DIATRIBA CONTRA LAS MOTOS

DIATRIBA CONTRA LAS MOTOS

Las motocicletas son, yo supongo, un vehículo automotor inventado para quienes no pueden pagar un carro. No de otra manera puede explicarse que alguien decida encaramarse en un ruido como ese y atreverse tan temerariamente a los peligros de no estar protegido por un techo y unas paredes de cabina.

09 de febrero 2004 , 12:00 a. m.

Las motocicletas son, yo supongo, un vehículo automotor inventado para quienes no pueden pagar un carro. No de otra manera puede explicarse que alguien decida encaramarse en un ruido como ese y atreverse tan temerariamente a los peligros de no estar protegido por un techo y unas paredes de cabina.

Hay, por supuesto, tipos así, es decir que tienen plata para el carro y carro, pero mantienen en el garaje de la casa, para los domingos, uno de esos pequeños y temibles vehículos de solo dos ruedas. Son generalmente supervivientes de la nostalgia de las Harley Davidson, ese horrible artefacto de manubrios larguísimos, asiento aplastado y cromo en exceso. Otros no tienen ni esa excusa: simplemente se divierten con el ruido de los exhostos ineficientes y el pánico que en peatones y conductores suelen producir sus piruetas irresponsables.

No me referiré a este último y exclusivo club de quienes tienen moto sin necesidad, sino a todos aquellos a quienes la vida no les ha brindado la oportunidad de hacerse a un vehículo de verdad, es decir con cuatro llantas, puertas, asientos con espaldar, etcétera. Corresponde decir, sobre el tema y por anticipado, que lamentamos que tengan que padecer esa indigencia vehicular, y que respetamos las razones duras e involuntarias que los convirtieron en motoristas del estúpido aparatico.

Hace rato tengo la impresión de que toda la organización del tráfico vehicular, especialmente el urbano, en cuanto hace a la disposición física de las vías y la propia normatividad, no fue pensada para las motos. De lo que resulta, si aceptamos semejante premisa, que para las vías, troncales, carriles, intersecciones y glorietas, las motos son un cuerpo extraño, un dato no previsto, un apéndice incómodo. Veamos.

El Código de Tránsito, o Ley 769 del 2002, por ejemplo, establece que las motocicletas deben circular a un metro del bordillo y, en caso de que circulen varias, deben formar una detrás de otra, guardando la misma distancia que se exige para otros vehículos. No hay motociclista que respete esas normas, y hasta razón tienen, toda vez que no se ven razones para dejar tanto sobrante en el carril. De hecho, a los conductores de los vehículos de verdad no se les ocurre que cuando adelantan a una moto deben pasarse al carril de la izquierda...

El mismo Código prohíbe a los conductores de moto transitar por entre dos vehículos paralelos, cada uno en su carril. Pero es bien difícil hacerles entender a esos señores que no deben pasar por donde caben, aligerando tan significativamente las contingencias de los trancones. Alguna ventaja tenía que tener encaramarse en un vehículo tan pequeño, versátil e intruso. Digo yo.

Está prohibido, por supuesto, adelantar en moto por la derecha, pero otra vez la papaya que dan unos carriles tan pródigos a su escueto tamaño, los induce a partirla, la papaya, digo, y partir, además, los retrovisores y la pintura de los guardafangos de los demás.

En una vía de dos carriles de idéntica dirección y sentido, una moto se prodiga en plasticidad. Puede adelantar por la derecha y por la izquierda de ambos, por delante y por detrás, por arriba y por debajo, zigzagueando por entre las resignadas colas de vehículos normales. Pueden incluso transitar por andenes, jardines y cualquier otro espacio colindante que les esté prohibido expresamente.

Los artículos que el Código dedica a las motos son apenas cuatro o cinco, a menudo comunes para bicicletas, triciclos y vehículos de tracción animal. Los conductores de motos, sobra establecerlo, no están incluidos en esa última categoría, más que todo porque la tracción la hace un motorcito ruidoso, generalmente de menos centímetros cúbicos que las asentaderas del motorista.

El Código a veces parece exigirles luces a las motos, pero algunos artículos hablan de reflectar luces rojas o blancas, lo que les permitiría omitirlas y ser invisibles para los peatones que no lleven linternas. Las direccionales no parecen tampoco obligatorias, toda vez que se autorizan señales manuales. En fin.

Jamás he visto que las autoridades detengan, impongan un parte, comparencias o inmovilización a una moto por razones de su flagrante violación masiva del Código. Aunque detienen y esculcan a sus motoristas y pasajeros, lo hacen para exigirles el chaleco, certificado judicial, muestras de orina o licencia para portar armas al parrillero. Pareciera que las motos son sospechosas de cualquier cosa menos de lo que hacen más frecuentemente: pasarse por donde sabemos las normas de tránsito. Pero tienen razón: ópticamente sólo los vehículos de mayor peso y volumen parecen sujetos lógicos de esas transgresiones. Un carro que circula por los andenes es ciertamente una infracción más evidente y grosera.

No se me ocurre, por supuesto, ninguna ingeniosa idea para reducir ese peligro gravísimo que las motos introducen en el tráfico vehicular. Entre otras cosas porque ese no es mi oficio. Yo aporto demasiado, como peatón y conductor, con la valerosa y acuciosa paciencia de que dispongo frente a ellas. Pero alguien tiene que hacer algo. Por ejemplo, un día sin moto. O semanas, o años.

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