EL PASTOR DE LOS HAMBRIENTOS

EL PASTOR DE LOS HAMBRIENTOS

A los 8 años, Daniel Saldarriaga vendía en la escuela pública donde estudiaba las empanadas que hacia su mamá, no solo para sostenerse él sino para ahorrar unas cuantas monedas que le permitieran ayudar a los pobres que llegaban a la iglesia del barrio, en su natal Envigado, a buscar comida.

09 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

A los 8 años, Daniel Saldarriaga vendía en la escuela pública donde estudiaba las empanadas que hacia su mamá, no solo para sostenerse él sino para ahorrar unas cuantas monedas que le permitieran ayudar a los pobres que llegaban a la iglesia del barrio, en su natal Envigado, a buscar comida.

La plata que conseguía en la semana la invertía durante sábado y domingo en alimentos para los abuelos, niños desamparados, madres abandonadas y enfermos que acudían a la parroquia Santa Gertrudis, donde no "capaba" misa todos los días con sus padres.

"Desde muy chinche fui acólito", dice el ahora padre Saldarriaga, al recordar los instantes de su infancia en que terminó contagiado por las obras sociales en su pueblo, muy cerca de Medellín.

Su niñez estuvo marcada por la vocación de ayudar a los demás que le inculcó doña Ana -su mamá-, a quien acompañaba a conseguir mercados, medicinas y enseres para luego repartirlos entre los pobres de Santa Gertrudis, donde fue monaguillo hasta que decidió irse para Bogotá a buscar su vida pastoral.

A sus 15 años, Daniel cometió lo que él mismo llama una locura. Con unos ahorros de la venta de empanadas compró un pasaje en avión y unos pocos elementos del ajuar de seminarista y se fue para Bogotá. Al despedirse, simplemente les dijo a sus padres que quería ser sacerdote.

Un cura carismático.

Llegó directo al Seminario Menor, donde terminó su bachillerato. Luego entró al Seminario Mayor, dirigido por padres diocesanos. Eran 33 seminaristas, pero solo se ordenaron tres de 1989 en la lista. Daniel fue uno de los ungidos por Monseñor Mario Rebollo Bravo, entonces arzobispo de Bogotá.

"Seguramente estaba predestinado para servir a Dios porque nací un Sábado Santo", dice al recordar que es el mayor de cuatro hermanos que se criaron bajo los principios religiosos y morales que enseñan las familias paisas tradicionales.

Tal vez su vocación de servicio a la iglesia también fue influida indirectamente por su tío Darío Molina Jaramillo, hoy obispo de Neiva, y dos primos pertenecientes a la comunidad de los franciscanos.

El carisma que irradia este sacerdote, ahora con 40 años encima, lo ha convertido en un verdadero pastor y líder de la comunidad. Así lo plasmó en la obra que hizo en la iglesia de la Divina Gracia, en Suba Tibabuyes, donde se desempeño por primera vez como párroco por designación del cardenal Pedro Rubiano, actual arzobispo de Bogotá.

Allí, en una tarea pastoral que se prolongó por 11 años, creó programas como el pan compartido (mercados), el ropero parroquial (ropa usada), el club de los abuelos (recreación) y cursos de capacitación laboral (para enseñar a pescar).

"Es una persona muy activa, sencilla y entregada a la comunidad", dice una de sus antiguas feligreses, quien hoy va hasta el Santuario de Nuestra Señora de la Peña y de Guadalupe, donde el clérigo oficia desde hace un año y cuatro meses.

La tarea pastoral del padre Daniel, conocido como el paisa , no solo se queda en lo espiritual. Desde hace dos años y medio dirige el Banco Arquidiocesano de Alimentos, una fundación en la que la empresa privada y la arquidiócesis de Bogotá hacen alianza para satisfacer las necesidades de los más pobres.

Alimento para pobres.

Despacha en una bodega de la zona industrial, donde se reparten más de 5 mil toneladas de alimentos entre 400 instituciones, que cubren a 51 mil personas, entre madres cabeza de familia, jóvenes drogadictos, ancianos, desplazados y enfermos terminales.

Simplemente -dice el padre Daniel- queremos cumplir con el mandato del Señor de dar de comer al hambriento. "No es ni paternalismo ni asistencialismo, lo que necesita la gente es que la ayuden, pero que no le regalen nada".

Este sacerdote pintoso y activo, que transmite generosidad y pasión por lo que hace, ha puesto ahora su altruismo al servicio del programa Bogotá sin Hambre.

El alcalde Lucho Garzón quiere valerse del banco para que sea el canal de distribución de los alimentos que se entregarán a los pobres de las seis localidades en emergencia.

Con la bendición del cardenal Rubiano está dispuesto a ayudar, pero con la advertencia de que el programa no puede utilizarse para politiquear: "No puede fracasar una oportunidad tan bonita para ayudar a las gente desprotegida", añade el padre Daniel.

FOTO/Gerardo Chaves EL TIEMPO.

En la bodega del banco, el padre Saldarriaga no solo se encarga de recibir y despachar los alimentos, sino de supervisar su calidad.

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