LA DOBLE MORAL SE GLOBALIZA

LA DOBLE MORAL SE GLOBALIZA

Más allá, incluso, de su aterradora naturaleza, las torturas cometidas por las fuerzas de ocupación de Irak contra prisioneros del antiguo régimen dicen mucho sobre la hipocresía con que se trata el tema de los derechos humanos. Ni las declaraciones del presidente Bush contra los malos tratos, por más vehementes que sean, ni la campaña propagandística que lanzó ayer en el mundo árabe van a ser suficientes para contrarrestar la imagen de doble moral.

06 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Más allá, incluso, de su aterradora naturaleza, las torturas cometidas por las fuerzas de ocupación de Irak contra prisioneros del antiguo régimen dicen mucho sobre la hipocresía con que se trata el tema de los derechos humanos. Ni las declaraciones del presidente Bush contra los malos tratos, por más vehementes que sean, ni la campaña propagandística que lanzó ayer en el mundo árabe van a ser suficientes para contrarrestar la imagen de doble moral.

Porque no hay que olvidar la importancia que les da Estados Unidos a los derechos humanos en su política exterior. El Departamento de Estado publica cada año, en el mes de abril, un informe sobre la situación de los demás países, que es uno de los principales parámetros para diseñar las relaciones con ellos. Su Congreso obliga, en varios casos, a que la Casa Blanca certifique el comportamiento de otros Estados. Y hay programas de cooperación -el Plan Colombia, sin ir muy lejos- que consagran exigentes condiciones en esta materia. En otras palabras, esa potencia que ocupa y gobierna el Irak donde los vejámenes contra los prisioneros son escándalo mundial actúa como juez de los demás.

Irak no es el único escenario donde se han debilitado las credenciales de Estados Unidos como garante y promotor de los derechos esenciales. En su base de Guantánamo (Cuba) hay detenidos, capturados en la guerra global contra el terrorismo, en condiciones que el Departamento de Estado criticaría si tuvieran lugar en otros países. Por el hacinamiento y malas condiciones, para no hablar de la falta de definición de la situación jurídica de los reclusos, o de la debilidad de los casos contra muchos de los acusados.

En esto de los derechos humanos, definitivamente hay demasiada política. Mientras las imágenes de iraquíes conectados a cables electrificados en pleno interrogatorio, o de un soldado inglés orinando encima de un detenido, causan conmoción, el Departamento de Estado cobra como gran victoria una nueva condena a Cuba por parte de la Comisión de la ONU, en su reunión anual en Ginebra (Suiza). Como si el embargo torpe e inútil que Washington mantiene contra la isla desde hace cuarenta años no fuera corresponsable de la subsistencia del régimen castrista.

Desde luego, Cuba no se queda atrás. Utiliza maquiavélicamente su sofisticada maquinaria diplomática, una atención inusitada a la Comisión de Ginebra y la disculpa del embargo entregada en bandeja de plata por el Imperio, para eludir el establecimiento de libertades. Para perpetrar la carencia de garantías para la oposición y la ausencia de pluralismo informativo. No por coincidencia, el premio Guillermo Cano a la libertad de prensa acaba de ser otorgado al periodista disidente Raúl Rivero, condenado a 20 años de cárcel por atentar contra el Estado . Quienes lo conocen aseguran que este poeta es incapaz de matar una mosca. Su caso, aberrante, es el de un típico delito de opinión: perdió la libertad por tener ideas contrarias a las del régimen.

La politización de los derechos humanos ha hecho metástasis en Colombia y tiene su más reciente expresión en las columnas del ex ministro Fernando Londoño Hoyos. En una de ellas descalifica, como culpable de una guerra sucia , a la Oficina de Derechos Humanos de la ONU. Fustiga, atribuyéndole afirmaciones que no hace o que están citadas fuera de contexto, su informe anual que, en forma equilibrada, recoge avances y problemas que forman parte de nuestra compleja realidad. Y que redacta por encargo, y con acuerdo, del Gobierno: un mandato que el presidente Uribe, cuando Londoño era parte de su gabinete, extendió por cuatro años.

Ni el trabajo serio de esta oficina, ni la respetable trayectoria de Michael Fruhling -quien la dirige-, ni la organización que representa -el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos- se pueden menospreciar tan alegremente. Lo más llamativo es que el presidente de la Comisión de Ginebra hizo una declaración sobre Colombia que, según las prácticas de ese organismo, es fruto de la negociación con los delegados oficiales. A diferencia de años anteriores, esta vez el texto recogió el espíritu del documento elaborado por el despacho de Fruhling. Al enfrentarlo, y desacreditarlo, Londoño ataca, en consecuencia, puntos aceptados por la misma administración de la que hizo parte.

Demasiada política, en fin, en vez de una estrategia seria para aliviar la grave situación. Politiquería y prácticas mañosas, diría uno.

rodpar@eltiempo.com.co

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