PERSONAS PERDIDAS Y ENCONTRADAS

PERSONAS PERDIDAS Y ENCONTRADAS

La paradoja que se nos plantea es evidente: una historia sobre aislamiento y soledad, en medio de una de las metrópolis más desarrolladas del mundo, repleta de personas, opciones y oportunidades. Y, sin embargo, para los personajes protagónicos de Perdidos en Tokio (Lost in translation, 2003), esa ciudad enorme representa un polvoriento desierto, un sitio desconocido y por completo ajeno, a donde han ido a parar por azar, y del que quieren salir lo más rápido posible. Para lograrlo se buscan, necesitados de una cara amiga para hacer frente a una situación vital y anímica en la que se sienten ahogados.

07 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

La paradoja que se nos plantea es evidente: una historia sobre aislamiento y soledad, en medio de una de las metrópolis más desarrolladas del mundo, repleta de personas, opciones y oportunidades. Y, sin embargo, para los personajes protagónicos de Perdidos en Tokio (Lost in translation, 2003), esa ciudad enorme representa un polvoriento desierto, un sitio desconocido y por completo ajeno, a donde han ido a parar por azar, y del que quieren salir lo más rápido posible. Para lograrlo se buscan, necesitados de una cara amiga para hacer frente a una situación vital y anímica en la que se sienten ahogados.

Se llaman Bob y Charlotte, y los separan muchos años, cientos de experiencias y diversas maneras de ver el mundo. Al parecer no tienen nada en común, pero entre ellos se va formando un lazo entretejido alrededor de la soledad que comparten, la angustia existencial que experimentan y el vacío que sienten al estar en una tierra extraña, que habla otro idioma, siente distinto y parece no verlos en medio de la multitud.

Ese lazo va a unirlos hasta un punto en el que logran olvidar todo el cemento, el neón y la tecnología que los rodea, para regocijarse con ellos mismos, con la vida compartida en ese momento irrepetible.

Son una pareja imposible -eso lo presentimos desde el principio- pero su nexo espiritual va a perdurar por encima de cualquier encuentro físico que fuera o no a producirse. La película se centra en ellos y en sus circunstancias, convirtiéndose en un retrato íntimo de dos seres que estaban perdidos y lograron encontrarse el uno al otro. La enorme y ostentosa ciudad es sólo el lienzo borroso en el que su historia va a construirse ante nuestros ojos, cansados ya del tráfago altisonante de una urbe de concreto que nosotros tampoco entendemos. Por eso las imágenes del filme transcurren lentamente, oponiéndose a la velocidad de la ciudad ajena.

En la tradición de esas bellas gestas de amor que nunca fueron, como las relatadas en Breve encuentro (1945), Los puentes de Madison (1995) y Deseando amar (2000), esta película sutil y reflexiva nos deja con la sensación de que su final abierto es una situación apenas lógica, y que otro desenlace más complaciente con el público hubiera arruinado la delicada armazón dramática que su directora había estado construyendo -con la paciencia de un artesano oriental- durante todo el metraje. Razón tenía el crítico José Urbano al afirmar hace poco que "por las venas de Sofia Coppola corre sangre de delfín".

Sólo por su herencia genética, más no por su incipiente experiencia, se explica la perfecta reunión de elementos que logró en esta película, el control absoluto de todos ellos, y el humanismo que supo imprimir a sus personajes, magníficamente interpretados por una actriz tan joven como es Scarlett Johansson y un veterano de todas las guerras como lo es Bill Murray, deambulando más allá del sonambulismo y la desesperanza en este filme excepcional que tanto anhelábamos ver.

La espera ha concluido, Perdidos en Tokio está entre nosotros y, como pasa siempre con el buen cine, nunca se irá del todo.

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