepultado a cuatro familiares (muertos de muerte natural), han visto ennoviarse a más de un muchacho y arrejuntarse a varias parejas. También han llorado y reído en esta tierra tolimense. Doscientos cincuenta niños han nacido, probablemente los únicos ibaguereños que hablan costeño.

Por tener muertos enterrados e hijos paridos allí, nadie en este grupo de costeños duda que esta tierra es suya. El viernes pasado, luego de muchas peleas con el municipio y de más de una noche de vigilia custodiando la entrada al predio por la amenaza de un lanzamiento, estas 578 personas lograron que el Estado les legalizara ese derecho y se volvieron propietarios de La Miel.

El Decreto 1240, firmado por el propio presidente Uribe, les otorgó 555 hectáreas con una sola condición: deberán ceder un pedazo de su nueva tierra para la construcción del relleno sanitario de Ibagué.

Todos aceptaron sin mayor problema. Fue cuestión de organizarse y discutirlo. Y en asuntos de organización, estos ex desplazados costeños son unos verdaderos expertos.

La Miel funciona como un pequeño pueblo. Tienen tiendas, billar, salón comunal, parque principal, peluquero y hasta un cura que cada domingo da la misa en el caney.

También tienen un colegio, el Nueva Esperanza, que instalaron en la casa mayor de la finca, con docentes oficiales de Ibagué, donde 145 niños reciben primaria y otros 30 jóvenes cursan de sexto a noveno grado.

Con Leonor Prieto, quien fue la promotora de salud en sus tiempos en Pelaya, están conformando el grupo de sanidad. Es ella la que se encarga de los primeros auxilios cuando son necesarios y de coordinar charlas de educación sexual.

En La Miel no hay cantinas, desde que Rogelio Pérez, el presidente de la junta comunal (JAC), las prohibió porque las peleas venían en aumento. Este hombre de gafas gruesas y bigote canoso, lleva cinco años como presidente de la JAC y es la autoridad en el asentamiento. Gracias a él, dicen sus paisanos, nunca han necesitado de la Policía.

Por ejemplo, la cerveza y otros licores quedaron prohibidos en las tiendas. Quien quiera tomarse unos tragos tiene que comprarlos afuera y hacer la parranda en su casa. A los borrachos, no los motilan (peluquean) como dice un viejo vallenato. Si hacen bulla, los amarramos a los postes hasta que se les pase la borrachera , asegura Rogelio, entre risas.

La junta también ha sido la gestora de muchos adelantos. Luego de tres años de estar asentados en la hacienda, lograron que la Empresa de Energía del Tolima, Electrolima (hoy Enertolima), le llevara el cableado para surtir de luz al sector que antes llegaba con conexiones ilegales a los cables de alta tensión. El teléfono llegó hace casi tres años, también por gestión de los líderes comunales.

El agua, que ha sido su mayor problema, llegará en menos de un mes a sus casas. El Ibal, empresa de acueducto de Ibagué, ya tendió la tubería y se comprometió públicamente a que en máximo 15 días el agua saldrá por las plumas , como les dicen los costeños a los grifos.

Ahora lo único que les falta es poder olvidar; olvidar y perdonar el miedo y la rabia con que salió la mayoría de sus tierras, casi todas ubicadas en la famosa hacienda Bellacruz, en el Cesar, entonces propiedad del ex embajador y ex ministro Carlos Arturo Marulanda.

De allí fueron expulsados en 1996 por hombres armados que asesinaron a 37 labriegos y les incendiaron sus casas y cosechas. Luego de errar seis meses por el país llegaron a Ibagué y vivieron medio año en carpas en La Miel.

Pero esos son tiempos pasados, que ya casi nadie quiere recordar.

FOTO/Javier Amaya EL TIEMPO.

Las parrandas vallenatas son frecuentes en la finca La Miel, donde 250 niños han nacido en estos ocho años, y son los únicos tolimenses que hablan perfecto costeño.

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