INFORTUNIO PERSISTENTE DEL FACTOR TRABAJO

INFORTUNIO PERSISTENTE DEL FACTOR TRABAJO

Esta vez la celebración de la Fiesta del Trabajo resultó mustia, casi imperceptible. No había mucho para celebrar. El aumento del nivel nacional del desempleo en 181 mil personas y del subempleo en 482 mil el mes de marzo, con relación al del año anterior, significa que continúan sus precarias circunstancias.

04 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Esta vez la celebración de la Fiesta del Trabajo resultó mustia, casi imperceptible. No había mucho para celebrar. El aumento del nivel nacional del desempleo en 181 mil personas y del subempleo en 482 mil el mes de marzo, con relación al del año anterior, significa que continúan sus precarias circunstancias.

A pesar del repunte económico, no se quiebra la tendencia depresiva del factor trabajo, disparada primero con la tristemente famosa apertura hacia adentro y reforzada luego con la desastrosa terapéutica recesiva de cuyas implicaciones no ha logrado el país reponerse.

El crecimiento del Producto Interno Bruto ha alcanzado el 4,2 por ciento, dato estadístico corroborado por los signos ostensibles de la actividad constructora y productiva, pero todavía insuficiente para acarrear el aumento del empleo. Entre otras cosas, porque cesó de ser objetivo primordial de las políticas que lo confían a las veleidades del mercado y al principio de la selección natural de las especies. Subproducto desganado del crecimiento económico devino y, en esta forma, no logra sobreponerse a las corrientes soterradas que bregan por disuadirlo.

Simultáneamente, también la pobreza aumenta. En su línea hay 29 millones de compatriotas, y en la de indigencia entre 9 y 12 millones, sin medios para adquirir la canasta básica de alimentos. A esta categoría pertenece la vasta y paupérrima legión de desplazados. El menosprecio olímpico del trabajo estaba destinado a manifestarse en las condiciones de vida e innegablemente a incidir en la paz social.

En lugar de proveer masivamente empleo, como parecía aconsejable, se ha optado por mitigar su ausencia con el socorrido expediente de las políticas sociales que no consultan ni corrigen el fondo del problema. A obrar tan sólo como paliativos se limitan, cuando no a distraer la atención del drama humano de los desocupados y hambrientos.

En el trasfondo conceptual se echa de ver el temor de que la masa de los marginados vuelva a consumir. A semejante situación se les condenó en aras de una mal entendida estabilidad económica y, por lo que se observa, los círculos tecnocráticos se resisten a que vuelvan a hacerlo siquiera en cantidades mínimas.

Paradójicamente, la lentitud del ritmo de crecimiento económico se atribuye a debilidad de la demanda agregada, sin que haya el ánimo de sacar las consecuencias lógicas de esta premisa. La promoción del empleo contribuiría a impulsar el crecimiento económico, pero otros oráculos prevalecen en las esferas directivas. A su presunto juicio, la desocupación de brazos y cerebros es precio obligado de la estabilidad monetaria.

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Las utilidades de las empresas registraron protuberante incremento en el curso del primer trimestre. Tanto las vinculadas directamente con la construcción como las proveedores de energía eléctrica y aun las de bienes de consumo. Cien de las referidas obtuvieron ingresos operacionales 24 por ciento superiores a los del mismo período del año precedentes. Incluso el comercio al por menor, con los supermercados a la cabeza, experimentó notoria mejoría.

Sin embargo, tantos indicios estimulantes como los que se observan en la órbita empresarial, no se traducen en generación correlativa de empleo ni implican la corrección armónica de la mengua estructural y coyuntural de la demanda. Será porque falta un gran empujón del Estado?.

En Brasil se está diciendo que el fin primordial de la política económica es crear empleo. Lo mismo se pensó en Estados Unidos cuando daba trazas de no recuperarse. Aquí, en Colombia, vamos subordinando su suerte a que el crecimiento económico sobrepase la barrera del cinco por ciento.

Mucho tememos que, incluso en esa eventualidad, no haya la multiplicación requerida del trabajo. Porque no se le puede considerar resultado aleatorio y secundario, sino principal y sostenible, determinante por lo demás del ingreso de quienes no poseen activo distinto de su fuerza laboral. La conclusión obvia es la de que, contra viento y marea, urge revivir el proscrito ideal del pleno empleo.

Magia de los puestos.

Hacia 1957, durante el gobierno de la Junta Militar, el todavía joven Misael Pastrana observaba cómo, a su juicio, la diferencia entre liberales y conservadores radicaba en que los primeros decían interesarse sólo por las ideas, mientras los segundos confesaban que también les importaban y de qué manera los puestos públicos. Los más recientes episodios sacan valedero su risueño e irónico diagnóstico.

Sin embozos, aunque con adornos programáticos, la directiva conservadora procura hacerse a una ambiciosa cuota de poder y de puestos en el Estado. Estrategia y requisito indispensable para el voto de su bancada parlamentaria en la vidriosa controversia de turno. Que, por lo demás, trata de afinar el senador Carlos Holguín, reencarnando a su homónimo antecesor, el artífice sutil de la alianza de la Regeneración.

abdesp@cable.net.co

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