ALGO MÁS QUE UN ESCÁNDALO

ALGO MÁS QUE UN ESCÁNDALO

El escándalo por la tortura y humillación de los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib ha adquirido, en lo internacional y en lo doméstico, proporciones descomunales. Ante el mundo, desde la masacre de 507 civiles inocentes perpetrada por tropas estadounidenses en la aldea vietnamita de My Lai en 1968, no se presentaba un caso que golpeara de manera tan devastadora la imagen y credibilidad de Estados Unidos. En lo interno, ha colocado en la cuerda floja al carismático y controvertido secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuya renuncia es pedida hoy por varios sectores políticos y periodísticos de ese país.

09 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El escándalo por la tortura y humillación de los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib ha adquirido, en lo internacional y en lo doméstico, proporciones descomunales. Ante el mundo, desde la masacre de 507 civiles inocentes perpetrada por tropas estadounidenses en la aldea vietnamita de My Lai en 1968, no se presentaba un caso que golpeara de manera tan devastadora la imagen y credibilidad de Estados Unidos. En lo interno, ha colocado en la cuerda floja al carismático y controvertido secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuya renuncia es pedida hoy por varios sectores políticos y periodísticos de ese país.

Pero en un año electoral, el presidente George Bush no va a salir de su ministro estrella. Sería como una admisión de derrota y esto no le nace fácilmente a un mandatario al que le sobra tanto espíritu bélico como le falta autocrítico. Además, no la reclama el grueso del propio público norteamericano, que a veces parece ciego y sordo ante las tropelías que su país comete en el mundo exterior. Pero lo sucedido en la sórdida cárcel de Abu Ghraib erosiona seriamente la autoridad moral de Rumsfeld, quien hace meses estaba al tanto de que estos abusos se cometían y nada dijo. Ya no podrá hablarle al Congreso ni a la prensa -ni a la comunidad internacional- con la misma arrogancia de antes. Tampoco el presidente Bush puede asumir el aire triunfalista de hace un año. Ha tenido que bajar la cabeza y moderar sus agresivas posturas unilaterales frente a las críticas que desde un comienzo se formularon en Europa y en las Naciones Unidas contra la invasión de Irak.

Pero nada asegura que las posturas internacionales más conciliadoras de la administración Bush ante el progresivo empantanamiento de su campaña militar en Irak, ni las disculpas públicas por el comportamiento de sus soldados torturadores, puedan atenuar el tremendo daño que ha sufrido su causa bélica. Lo ocurrido es sencillamente demoledor para el argumento central (además de las célebres armas de destrucción masiva que nunca aparecieron) sobre el cual Washington montó la guerra: la necesidad de llevar la democracia, los derechos humanos y el imperio de la ley a un país agobiado por la cruel tiranía de Saddam Hussein. El asunto resulta aún más dañino para la credibilidad de su estrategia cuando ha salido a la luz que el maltrato de prisioneros no fue una aberración aislada en la prisión de Abu Ghraib, sino que ha sido práctica sistemática en otras instalaciones militares en Irak, Afganistán y Guantánamo.

Los más acérrimos adversarios de Estados Unidos no hubieran podido imaginarse una mejor forma de desacreditar su política exterior. La manera como fueron vejados y humillados los prisioneros iraquíes pisotea valores íntimos de la cultura y la idiosincrasia árabes. La difusión de esas horripilantes fotografías en todos los medios de comunicación del mundo es más grave que muchas derrotas militares. Y representa un retroceso en la influencia y credibilidad de Washington en el mundo árabe, que tardará años en recuperar. Comenta la revista The Economist que esas impresionantes gráficas, en especial aquella de un hombre encapuchado y lleno de cables, como listo para ser electrocutado, puede convertirse en una imagen emblemática que perseguirá la conciencia americana durante años y años, así como sucedió con aquella famosa fotografía de una niña vietnamita desnuda que corría despavorida por una carretera después de un bombardeo con napalm de la fuerza aérea estadounidense.

Las repercusiones de lo sucedido no se limitan, en fin, al mundo islámico. En el campo universal de los derechos humanos, en el que Estados Unidos ha querido erigirse como juez supremo, la pérdida de autoridad también es incalculable. Más aún cuando se revela que la administración Bush sólo reaccionó ante la evidencia irrefutable de las fotografías que le dieron la vuelta al mundo, pero no atendió -es más, despreció de manera olímpica- las denuncias que meses antes habían formulado la Cruz Roja Internacional, Human Rights Watch y otros organismos humanitarios, sobre la práctica de la tortura en las prisiones de Irak.

Tal vez esto tenía que suceder. Desde cuando el gobierno de George W. Bush, orientado por ideólogos militaristas como el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa, Rumsfeld, íntimamente vinculados a las grandes corporaciones económicas de ese país, hizo explícito su rechazo a cualquier norma del derecho internacional, y desde que la forma como Washington libra su guerra contra el terrorismo comenzó a violar todas las normas legales y valores éticos por los que se supone está peleando, un escándalo como el de la prisión de Abu Ghraib estaba destinado a estallar.

Ha quedado muy averiada, pues, la autoridad moral de Washington para exigir, como lo hace periódicamente a los demás países y gobiernos, el respeto de los derechos humanos, cuando sus propias tropas contradicen de manera tan vergonzosa las lecciones que en esta materia pretende dar a la humanidad. No por casualidad el Departamento de Estado se abstuvo de divulgar esta semana su informe anual sobre derechos humanos en el mundo. La doble moral tiene sus límites, aun para una superpotencia.

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