FIN DE UNA TRADICIÓN Y COMIENZO DE UNA ERA

FIN DE UNA TRADICIÓN Y COMIENZO DE UNA ERA

Confieso mi desconcierto cuando, al asignarse los temas del Festival de la Leyenda Vallenata, me correspondió el discurso de clausura, tras ocho horas de la mesa de trabajo con que se proyectaba iniciar el evento. Qué podría yo decir de nuevo sobre el tan trajinado tema del vallenato, el más característico aire nacional con un inmenso poder de convocatoria?

09 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Confieso mi desconcierto cuando, al asignarse los temas del Festival de la Leyenda Vallenata, me correspondió el discurso de clausura, tras ocho horas de la mesa de trabajo con que se proyectaba iniciar el evento. Qué podría yo decir de nuevo sobre el tan trajinado tema del vallenato, el más característico aire nacional con un inmenso poder de convocatoria?.

Se les iba a tributar un homenaje de reconocimiento a quienes habían concebido la institución del Festival y no era, sin una gran nostalgia íntima, que yo iba a tomar la palabra. Había sido el mayor en edad cuando, junto con Consuelo Araújonoguera, Myriam Pupo de Lacouture y Rafael Escalona, optamos por hacer de la tradicional fiesta religiosa de Valledupar una fiesta profana, destinada a exaltar a los ejecutores y compositores del vallenato, en un concurso que fue cobrando una gran popularidad. Pero, ahora, por esas jugadas del destino, solo sobrevivimos Rafael Escalona, en delicado estado de salud, y el suscrito, a quien le correspondería, como sobreviviente, llevar la palabra a nombre de los fundadores.

Pronto me di cuenta de que no se iba a tratar de la clausura del evento de aquel día, sino de la clausura de una era, de una época, que, con justicia, debería llevar el nombre de Consuelo Araújonoguera, quien, por casi cuarenta años, consagró su actividad cultural a exaltar los valores autóctonos y a revestir el Festival de la Leyenda de una aureola incomparable.

Con su muerte y con el traslado de las ceremonias de la Plaza Mayor, que lleva el nombre de mi padre, al Coliseo, que iba a inaugurarse aquella noche en el corazón del Parque de la Leyenda, quedaban atrás tantos recuerdos y tantas evocaciones que había que reanimar el espíritu para medir la magnitud del acontecimiento.

Hacía 37 años que, en un rincón de la plaza, se había premiado al primer rey del vallenato, Alejo Durán, con su composición Alicia adorada. La ciudad contaba entonces con unos 40 mil habitantes y las autoridades calculan que en esta ocasión asistieron 30 mil turistas. Una sola palabra califica a cabalidad la celebración de este aniversario: fue apoteósica .

El coliseo, que llevará el nombre de Colacho Mendoza, es, sin duda alguna, el más grande de Colombia. Quienes nunca habían visitado a Valledupar quedaban asombrados de la belleza de la ciudad.

Quienes ya la conocíamos nos sentíamos orgullosos de una realización colombiana que demuestra, quizá, más que ninguna otra, la propensión a la cultura y el arte de nuestra Patria y, en particular, de nuestra Costa Atlántica. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la nueva era que se iniciaba aquella noche culminaba, sin ningún esfuerzo, en el traslado de la multitud al nuevo escenario que, con la presencia de Carlos Vives, estimulaba el sentimiento del futuro.

Por dos horas, el cantante samario, embajador colombiano, embelesó a la audiencia interpretando los sones clásicos de los últimos 30 o 40 años del vallenato. La multitud entusiasmada lo coreaba de pie, y el más caracterizado ambiente vallenato se abría camino en aquel parque, exactamente como en otros tiempos antes de la violencia, cuando, a partir de las cuatro de la mañana, el pilón se tomaba las calles de la ciudad y las gentes bailaban sobre el asfalto con el que se iba modernizando Valledupar.

Pero todo aquello quedaba atrás. Consuelo ingresaba a la leyenda, al tiempo con los mitológicos personajes de Escalona que se conocen en el mundo de habla hispana, como los de Walt Disney en el mundo de los dibujos animados: La Maye, Jaime Molina, El Tite Socarrás, el Cachaco Benavides, la Brasilera, etc., y los escenarios de la región, con la creciente del Cesar, la nevada, el camino hacia el norte y las sabanas, propiciaban la solidaridad humana y la legendaria hospitalidad vallenata.

Creo aquí no equivocarme al afirmar que, a pesar de ser Colombia la tierra de los festivales y de los reinados, por su atracción ninguno se compara con este evento, que en una noche del naciente departamento del Cesar inventamos cuatro ciudadanos que teníamos una fe ciega en su porvenir y ya divisábamos el emporio de riqueza que se ha ido creando a su alrededor con la exportación carbonífera.

Se impone, sin embargo, darle cabida a la modernización y renovación del festival, congregando a lo mejor del folclor colombiano alrededor de este núcleo de artistas sobrevivientes que, a la par con nosotros, evocaban la época a la que estaba poniendo fin el nuevo entorno, en donde celebramos la protocolización del vallenato como la música nacional por excelencia.

La misma que identifica a Colombia en sus cuatro ritmos tradicionales: el son, el paseo, el merengue y la puya, aun cuando ahora muchas voces quieren complementar el vallenato con un quinto son: el bolero vallenato o paseo romántico , tema que fue predominante en las mesas de trabajo.

Ya el profesor Urbina y Alfonso de la Espriella habían puesto en circulación la posibilidad de hallarle al vallenato un nuevo son romántico que, como ha ocurrido con el tango, con la ranchera y con el son cubano, invadiera otros predios del sentimiento, sin perder su identidad. Fue la tarea que, en la noche de clausura, se le encomendó a la audiencia: no permitir que el vallenato se anquilose, se estratifique, se detenga, sino que su propia evolución vaya generando variantes como las que encabezaron Gustavo Gutiérrez, Fredy Molina, Octavio Daza y el propio Diomedes Díaz.

* * * *.

Mea culpa. Desde Valledupar dicté mi artículo sobre la cúpula de laboratorio que apareció el domingo pasado y tengo que presentar excusas a mis lectores por los numerosos errores acerca del tema de la reproducción asistida, debido a mi confusión entre la congelación del embrión, que lleva ya varias décadas, y la congelación y descongelación del óvulo femenino, que constituye el descubrimiento reciente, gracias al profesor japonés Masashige, quien logró con éxito, en el año 2001, el nacimiento de los primeros bebés a partir de un embrión, fruto del óvulo femenino congelado y descongelado, y que fue posteriormente fecundado.

Es el experimento sobre el cual hablará el profesor Elkin Lucena el 18 de mayo próximo, cuando pondrá de presente cómo el Centro Colombiano de Fertilidad y Esterilidad (Cecolfes) es pionero en América Latina en la conjunción del óvulo descongelado con el espermatozoide descongelado, dando lugar tal cópula al embrión fecundado, que puede desarrollarse en el vientre materno. Mi error de lenguaje apareja graves consecuencias, puesto que el óvulo por sí solo no es vida y, en cambio, el embrión ya la contiene, lo cual biotecnológica y moralmente significa una diferencia abismal en la que jamás incurriría el ilustre genetista colombiano, doctor Lucena, sino su desventajado aprendiz, que con su torpeza lo hace aparecer descubriendo el agua tibia.

Lo mejor es no dictar columnas en ambiente de festival.

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