NIÑOS Y ADULTOS SE ENCONTRARON CON EL MAR

NIÑOS Y ADULTOS SE ENCONTRARON CON EL MAR

Con pasos lentos, Néstor Mendieta Parada, de 17 años, caminó buscando la rampa del pequeño remolcador. Sus pies tocaron la arena caliente de Playa Blanca, en la isla de Barú.

08 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Con pasos lentos, Néstor Mendieta Parada, de 17 años, caminó buscando la rampa del pequeño remolcador. Sus pies tocaron la arena caliente de Playa Blanca, en la isla de Barú.

Tomó aire, dio media vuelta y se encontró con el infinito mar de arrecifes coralinos, suaves olas y praderas de plantas marinas y algas. Suspiró y le regaló una sonrisa a su única hermana: Ana Isabel.

Néstor, oriundo de Granada (Meta), llegó a la isla el pasado miércoles con otros 22 niños y tres adultos de escasos recursos, que, al igual que él, padecen de cáncer. Fueron por invitación de la Fundación Dharma, donde reciben atención médica gratuita, y de Bellsouth, una de las entidades que apoya financieramente a la ONG. Ambas quisieron hacerles realidad el sueño de conocer el mar.

Néstor no era el único que estaba contento. Nicolás y Felipe Bejarano González, de 8 y 14 años, ambos con leucemia irradiaban felicidad. Su madre, Luz Stella González, de 36 años, con cáncer en el colón y el útero, no los perdió de vista ni un solo instante.

Nicolás corrió de un lado a otro, se echó agua con botellas desechables y baldes, y jugó con la arena. Con cada pequeño trote, con cada entrada al mar, comprobaba que su hermano se había quedado corto cuando le describió su experiencia en San Andrés. Mamita, el agua está muy salada... Mamita, tengo arena en los ojos... Mamita, esto es lo máximo, decía sin quedarse quieto por un momento.

El encuentro con el mar fue mágico para todos, especialmente para Néstor. Había pasado una noche difícil por las dolencias en el cuerpo y durante el recorrido de hora y media en el yate Alcatraz, se había mostrado recaído hasta el punto de que en el viaje permaneció acostado en una silla reclinable de la embarcación. Su ida hasta la isla estuvo a punto de suspenderse. En el mar, su semblante cambió, mostró una gran energía y en varias ocasiones se atrevió a nadar.

Luz Stella también había pasado mal la noche, pero tan pronto vio el mar sus dolencias mermaron. Ella es una mujer bogotana que cría a sus hijos con la venta de dulces y periódicos, en el barrio Ramajal, en la carretera que de Bogotá conduce a Villavicencio.

Cuando llegó la hora de regresar, Néstor mostró una bolsa y un balde en los que llevaba unos caracoles, su tesoro. Se volvió a acostar. Estaba feliz por el paseo, pero a la vez ansioso por regresar a casa. Todo a su tiempo, se dijo tratando de disfrutar el momento y aprendiendo de los arrecifes coralinos, que se toman millones de años para formarse.

Foto: Probaron el sabor del agua, miraron los corales y recogieron caracoles, eso y más hicieron los niños de la Fundación Dharma.

Manuel Pedraza / EL TIEMPO

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