EL DRAMA DE LAS VÍCTIMAS ANÓNIMAS DEL SECUESTRO GREGORIO, UN AÑO DE AUSENCIA

EL DRAMA DE LAS VÍCTIMAS ANÓNIMAS DEL SECUESTRO GREGORIO, UN AÑO DE AUSENCIA

Doña Aracely Anzola viuda de Ayala mira, inquieta, a través de los ventanales de su modesto apartamento del barrio El Recuerdo, el aguacero que se desgaja sobre los edificios grises del centro de Bogotá. Su vista se posa en los nubarrones que cubren el Santuario de Monserrate, y dice: esta espera nos va a matar a todos . Entonces recuerda que en sus 75 años de vida ha tenido el tiempo necesario para soportar muchos sufrimientos, pero que ninguno es tan doloroso como el secuestro.

22 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Yo he sepultado a mi esposo, que murió hace 25 años; y a dos hijas, una de ellas asesinada durante la violencia de la década de los 50. Fue triste, pero uno recoge los restos y ya. En cambio, cuando a uno le secuestran a un familiar el corazón sólo vive para marchitarse .

Ella es la madre de Gregorio Ayala Anzola, 54 años, secuestrado el 7 de octubre de 1989 y quien es uno de esos colombianos anónimos del que apenas se sabe que fue llevado a la fuerza por desconocidos. Nada se sabe de su suerte. Como si se hubiera esfumado por el camino de la niebla.

Ayala integra la lista de mil personas que han sido secuestradas durante los últimos doce meses. La cifra es apenas aproximada porque muchas familias prefieren callar su desgracia y negociar en silencio. Un industrial de Medellín confiesa, por ejemplo, que en su círculo social ellos tienen un monto de dinero presupuestado en caso de secuestro.

Si a uno se lo van a cargar es mejor que la familia pague rápido, y no someterla a una espera dolorosa , dice.

Pero hay también un alto porcentaje de familias como la de Ayala que no tienen dinero y menos una posición política o social importante para hacer público su calvario. Son los seres anónimos de un delito que en promedio --según el Centro de Investigaciones Criminológicas de la Policía-- cobra tres víctimas cada día.

Sin embargo, el hecho de ser ciudadanos corrientes impresiona aún más, porque sus captores demuestran que cualquiera puede estar en la mira de sus objetivos.

Ayala, por ejemplo, es un hombre que aprendió a amar los animales desde cuando nació en Tudela, un pueblo de 50 casas y una iglesia pobre, enclavado en el noroccidente de Cundinamarca. Allí, en la finca de cinco fanegadas, cuidaba la vaca de sus padres.

Después, cuando la violencia de los años 50 los espantó para Bogotá, le gustaba irse por los potreros a ver los animales comer la hierba. Por eso cuando se convirtió en hombre y ganó sus primeros pesos como supervisor de seguridad de una empresa particular los invirtió en un lote de dos fanegadas en las goteras de la ciudad, en límites de Funza. Luego, con dos hermanas, se hizo a otro pedazo de tierra en Becerril (Cesar).

Entre los tres tienen 50 vacas. Nada más porque el lugar no tiene espacio para hacer una casa. Cuando iban se quedaban a dormir donde los vecinos.

Ese era todo su capital y tal vez era el único dato que sus captores no tenían cuando fue llevado por varios hombres que se hicieron pasar por agentes secretos esa tarde del 7 de octubre. Porque lo demás parecen saberlo todo: Dígale a la familia que aliste 100 millones de pesos para el rescate , dijeron escuetamente pero señalaron rigurosamente cuales serían las personas que realizarían las negociaciones. Dieron nombres, características y sitios comunes que solo la familia creía conocer.

Luego, un día, llegó por correo un sobre en donde les decían que estaba en poder de un grupo guerrillero y que le cobrababan la vacuna por ser un acaudalado ganadero de la Costa Atlántica . Después una mujer llegó hasta la puerta de su apartamento y dijo: Carta para la familia Ayala . La persona que la recibió no tuvo tiempo de reaccionar cuando vio que la extraña visitante abordaba un vehículo y huía velozmente.

En la carta se daban otras instrucciones para el pago. La familia, entre tanto, ponía en venta todas sus propiedades: un carro, los dos terrenos y el apartamento, para recolectar algo de la millonaria suma. Luego llegó otra carta fechada desde Neiva y en donde les indicaban que tenían que llevar el dinero hasta Bucaramanga en una maleta negra. Daban el número de la habitación de un importante hotel de la capital santandereana.

Además decían qué familiares debían llevar la plata, que la familia, por supuesto, no pudo conseguir. Sin embargo, fueron a la cita. Pero los captores jamás llegaron. Eso fue el 10 de febrero.

Desde entonces no se volvió a saber nada. Su madre --quien como su hijo cumple años el 22 de septiembre-- la pasa rezando a Dios para que él retorne. Su esposa se aferra a los cuatro niños para decir que no le desea a nadie pasar por este drama.

Es una familia sencilla. Como cualquiera. Ahora la única diferencia es que todos, unidos, viven desde hace un año al lado del teléfono, en espera de algún llamado; leen de la primera a la última página los periódicos para buscar la noticia que nunca aparece. Incluso, cuando ven pasar al cartero, le abren la puerta para ver si trae la carta anhelada.

Pero no. Nada se sabe de Ayala. Un hombre que trabajó honradamente durante medio siglo, no para obtener una fortuna sino para tener una casa en la que jamás faltara el pan y tener lo indispensable para educar a sus hijos.

Esto no es hogar, esto no es vida, sólo se siente un vacío , dice su madre mientras afuera llueve.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.